Todos nuestros silencios FRACTURA #3
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FRACTURA #3

Te comparto una conclusión a la que he llegado después de muchas horas de terapia.

Cuando uno entra en el vórtice de la ansiedad, el mundo se parte en dos: está lo que se vive desde dentro…

y lo de fuera. Y no existe nada, por muy fuerte que sea, que pueda hacerte conectar ambas realidades.

Al igual que no existe nadie, por muy asertivo y versado que sea, que pueda convencerte de que lo que tú estás experimentando está completamente distorsionado.

Que lo real está allá (fuera) y no aquí (dentro).

Que tu angustia (dentro) sobrevive a base de preocupaciones e hipotéticos construidos con retazos de verdades, pero sobre todo de mentiras (fuera).

Por eso, yo, que me encontraba dentro, no podía ver ni entender lo que estaba sucediendo fuera.

—Ten. Bebe. Connor, bebe —repetiste al ver que no hacía ningún amago por agarrar el vaso.

Intenté decírtelo, que lo que quería y necesitaba no era agua, sino que aquella sensación oprimente abandonara mi cuerpo y se fuera a joder a otra persona. Pero de mi boca solo salió un ruido roto y ahogado.

—Vale, está bien. Nada de agua tampoco —murmuraste más para ti que para mí—. ¿Puedes levantarte? Con, te prometo que voy a sacarte de aquí, pero para eso tienes que levantarte.

¿Levantarme? ¿Como iba a levantarme si apenas podía respirar?

Pero entonces pronunciaste las únicas palabras que podrían conseguir que reaccionara.

—Hazlo por mí.

Mirándolo en retrospectiva, fuiste cruel, pero también inteligente. Sabías que mi debilidad eras tú, así que te aprovechaste de ella y la blandiste como un arma. Eras plenamente consciente de que, por ti, sería capaz de todo y más.

—Hazlo por mí, Con —volviste a susurrar. Como si la primera vez no te hubiera oído. Como si me hiciera falta escucharlo de nuevo para hacerte caso.

N o tienes ni idea , pensé mientras acopiaba la poca fuerza de voluntad que me quedaba. No hacía falta que lo repitieras ni me pusieras aquellos ojos lastimeros. Con que lo pidieras una vez era suficiente.

Hundí las manos en el sofá y me impulsé para levantarme. En cuanto estuve de pie me agarraste de la manga del jersey y me guiaste hacia el ascensor. Presionaste el botón.

—Espérame aquí.

Desapareciste y apareciste en cuestión de segundos. No sé qué te inventaste para que George y Sarah me permitieran salir de casa, pero fuera lo que fuera, funcionó.

—¿Todo bien, Freddy? —saludaste cuando cruzamos el vestíbulo.

En la calle, el ruido se hizo insoportable.

—Ya llegamos. Solo tenemos que caminar un poco más.

¿Llegar? ¿A dónde? Pero como eras tú quien daba las órdenes, me dejé llevar.

—Tú solo escúchame, ¿vale?

Aunque tú no lo viste, asentí.

—¿Sabías que hay árboles que se comparten nutrientes por las raíces?

No, no tenía ni idea, pero obedecí y te escuché igualmente.

—Por ejemplo, si uno se enferma, los otros le envían recursos.

Como nosotros, quise apuntar, pero solo pude volver a asentir.

—Podría decirse que los bosques funcionan más como grandes colonias que como individuos. Es fascinante, ¿no crees?

No. Lo fascinante era que estuvieras consiguiendo que me desplazara de un lado a otro sin desplomarme sobre el suelo.

Avanzamos así, tú lanzando curiosidades sobre animales y plantas y las rocas y las ballenas y el plancton, y yo esforzándome en escucharte, hasta que me topé con unos escalones.

—Cuidado —me advertiste al casi caerme de bruces—. Ya estamos.

Antes de poder siquiera levantar la cabeza para ver dónde me habías llevado, me topé con una planta gigante de un verde intenso. La sorpresa me hizo retroceder un par de pasos y, en el proceso, chocar contigo.

Pude sentir la risa aflorar en tu pecho.

—Es solo una planta —te burlaste entre carcajadas—. De hecho, mira.

Seguí tu dedo, que señalaba hacia arriba y después hacia derecha e izquierda. Cuando mis ojos se encontraron con el techo y las paredes, mi boca se abrió y formó una o perfecta.

Era… precioso.

Nos encontrábamos en una cafetería infestada de verde. Plantas, flores, arbustos, bonsáis, incluso algún árbol pequeño, cubrían cada rincón y espacio del local. Un par de camareros atendían las pocas mesas que habían logrado conquistar su pequeña porción de territorio.

—Siempre que necesito estar solo vengo aquí —me explicaste—. Muy poca gente lo conoce. He pensado que… no sé… sería un buen sitio. Estar rodeado de plantas tiene muchos beneficios, ¿sabes? Aportan calma y seguridad, reducen el cortisol… Es como si el cerebro reaccionara al verde.

Tomamos asiento en una de las mesas. Cuando uno de los camareros se acercó, pediste dos infusiones.

—¿Mejor? —inquiriste minutos más tarde con una taza humeante entre las manos.

Imitándote, así mi taza, soplé el líquido ambarino, y le di un sorbo.

Escupí la infusión nada más saborearla.

—Qué mierdas es esto.

—Manzanilla.

—Sabe a pis. ¿Qué? —pregunté al ver la sonrisa que había invadido tu cara.

—Nada. Solo que… Me alegra escuchar tu voz.

Por fin, mi mundo se había reensamblado. El dentro y el fuera volvían a ser uno. Y todo gracias a ti.

—Hola, Char —te saludé, porque en cierto sentido llevaba un tiempo lejos de allí.

—Hola, Con —respondiste, y tu sonrisa se ensanchó.

Sentí las comisuras de mis labios alzarse con cautela, como si les diera miedo que, al hacerlo, estuvieran cantando victoria demasiado pronto.

Pero entonces tú alzaste la mano para volver a llamar al camarero y le pediste si podía llevarse mi infusión y en su lugar traer un café americano y una galleta bien cargada de chocolate.

Y así de fácil, mi pulso terminó de estabilizarse, mis manos dejaron de temblar y, por fin, contigo delante, rodeados de demasiadas plantas para mi gusto pero demasiado pocas para el tuyo, pude volver a respirar tranquilo.