FRACTURA
FRACTURA
Caminábamos por Park Avenue en dirección a mi casa.
Me había despertado en tu cama con la misma ropa del día anterior y una sensación de sosiego de la que jamás querría desprenderme. Nada más abrir los ojos había sabido que no estabas allí.
Antes de poder preguntarme dónde te habías ido, te había escuchado arrastrar las zapatillas por la cocina. Olía a café recién hecho y tostadas.
En cuestión de minutos había salido de la habitación, recorrido el pasillo hasta la cocina y apoyado sobre la encimera con ambos codos. No miento cuando digo que uno de mis pasatiempos preferidos era observarte mientras trajinabas, concentrado, de un lado a otro.
—Te acompaño a casa —habías determinado al acabar de desayunar.
—Vale —había accedido rápidamente. ¿Cómo rechazar la oportunidad de pasar más tiempo contigo?
Ahora, recorriendo las avenidas del Upper East Side, el frío de la mañana pellizcándonos la piel, me encontraba queriendo estirar cada paso y cada minuto para retrasar el momento de despedirnos.
No hablamos de la noche anterior. Tampoco me preguntaste qué había hecho después de salir corriendo del Gattopardo.
En su lugar, seguimos conversando de todo y de nada en una tregua que sabíamos efímera pero que ninguno de los dos quería terminar.
Hasta que llegamos a la esquina de mi edificio.
Fue mi cuerpo, que reaccionó al entender que la bandera blanca se estaba quemando.
Fuiste tú, y la expresión de tristeza que compusiste al sentir mi rigidez y mi brusco cambio de humor.
Pero sobre todo fue la mujer que vimos a lo lejos, esperando en una quietud ansiosa junto a la puerta del edificio y buscando a Freddy con la mirada, que parecía querer esconderse detrás del mostrador del vestíbulo.
Era la madre de Vanessa.
Lo sabía porque su hija, la misma que me visitaba cada noche revestida de pesadilla, era su copia exacta.
Así, en cuestión de segundos, la tregua saltó por los aires.
Y empezó la guerra.
Al vernos, Meredith Livingston abandonó su posición junto a la entrada y emprendió una marcha desencajada hacia nosotros.
—Tú. —Me señaló con un dedo índice acusatorio.
Sí, yo.
Como siempre que me sentías en peligro, te colocaste delante de mí. Querías ser mi chaleco antibalas y protegerme, pero te olvidabas de que, en esa ocasión, me merecía cada uno de los disparos y, si me atravesaban el corazón, mejor.
Al verla bien, se me resquebrajaron el alma y la conciencia.
No es que conociera a Meredith, pero sí recordaba haberla visto hacía poco, en los pasillos del colegio, de camino a una reunión de la PTA, asociación de la que era presidenta porque era el tipo de mujer que necesitaba ocupar cada minuto de su día y sentir que, de alguna forma, contribuía a la sociedad.
El cambio era dolorosamente evidente.
Estaba chupada. Toda ella. Parecía un muñeco de feria, de esos de mala calidad y desinflados.
Tenía los labios cortados y llenos de heridas, como si se hubiera arrancado las pieles con saña.
Y sus ojos… Dios, sus ojos. Parecían inyectados en sangre.
Yo me lamentaba de mi insomnio, pero… ¿Acaso Meredith había dormido siquiera un minuto en los últimos días?
En ese momento aprendí el verdadero significado de la palabra pérdida. Porque aquel… aquel era el rostro de una mujer a la que ya no le quedaba nada y tampoco encontraba motivos para seguir viviendo.
Y la culpa era única y exclusivamente mía.
—Mataste a mi hija —espetó con una voz desgarrada.
Pum: la verdad que nadie, excepto yo mismo, había querido aceptar.
—Meredith, espera…
Empezaste a elaborar lo que seguro era una respuesta adecuada y correcta, pero yo te corté.
—Sí.
La mujer se detuvo en seco. No había esperado obtener una confesión tan fácil.
—En… Entonces —balbuceó—. ¿Lo admites?
Me fulminaste con la mirada, advirtiéndome que me callara. Conocía cómo funcionaba tu cabeza y que en ese momento debías estar pensando en todas las implicaciones legales de que me atribuyera la culpa del accidente.
