FRACTURA #2
—Que en el momento del accidente el acusado se encontrara legalmente ebrio o estuviera bajo los efectos de drogas o una combinación de drogas y alcohol.
Yo vaciando vaso tras vaso, aceptando bebidas de desconocidos, mezclando alcoholes sin ningún tipo de control, subiéndome al coche siendo plenamente consciente de que no debería hacerlo.
—Y que exista un vínculo causal directo entre el estado del conductor y el accidente mortal.
Yo, saliendo a trompicones y mareado del coche; dejándome caer sobre el asfalto. El aturdimiento inicial al no entender dónde estaba ni lo que había sucedido. Y después, de golpe, como una droga haciendo efecto en tu cuerpo, el sentimiento de culpa y desolación partiéndome por la mitad.
No hacía falta ser un experto para entender que cumplía los tres requisitos para que se me acusara de homicidio-vehicular-en-segundo-grado .
—Y si encuentran agravantes intentarán endurecer la pena.
—¿Agravantes como…? —Otra vez tú, tratando de entender cada una de las implicaciones de lo que estaba sucediendo porque, si lo entendías, serías capaz de controlarlo. O de eso querías convencerte.
Sin perder un segundo, siempre la abogada diligente, Grace empezó a enumerar algunos de los agravantes.
—La velocidad a la que conducía el acusado.
Alta .
—El nivel de alcohol en sangre.
Por las nubes .
—Conducir con una licencia suspendida o revocada.
Gracias al cielo, esa no la cumplo.
Cuando Rosita se acercó a Grace y le ofreció un vaso de agua, esta lo aceptó y le dio un buen sorbo. Saltaba a la vista que quería darnos tiempo para asimilar la información que nos acababa de transmitir. Sobre todo, a mí.
—De todas formas, si algo tenemos es tiempo —concluyó la abogada—.
La justicia puede ser muchas cosas, pero rápida no es una de ellas.
Este caso no se solucionará en los próximos meses, quizá tampoco en el próximo año.
—Alargó su fina mano y la posó sobre mi rodilla—.
Lo mejor que podemos hacer es ser más cautelosos y seguir construyendo una defensa sólida para encontrar la mejor salida.
Aunque lo hubiera dicho de forma sutil y educada, el mensaje estaba claro: mantén la puta boca cerrada y déjanos hacer nuestro trabajo.
—¿Estamos de acuerdo? —preguntó para asegurarse de que había entendido el mensaje.
Asentí.
—Estupendo.
Por fin, Grace se levantó de la mesa de centro y, con paso decidido, volvió al comedor para seguir trabajando.
En cuanto la abogada se alejó, George abandonó su lugar junto a la chimenea y se plantó delante de mí.
En algún momento desde que había llegado de la calle se había ajustado la corbata.
Su traje gris oscuro volvía a estar impecable.
Su pelo, perfectamente peinado. Su piel, impasible al delirio de los últimos días.
Nada de su aspecto ni apariencia daba muestras de que se encontraba en plena vorágine para conseguir que su único hijo no fuera a la cárcel.
Era casi espeluznante, la forma en la que había conseguido desvincularse emocionalmente de la situación.
Me dieron ganas de preguntarle a gritos si era humano o un robot.
La verdad es que en ese momento hubiera dado lo que fuera por ver alguna muestra de desconsuelo o preocupación en su rostro.
—Quiero que me escuches con atención —le dijo con una parquedad que le congeló la sangre—: Esto es lo que vas a hacer hasta que este asunto quede zanjado.
Terminarás el año en el instituto sin llamar la atención ni causar ni un solo problema.
Tus idas y venidas al hotel de los De la Vega se han terminado. ¿Me oyes?
Mi cabeza se alzó como impulsada por un resorte. George chasqueó la lengua.
—¿Te pensabas que no íbamos a enterarnos?
Me dispuse a lanzar alguna réplica, pero entonces te sentí removerte a mi lado y caí en la cuenta de que el comentario de mi padre acababa de confirmar las sospechas que pudieras albergar sobre mi estúpido trato con Marcos.
—Grábate esto a fuego donde quieras, Connor, pero hazlo.
—George se agachó lo justo para que sus ojos quedaran al nivel de los míos—.
No hay nada que tu madre y yo no sepamos.
Si te piensas que somos tan estúpidos como para permitir que pongas en riesgo todo lo que hemos construido, estás muy equivocado.
