Todos nuestros silencios CUERPO
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CUERPO

CUERPO

Aparqué el Range Rover delante de tu edificio.

Mientras esperaba a que bajaras, saqué la BlackBerry y revisé los últimos mensajes que habían enviado al grupo que se había creado para organizar la fiesta de aquella noche.

Quise responderle a Vanessa, que acababa de preguntar quién iba a fumar hierba, pero los dedos me temblaban tanto que fui incapaz de escribir una sola palabra coherente.

No te veía desde que habías salido corriendo de mi habitación. Después de que tú y yo… Ya sabes.

De eso hacía ya una semana.

En ese caso, me había tocado a mí acudir a tu encuentro. Te había escrito hacía dos noches, preguntándote si querías acompañarme a la fiesta que los de mi instituto habían organizado para celebrar el fin de las clases antes de Navidad.

Después de escribir y borrar, escribir y borrar, escribir y borrar, me habías respondido con un escueto sí .

Nuestras interacciones se habían limitado a gestionar la ida y la vuelta a la casa que Vanessa tenía en Bear Mountain State Park, un parque natural situado a las orillas del río Hudson que quedaba a menos de una hora de Manhattan.

No sabía por qué habías accedido a venir conmigo ni qué esperar ni cómo comportarme, pero me negaba a dejar que nos convirtiéramos en algo del pasado.

Así que allí estaba, intentando calmarme para no ahuyentarte de nuevo y…

Clac .

Me sobresalté tanto que la BlackBerry resbaló de mis manos y cayó al suelo del coche, junto a los pedales.

Al otro lado de la ventanilla, estabas tú, haciéndome señas y dándole golpecitos a la ventanilla para que le quitara el seguro al coche y te dejara entrar. Eso hice. Mientras te subías al asiento del copiloto y depositabas la mochila entre tus piernas, recuperé el móvil.

Ese pequeño gesto me dio la fuerza que necesitaba para atreverme a mirarte.

Te habías cortado el pelo. Mucho. Tus rizos negros habían sido sustituidos por un corte militar que no encajaba nada contigo pero que, de todas formas, te quedaba bien.

Todo te quedaba bien. No pude evitar preguntarme si aquel cambio se debería a lo que había pasado entre los dos.

Mi mente siempre buscaba sabotearme y me dijo que sí, que era una forma de limpiarte y desprenderte del asco que debías sentir al recordarnos desnudos en la cama.

Carraspeé.

—Te has cortado el pelo —solté antes de que la incomodidad se hiciera un hueco entre ambos.

—Sí. —Instintivamente, te llevaste una mano a la cabeza y buscaste tus rizos. Al no encontrarlos, la devolviste al regazo—. No sé si me pega mucho.

—Te queda bien —dije, y arranqué el coche.

—Gracias.

Desviaste la mirada hacia la calle y yo me incorporé a la avenida.

Aquello había sido una muy mala idea.

La primera media hora la pasamos con la radio de fondo. Las canciones sonaban lo suficientemente fuerte como para disimular nuestro silencio tenso.

Opté por centrar mi atención en la carretera y no pensar en nada más que en seguir conduciendo.

Avanzaba adelantando coche tras coche sin importar el carril ni el límite de velocidad.

Según tú, era un imprudente. Desde mi punto de vista, conducir era una de las únicas actividades de mi vida en las que tenía el control absoluto.

No había nadie ni nada que pudiera influir en cada microdecisión que tomaba.

Y cuando eres una persona como yo, acostumbrada a que otras monitoricen y manipulen cada aspecto de tu vida, algo tan sencillo como conducir te da poder y estimula de una forma adictiva.

Hablaste justo cuando el locutor introducía Rolling in the Deep , de Adele.

—Connor. Quería pedirte perdón.

Tragué saliva, tratando de tragarme también la sensación de mareo que me acababan de provocar tus palabras. Honestamente, me esperaba de todo menos una disculpa.

