FRACTURA
FRACTURA
Quien me abrió fue tu madre, Gianna.
Por aquel entonces, su deterioro ya era evidente. Tenía los ojos vidriosos y la cara hinchada, como si llevara llorando horas. Su piel, antaño radiante, se veía apagada y cetrina.
—Connor, cariño —me saludó con una voz pastosa. Su aliento a alcohol rancio me obligó a retroceder un par de pasos—. Pasa, pasa. Ahora le digo a Charles que has venido.
—Gianna, yo… Mejor espero aquí.
No quería invadir tu espacio cuando no sabía si me dirías que me fuera, y menos si tu madre se encontraba en aquel estado.
Con todo lo que hacías para evitar que cayera…
Y ella seguía haciéndolo, a toda velocidad, y sin ningún tipo de reparo ni consideración por ti.
Era egoísta y la detestaba por ello, pero a la vez no podía evitar sentir lástima.
—Tonterías —respondió, y alargó una mano escuálida y temblorosa para agarrarme del brazo y tirar de mí.
Pero Gianna se había quedado en los huesos.
Era un pajarillo al que nadie había alimentado.
Por eso, su esfuerzo fue en vano. Con cuidado de no sobresaltarla ni hacerle daño, tomé su mano entre las mías y le di un ligero apretón.
La manga de su batín de felpa rosado se deslizó por su brazo hasta cubrirnos los dedos a ambos.
Le iba inmenso. Parecía una niña que, queriendo jugar a ser mayor, le había robado la prenda a su madre.
—Gianna, de verdad… —Tenía la mentira en la punta de la lengua (solo me pasaba a dejar algo), pero antes de poder soltarla, apareciste en el umbral.
—Mamá, qué está pasan…
En cuanto me viste, te detuviste en seco.
Llevabas puesta tu equipación de atletismo, la que utilizabas para estirar antes de salir a la pista: unos pantalones de chándal grises con dos rayas rojas a los lados y una sudadera gruesa a juego con el escudo de tu colegio en el centro.
Me miraste. A los ojos. Directamente.
Fue un gesto breve, porque al instante devolviste la atención a tu madre, pero yo me sentí como una persona que, tras días caminando por el desierto, acababa de encontrar un oasis.
—Mamá. —La delicadeza con la que la llamaste rompió un poco más mi corazón destrozado—. ¿Por qué no vas al salón y sigues con tu serie? Yo voy ahora.
—¿Qué sucede?
Gianna podía no ser la de siempre, pero nos conocía.
A nosotros y nuestra relación. Aunque de forma más indirecta que mis padres —eras tú quien siempre venía a mi casa y quien llevaba años pasando los veranos en los Hamptons conmigo—, también la había vivido desde que éramos pequeños.
Me había visto abrir la nevera como si fuera mía, dejar la chaqueta en cualquier silla y subir a tu cuarto sin pedir permiso, cientos de veces.
Por eso, le resultó extraño que me quedara quieto e incómodo en la puerta.
—Os habéis enfadado. —No fue una pregunta, sino una acusación.
—Mamá. No —siseaste.
Ya no eras el hijo delicado y preocupado. Eras el adulto crudo y responsable. Detestabas adoptar ese papel, pero estabas forzado a hacerlo.
Cuando intentaste asirla de los codos para llevarla de vuelta al interior del piso, Gianna se deslizó de tu agarre. Parecía una serpiente, ágil y venenosa.
—No podéis enfadaros. No. Podéis. Enfadaros —repitió acercándose demasiado a ti. Acompañó sus últimas palabras de débiles golpes en tu pecho.
Entonces, tú también lo oliste. El alcohol. Arrugaste mucho la nariz. Te repugnaba.
Supe lo que ibas a hacer antes de que ocurriera porque te conocía y ya habías actuado así antes.
—Joder, mamá —maldijiste—. ¿Otra vez? ¿En mi puta cara?
Al darse cuenta de su error, Gianna retrocedió hasta impactar contra mi pecho.
—¿Dónde está? —exigiste saber.
Ella empezó a negar con la cabeza, nonono yo no he sido yo no he hecho nada , una cría acobardada por su error.
Pero tú no ibas a darle tregua.
Esta vez, cuando fuiste a por ella, aferraste su brazo con fuerza. Conseguiste meterla en el piso en cuestión de segundos.
Todavía no sabía si me querías allí, pero sí que me necesitabas. Así que entré detrás de Gianna y cerré la puerta.
—¿Dónde la has metido? —volviste a exigir.
Encendiste todas las luces y empezaste a buscar como un sabueso en pos de su presa.
Te imité.
Nos coordinamos como dos soldados rasos que están acostumbrados a combatir codo con codo. Tú fuiste a la cocina y abriste armario tras armario. Yo me quedé en el salón y miré debajo del sofá, detrás de la televisión, entre los cojines.
