Todos nuestros silencios FRACTURA
58%

FRACTURA

FRACTURA

—Sabíamos que esto podía pasar.

—Exacto. No es un escenario que no hubiéramos contemplado.

Mientras yo lo escuchaba todo desde una esquina del sofá con un interés desapegado, tú prestabas atención concentrado, como si aquello se tratara de un examen y quisieras sacar la mejor nota.

En cuanto las puertas del ascensor se habían abierto en casa, Sarah nos había recibido con un bienvenidoooos cantarín que había matado al ver nuestras caras de funeral.

George había llegado poco después con la corbata medio deshecha y el móvil pegado a la oreja.

Se había encerrado en el estudio, no sin antes pedirle a Rosita que le trajera un café bien cargado y un par de pastas o lo que fuera que hubiera de dulce porque necesito azúcar, ya .

Una hora después, los abogados ya habían desplegado sus papeles, carpetas y ordenadores sobre la mesa del comedor e iban y venían de un lado para otro del primer piso.

Como si aquello se tratara de un brunch de domingo cualquiera y no de una reunión improvisada con urgencia, mi madre había dispuesto diferentes entrantes y había sacado su mejor selección de vinos de la bodega. Su sonrisa de satisfacción hablaba por sí sola.

Grace Jeong también estaba allí. Había acudido junto al equipo encargado de mi caso para supervisarlo, aunque por suerte sin su hija.

George les había puesto al día de lo sucedido con Meredith Livingston: que se había plantado en la puerta de nuestro edificio y se había emperrado en hablar con un Hannaway (esto se lo había contado Freddy que, aunque aterrorizado, había sido el responsable de cuadrarse cual perro guardián frente al vestíbulo y negarle la entrada), que en cuanto me había visto se me había acercado para acusarme de asesinato, que entonces había llegado él y había conseguido sacarme de allí antes de que la cosa escalase y se complicase más.

Tú me habías asestado un codazo nada sutil y habías enarcado una ceja como queriendo decir ¿lo cuentas tú o lo cuento yo?

Yo negué una vez, dos, e hice un mohín: ¿y si no contamos nada y ya?

Pero entonces tu mirada se endureció y entrecerraste los ojos hasta que se convirtieron en dos ranuras delgadas porque esto no es un juego, Con .

Me concediste cinco segundos para que combatiera mi naturaleza cobarde y diera la cara. Obviamente, no lo hice.

Carraspeaste con fuerza.

Todos los ojos del comedor se posaron en nosotros.

—Disculpen —empezaste, dirigiéndote al equipo de abogados, a mis padres y vete saber si también a Rosita, que rondaba por allí repartiendo canapés bajo la estricta mirada de Sarah—. Hay algo que deberían saber. Es sobre Meredith Livingston.

—¿A qué te refieres, Charles? —El que habló fue George, que se había acercado al sofá. Guardó las manos en los bolsillos de sus pantalones de traje y esperó, paciente, a que siguieras hablando.

Claro que tú no tenías pensado apiadarte de mí. Te quedaste callado y, con un gesto de la mano que todos vieron, me obligaste a tomar el turno de palabra.

Acorralado, relaté mi confesión en un murmullo ahogado que esperaba que nadie captara.

—¡¿Que has hecho qué?! —El rugido de George retumbó por toda la sala.

Me encogí sobre mí mismo. Mi padre podía ser el hombre más gentil, despreocupado y divertido…

O el más arisco y agresivo. Al crecer, había tenido la suerte de toparme con la primera cara, la amable.

Solo ahora, que había conocido su lado más oscuro, me daba cuenta de lo mucho que echaba en falta el otro.

El salón había quedado cubierto por un manto de tensión imposible de ignorar.

Podía ver a los abogados, encorvados como buitres sobre sus ordenadores, aguardando el momento perfecto para abalanzarse sobre la información que estábamos a punto de brindarles.

—¿Qué parte de «tienes que colaborar» no entiendes? ¿O es que acaso te trae sin cuidado acabar en la cárcel?

—Yo… —balbuceé sin saber cómo continuar.

Me lo habías advertido: que antes de ser impulsivo tenía que pensar en las implicaciones que podían tener mis actos. Eso me pasaba por desoírte.

—Yo… —intenté de nuevo. Pero fui incapaz de formular una frase coherente.

George se agachó hasta que sus ojos quedaron al mismo nivel que los míos.

—No voy a permitir que mancilles el nombre de esta familia —sentenció. Después volvió a incorporarse y, dirigiéndose al equipo de abogados, pero en especial a Grace Jeong, dijo—: Tenemos que solucionar esto.

Fue como si alguien hubiera dado el pistoletazo de salida de una carrera.

El comedor volvió a llenarse del ruido de varias personas escribiendo, tecleando, murmurando.

George se acercó a Grace Jeong y le susurró algo, tras lo cual se encerraron en el estudio.

Sarah se quedó revoloteando por el salón con los labios y el ceño fruncidos.

Parecía una niña enfurruñada porque los adultos la habían excluido de sus conversaciones.

Cinco, quizá diez, minutos después, aparecieron de nuevo. Después de que la abogada lanzara un par de órdenes al aire y George le pidiera más café a Rosita, ambos vinieron hacia nosotros.