Si fuera una persona racional, mi conclusión habría sido la misma que la tuya.
Pero esa es la cuestión. Nunca he sido una persona racional. Por eso, mandé las implicaciones legales a la mierda.
—Sí —repetí, más convincente de lo que había sonado la primera vez.
Meredith se quedó quieta, muy quieta, observándose el cuerpo, como si estuviera aguardando algún tipo de transformación; como si esperara que mi admisión drenara su sangre de toda la rabia y la ira que la había emponzoñado desde que su hija había muerto.
Pero esa era la crueldad de la vida: entender que, cuando te ahogas en tus propias emociones, nadie ni nada, excepto tú mismo, va a poder sacarte de allí.
Y aquí viene la gran revelación, espero que estés preparado.
Todos esos cuentos sobre la satisfacción que precede a la venganza o la paz que se encuentra tras una confesión son putas mentiras.
Por eso, por mucho que se analizara, Meredith Livingston no descubriría otra cosa que el mismo cuerpo marchitado. ¿La ligereza que estaba esperando con ansias? Inexistente. ¿El peso sobre sus hombros? Todavía allí. ¿El dolor punzante e incesante de cabeza? Incluso más intenso.
La madre de Vanessa se llevó las manos al estómago de una forma tan desgarradora que cualquiera pensaría que le acababan de retorcer las entrañas. Su rostro se descompuso como un retrato cubista al mismo tiempo que la inocencia pueril con la que había llegado mutó en cólera.
—Vas a pagar por esto. —Otra vez, el dedo acusatorio—. ¿Me oyes?
De forma instintiva, busqué tu mano y, aunque no me correspondiste el gesto, me permitiste anclarme a ella.
—Sé que eres un Hannaway —prosiguió Meredith—, pero la influencia y el dinero de tus padres no te van a salvar. No de esta.
—Meredith. —Hablaste con el mismo tono paciente con el que te dirigías a Gianna cuando todavía no te había hecho perder los papeles. Intentaste posar tu mano libre en su brazo, pero ella se sacudió al mínimo contacto.
—Podréis haber comprado el silencio de muchos, pero no el nuestro —siseó. Y después, alzando el tono—: ¡Nosotros no necesitamos vuestro dinero ni vuestros contactos!
Estábamos llamando la atención de los transeúntes. Muchos miraban a Meredith con pena y, a nosotros, con recelo.
Quería explicarle —más bien gritarle— que pensaba exactamente igual que ella. Que si por mí fuera el que hubiera acabado muerto en la carretera habría sido yo y no su hija.
Otra gran revelación: nada de lo que puedas decirle a una persona rota podrá recomponerla.
Así que me callé y me dispuse a encajar cualquier otro golpe que quisiera asestarme.
Entones, George entró en escena:
—¡Connor!
Parecía un caballo de carreras al que le acaban de dar el pistoletazo de salida: perfectamente compuesto, pero determinado a arrasar con todo lo que se le cruzara por delante.
Unos metros más atrás, refugiado tras las enormes puertas de cristal que separaban la calle del vestíbulo, Freddy nos observaba con una expresión que se movía entre la preocupación y la incomodidad. Era evidente que quien lo había avisado era él.
—¿Qué está pasando aquí?
Nos miró primero a mí, después a ti y, por último, a nuestras manos entrelazadas. Te la solté de inmediato.
—¿Qué está…? —cortó la frase en el instante en el que reparó en Meredith. Solo le bastaron un par de segundos para comprender la situación y sus potenciales consecuencias—. Connor, sube a casa.
—¡No! —Meredith se lanzó hacia delante con los brazos extendidos, pero George se interpuso entre ambos.
—Subid a casa —repitió, ahora incluyéndote a ti también—. Yo me encargo de esto.
No te lo pensaste dos veces, me agarraste de la manga de la chaqueta y nos arrastraste a mí y a mi bicicleta hacia la entrada del edificio. Los gritos de Meredith ( asesino, asesino, asesino ) nos persiguieron hasta que las puertas del ascensor se cerraron.
¿Lo era? ¿Un asesino?
Aquí va una última revelación: sí.