—Lo siento. Por la forma en la que me marché el otro día cuando… —No fuiste capaz de terminar la frase. ¿Tanto te avergonzabas de nosotros?

—No pasa nada. —Mi voz sonó forzada.

—No digas eso. Sí que pasa. —Suspiraste y ocultaste el rostro entre las manos—. No quiero ni imaginarme cómo te debiste de sentir. Lo siento.

Me encogí de hombros, queriendo restarle importancia, pero la verdad era que incluso semanas después seguía sintiéndome como una mierda.

—Me gustó. Connor, de verdad —incidiste al ver cómo se me fruncía el ceño—. Dios… Si estuvieras en mi cabeza no te cabría ninguna duda de lo mucho que me gustó.

Se me escapó una carcajada irónica porque lo que acababas de decir era la tontería más grande que había escuchado en mucho tiempo. Al hablar, no pude evitar hacerlo con rabia:

—Ya, Charles, pero no estoy en tu cabeza ni puedo leerte los pensamientos. Solo puedo ceñirme a los hechos. Y los hechos son que te fuiste y, si no fuera por mí, todavía seguiríamos sin hablarnos.

—No es verdad —te apresuraste a apuntar—. Iba a escribirte.

—Si tú lo dices.

En el horizonte, el sol se estaba poniendo. Si no hubiéramos estado así, raros, ajenos, habrías comentado algo sobre el color del cielo o la forma de las nubes.

—Es complicado —añadiste.

—Ya.

—¿Qué?

—Nada.

—Dilo.

Lo dije:

—Menuda excusa de mierda.

—Para.

—¿Qué?

—Que pares el puto coche.

—Estoy conduciendo.

—Pues para en alguna gasolinera.

—Vamos a llegar tarde.

—¡Me da igual si llegamos tarde o no llegamos! ¡Para el puto coche!

Me dije a mí mismo que no iba a hacerte caso. Tenía que ponerle fin a la dinámica de hacer lo que querías cuando querías.

Cinco minutos después, detuve el coche en una gasolinera.

Te bajaste antes de que pudiera apagar el motor.

Esperé un par de minutos por si volvías a subir y, cuando no lo hiciste, bajé yo también. Te encontré apoyado contra el maletero fumando.

Tenías la mirada perdida en el bosque que se extendía más allá de la gasolinera.

—No lo digo a la ligera ni para intentar justificarme. —Retomaste la conversación como si no hubiéramos perdido el hilo en ningún momento—. Connor, de verdad… Es más complicado de lo que te piensas.

—¿Por qué? Habla conmigo.

Pero tú negaste.

Y por fin, lo vi. Tu sufrimiento.

Había estado tan convencido de que todo lo que sentías era asco, rechazo y vergüenza que no había contemplado la posibilidad de que tú también estuvieras sufriendo.

Una parte de mí quería acercarse y tocarte. La otra, alejarse y dejarte allí. No hice la primera ni la segunda. Me quedé en un punto medio bastante gris, balanceándome sobre mis talones, ahora un poco hacia ti, ahora un poco lejos de ti.

—No lo entenderías —dijiste tras otra calada.

—Pruébalo.

—Yo… No soy tú.

—Ya.

—Pues eso. —Tiraste el cigarrillo al suelo e inmediatamente te encendiste otro. ¿Estabas fumando más de lo normal o me lo estaba imaginando?

—¿Nada más?

Volviste a negar, ahora con rabia. De normal, te gustaba que te hiciera preguntas. Ahora, solo te estaba irritando.

—No todo el mundo puede permitirse sentir con la libertad con la que tú sientes.

—Si lo dices por lo que vaya a decir la gente no…

—No es eso —me cortaste, brusco.

—¿Entonces?

—¡No quiero joder nuestra amistad! —implosionaste.

No recuerdo lo que iba a decir, pero me callé.

Te lo creas o no, hasta aquel momento no había pensado en que nuestra amistad podría verse afectada por lo que sintiéramos el uno hacia el otro.