—Connor, necesito que, si ha pasado algo más entre Meredith y tú, nos lo cuentes—dijo Grace cuando la tuve delante. Negué con vehemencia—. ¿Estás seguro?

—Sí.

—De acuerdo.

Grace se hizo un hueco entre los canapés y se sentó frente a nosotros en la mesa de centro. Apoyó los codos sobre las rodillas y me miró con intensidad y determinación. Todo su cuerpo indicaba que lo que estaba a punto de decir era importante.

—Te voy a explicar lo que, seguramente, va a suceder a continuación.

—Vale —asentí.

—En base a tu interacción con Meredith y la conversación que tu padre y ella han mantenido después, lo más probable es que los Livingston interpongan una denuncia. Queríamos evitar llegar a este punto, pero…

El desenlace de la frase era evidente: pero la has cagado .

De reojo, vi cómo George, que se había apoyado contra la chimenea de mármol, se apretaba el entrecejo y cerraba los ojos.

—Lo peligroso no es la denuncia en sí, es lo que puede desencadenar —continuó Grace.

—No entiendo… —Era como si, de repente, mis pensamientos se hubieran extraviado en algún lugar lejano.

Alguien me tendió un vaso de agua. Lo agarré y, con manos temblorosas, me lo llevé a los labios. No quería seguir allí.

—En Nueva York, no hace falta una denuncia para que la fiscalía investigue un caso como el tuyo. No obstante, una vez que existen indicios claros como este… Digamos que todo se acelera. El proceso se vuelve más agresivo.

Le di otro trago al vaso de agua. Poco a poco, me fui desligando de mi cuerpo hasta que me convertí en un espectador de mi propia obra de teatro. Lo observé todo desde la distancia. Ahora entiendo que, quizás, aquella fue la única forma que encontré de escudarme.

—La fiscalía empezará a reconstruir la noche del accidente.

Querrán elaborar una cronología completa y específica de lo que sucedió: cómo llegaste a la fiesta, cuánto bebiste, con quién estuviste, cuándo te subiste al coche, a qué velocidad condujiste…

Hay factores que los tenemos controlados, pero otros no.

Grace Jeong se inclinó hacia delante.

—Es muy importante que trabajemos en un discurso y lo mantengamos. No solo nosotros, también los Whitmore, los De la Vega y cualquier otra persona o familia a la que hayamos contactado. —Esto último lo dijo mirando a George, que asintió con la cabeza.

—Nos encargamos.

Así de fácil. Como alguien que asegura que va a encargarse de hacer la compra o de sacar a pasear al perro, no de chantajear y manipular a diestro y siniestro, sin remordimientos ni consideración alguna.

—¿No podríamos alegar que Connor confesó en un estado de shock o coaccionado? Quiero decir… que no fue una confesión oficial y vinculante.

Tu voz consiguió que parte de mí volviera a la realidad.

—Es irrelevante que la confesión sea oficial o no —clarificó la abogada—.

Si Meredith Livingston afirma que te confesaste culpable de la muerte de su hija, intentará utilizarlo en tu contra.

Claro que no estamos hablando de una confesión legal válida, pero sigue siendo una herramienta para presionar al jurado e intentarles convencer de que su narrativa, que debido a tu estado de ebriedad su hija terminó muerta, es la verídica.

Tragué saliva.

—Y ahora… —intenté articular, pero las palabras no terminaban de salir de mi boca—. Y ahora qué…

Por suerte, Grace Jeong captó lo que quería preguntarle, que venía a ser algo como: ¿y ahora qué coño va a pasar?

—Ahora se abren varias posibilidades. Por nuestra parte, tenemos que seguir trabajando en una línea de defensa e intentar mantener controlados la mayoría de los factores posibles.

En cuanto a la fiscalía, puede presentar cargos formales.

Como te comenté en la comida del otro día, si consideran que conducías ebrio, podrían acusarte de homicidio vehicular en segundo grado.

Pese a ser la segunda vez que escuchaba aquella ristra de palabras ( homicidio-vehicular-en-segundo-grado ), mi cuerpo se paralizó igual que lo había hecho en el Gattopardo.

—¿Qué significa…? —En esta ocasión, el que no consiguió terminar la frase fuiste tú.

—Significa un homicidio imprudente cometido bajo los efectos del alcohol, las drogas, o ambos. Para poder imputarle a alguien el crimen, se deben cumplir tres requisitos.

Nonono, no quería escuchar nada de eso, no quería estar allí, no quería.

Pero Grace siguió y la mente de Connor aprovechó su flaqueza para jugar con sus recuerdos.

De repente, volvía a estar detrás del volante del Range Rover.

Vanessa se encontraba sentada a su lado, moviéndose al son de la canción que ella misma estaba cantando, Marcos y Ronald detrás, parloteando como cotorras.

—Que la conducción del acusado haya causado la muerte de una persona.

El cuerpo inerte de Vanessa. Su brazo derecho retorcido en un ángulo imposible, su rostro irreconocible por la sangre, su pecho inmóvil, su pulso inexistente.