—Pues hoy lo he conseguido —le desafié, incapaz de controlar la rabia que me estaba invadiendo al darme cuenta de los límites que estaban dispuestos a cruzar mis padres por mantener su imperio intacto.
El rostro de George se transformó en una mueca de hielo.
—Lo de hoy no volverá a repetirse. —Se incorporó de nuevo y retomó por donde lo había dejado antes de que lo interrumpiera—: Terminarás el colegio y después empezarás tus estudios en Columbia.
En lo que se refiere a esto —señaló a los abogados que, unos metros por detrás, seguían trabajando como hormigas—, obedecerás en todo.
Me estoy empezando a cansar de tu actitud de crío.
Agradece que vas a salir de esta indemne, contrólate y madura.
—Eso no lo sabes.
—¿Disculpa?
—No sabes si voy a salir indemne. Es solo una posibilidad. Grace Jeong lo ha dicho, si la fiscalía…
Pero la risa de George, grave y estridente, silenció lo que iba a decir.
—¿Es que todavía no has entendido cómo funciona todo esto? —dijo cuando consiguió recomponerse—. En este mundo existen ganadores y perdedores. Somos Hannaway. Llevamos generaciones sin perder. No vamos a empezar ahora. Y menos por una gilipollez como un accidente de coche.
George se sacó un pañuelo de tela del bolsillo trasero del pantalón y se secó el poco sudor que había perlado su frente. Aquella era, quizá, la única señal de humanidad que había mostrado en los últimos días. Acto seguido, nos dio la espalda y fue a encontrarse de nuevo con Grace.
—Connie… —Sarah aprovechó para acercarse y pellizcarme la mejilla de una forma que pretendía ser consoladora pero que solo consiguió irritarme más.
Cuando clavé mis ojos iracundos en los suyos, vi la misma inocencia pueril de siempre pero también un brillo de inteligencia que me hizo pensar que Sarah Hannaway era mucho más astuta de lo que dejaba entrever.
Más tarde, te preguntaría si creías que lo de mi madre, su actitud y su forma de moverse por el mundo, era un acto. Nunca olvidaré tu respuesta:
—¿No te he hablado de los pulpos?
—¿Qué?
—Los pulpos. Son unas criaturas fascinantes.
—Como siempre que soltabas algún dato de los tuyos, los ojos se te iluminaron—.
Toda su supervivencia se basa en el engaño y la adaptación.
Su inteligencia es silenciosa. —Hiciste una pausa—.
Tu madre me recuerda a un pulpo. Por fuera parece frágil, blanda…
casi vulnerable. Pero bajo esa máscara de vulnerabilidad existe un depredador extremadamente inteligente.
—Pero…
—Solo hace falta fijarse bien para verlo.
Esa era la cuestión. Mientras tú profundizabas, yo me quedaba en la superficie.
Sarah hundió los dedos en la carne de mi rostro con más fuerza.
—Mi pobre Connie… —canturreó.
Por algún motivo, la condescendencia con la que me trató me enervó más que la cólera de mi padre.
Le aparté la mano de un golpe seco, a lo que ella reaccionó con un mohín infantil.
Antes de desaparecer en la cocina para seguir dándole órdenes a Rosita, me dio un beso en la frente y susurró un no te preocupes por nada vano y vacío.
Lo primero que hice fue limpiarme sus palabras y el maldito pintalabios rojo; lo segundo, dejarme caer contra el respaldo del sofá y pensar que… pensar que… pensar que…
—Con. —La gravedad de tu voz me alertó de lo que no había querido advertir hasta aquel momento.
La intensidad de la escena me había llevado a ignorar las señales que, poco a poco, se habían ido acumulando en mi cuerpo. Pero allí estaban, frescas y evidentes: el temblor de las manos, la dificultad para respirar, el pulso errático y disparado, la presión en el pecho.
¿Era aquello otro ataque de pánico? ¿Me iba a derrumbar en medio del comedor tal y como me había derrumbado en la calle?
—Connor. —Otra vez tú, insistente y asustado.
Al ver que no respondía, te levantaste del sofá. No tenías el control de lo que estaba sucediendo y eso te ponía nervioso.
—Voy a llamar a alguien, ¿vale? —dijiste, tus manos buscaban algo a lo que aferrarse pero no encontraban nada.
No.
Intenté decirlo, pero lo único que salió de mi boca fue un gruñido.
—Vale, está bien. Me quedo aquí. —Lo captaste al vuelo.
Agarraste el vaso de agua del que había bebido Grace y me lo tendiste, esperando una reacción por mi parte.
Pero yo no estaba presente.