—Pero… Eso… Eso no… —balbuceé como un tonto—. Eso no va a pasar.

—¿Ah, no? ¿Y si esto no sale bien? ¿Y si uno termina haciendo daño al otro? ¿Entonces qué?

—Entonces seguiremos siendo amigos.

—Sabes que no es verdad. ¿Seguirías siendo mi amigo si te rompiera el corazón? Si empezáramos algo y después me echara para atrás, ¿querrías seguir viniendo a mis carreras y acompañándome a comprar libros? No quiero… No puedo perderte.

—¡No vas a perderme! —Ahora el que implosionó fui yo.

—¡No digas eso cuando no sabes si es verdad! Si seguimos con esto, te haré daño, Connor.

—¿Por qué?

—Porque es la verdad. No estoy preparado para… —Gesticulaste a tu alrededor, como tratando de atrapar en el aire las palabras que no encontrabas para describirnos—. Para esto.

—¿Por qué? —Me daba igual tu rabia. Necesitaba entenderte.

—Porque estoy hecho un lío y dudo constantemente.

—¿Por qué?

—¡Para de preguntarme por qué !

—¡Entonces para de explicarte tan mal!

—No sé hacerlo mejor, Connor. Ese es el problema, ¿no lo ves?

Que cuando se trata de ti, no hago las cosas bien.

Un día quiero besarte y al siguiente pienso que es la peor decisión que podría tomar.

Por la mañana me digo que vale la pena intentarlo y que a la mierda todo, y por la noche estoy seguro de que es una idea terrible.

A veces pienso que no puedo soportar ser solo tu amigo y otras que es mejor así porque, de esta manera, al menos nunca te perderé.

—Que no vas a perderme, joder.

—¡Ese es tu puto problema! ¡No piensas! Te sientes de una forma y actúas sin importarte las consecuencias.

Estoy triste: lloro y me da igual si es en público.

Algo me hace gracia: me río, aunque sea en medio de una iglesia.

Me enfado: grito o monto un drama delante de todo el mundo.

Quiero besar a Charles: lo hago sin tener en cuenta nuestra amistad y todo lo que hemos construido a lo largo de los años.

Jamás me habías hablado así.

Dolía: tu ira.

Dolía: que de repente me diera la sensación de que aborrecías la forma en la que sentía y me movía por el mundo cuando, precisamente, era de lo que más me enorgullecía.

Dolían: tus ataques, y cómo los dirigías a mi corazón y mi confianza para destrozarlos de un solo golpe.

Dolía: que durante todos esos años me hubieras vendido que te gustaba tal y como era y que nunca cambiarías nada de mí ¿y ahora qué? ¿En qué se quedaban tus promesas?

Dolía: tú, en general, todo.

Por primera vez desde que nos conocíamos, quise subirme al coche y poner kilómetros de distancia entre ambos; silenciarte.

—Yo sí que pienso en las consecuencias, Connor. Y, de momento, pesan mucho más que lo que pueda sentir por ti.

Te diste cuenta del significado de tus palabras en cuanto terminaste de pronunciarlas.

—Eso no es… —empezaste—. Eso no es lo que quería decir.

Pero yo ya había tenido suficiente.

Me di la vuelta y rodeé el coche.

—Connor. Espera.

Me seguiste.

—Connor.

Abrí la puerta del conductor.

—Mierda —te escuché maldecir, y corriste para subirte a tu asiento antes de que arrancara.

Pisé el acelerador cuando tú ni habías cerrado la puerta. Lo hice con tanta fuerza que tu torso, sin cinturón de seguridad que pudiera protegerlo, impactó contra el salpicadero.

—¡Connor! ¡Mírame! ¡Solo un segundo, mírame!

No.

No iba a mirarte.

Porque por primera vez desde que nos conocíamos, me aterraba hacerlo y enfrentarme a lo que fuera que albergaban tus ojos.