Gianna se quedó en una esquina sollozando y repitiendo que yo no he sido, nonono, no he hecho nada .
Pero era evidente que sí que había sido, y sísísí, sí había hecho algo.
Triste, pero ambos habíamos aprendido a una edad demasiado temprana que las palabras, en comparación con los actos, valían una mierda.
—¡Parad! —se desgañitó—. ¡Esta es mi casa! ¡John! —Como siempre que el alcohol le anulaba los sentidos, Gianna empezó a llamar a su exmarido—. ¡John, diles que paren!
Cruzaste el espacio que te separaba de ella en un instante. Te clavaste a escasos centímetros de su cuerpo, imponiéndote cual muro infranqueable.
—John no está. —¿Cuántas veces habías repetido aquellas palabras?—. Se fue hace mucho tiempo y no va a volver. Quítatelo de la cabeza, mamá.
Yo sospechaba que, en el fondo, tu madre conocía la verdad, pero se negaba a aceptarla.
Es imposible que alguien olvide la ausencia de su gran amor.
El hueco que deja es tan abismal que, cada vez que reparas en él, duele y duele y vuelve a doler, como una herida de bala todavía abierta.
¿Cómo estoy tan seguro? Porque esa agonía me ha acompañado desde el último día que te vi.
En esa ocasión, fui yo quien encontró la botella de whisky. Gianna la había escondido en la estantería, detrás de algunas de tus novelas preferidas (irónico). Estaba casi vacía.
—Ya está —susurré.
De pronto, estabas a mi lado.
—Con.
Con cuidado, me quitaste la botella de las manos. Estaba temblando y no me había dado ni cuenta.
Te seguí con la mirada mientras te dirigías a la cocina y vertías el líquido ámbar en el fregadero.
Y después, cuando le tendiste a tu madre un vaso de agua, la guiaste hasta el sofá y pusiste desde el inicio el capítulo de la serie que había estado mirando antes de que yo llegara.
Y también después, cuando volviste a apagar las luces y con un gesto de la cabeza me indicaste que te acompañara a tu habitación.
Una vez solos, aislados de Gianna, te dejaste caer sobre la cama.
—Si quieres que me vaya puedo…
—No —me cortaste.
—Vale.
Cauteloso, porque todavía no sabía cómo debía actuar, me senté en el suelo con la espalda apoyada en el somier. Pero entonces, un silencio se posó entre nosotros y, al ver que era como los de siempre, respiré tranquilo.
Tú también debiste sentirlo, porque empezaste a cantar en voz bajita una de tus canciones preferidas.
Last night I smoked a cigarette.
My dad would have been so upset.
Tus pies, cubiertos por unos calcetines gruesos con motivos navideños, empezaron a moverse sobre el colchón al ritmo de la melodía.
Cerré los ojos, dejándome llevar por el sonido de tu voz.
Creo que nunca te lo he dicho, pero me encanta cómo cantas.
Lo sé, objetivamente no tienes madera de cantante ni mucho menos.
Pero hay algo en tu tono, en la forma en la que encadenas las palabras y respiras con suavidad entre ellas, que me hace entrar en un trance apacible.
Supongo que, cuando estás enamorado como yo lo estoy de ti, todo de la otra persona te parece atractivo.
No sé en qué momento fue, pero lo solté:
—No puedo subirme a un coche.
Al escucharme, te incorporaste en la cama.
—¿Cómo?
—Lo intenté. Ayer. George y Sarah querían que fuera a comer con ellos. Paré un taxi en la calle, me subí y… —Tragué saliva y, con ella, el recuerdo de lo que había experimentado—. No pude.
No dijiste nada, así que continué.
—Ataques de pánico. Así los llaman. He investigado.
—Has… investigado.
—O sea, sí, más o menos. Una búsqueda rápida en Google.
—Joder.
—Ya.
—¿Y?
—Pues llevo dos putos días yendo en bici a todas partes.
Tu risa resonó por la habitación. Me giré, cabreado, porque te estabas riendo de mi trauma, pero en cuanto te vi, encogido sobre ti mismo, agarrándote el estómago con fuerza, sin rastro alguno de preocupación, se me pasó.
No pude evitarlo. Yo también me reí. Creo que aquella fue la primera vez desde el accidente que nos olvidamos por completo de lo que había pasado y de en quiénes nos habíamos convertido en los últimos años.
Volvimos a ser los dos niños inocentes que se habían conocido un domingo en el salón de mi casa. Simplemente: Con y Char.
—No hace gracia —te reprendí, tratando de imprimirles seriedad a mis palabras. Fue imposible.
—Perdona, es que… —Tus carcajadas, cada vez más descontroladas, te impidieron terminar la frase.
—¡¿Qué?!
—Es que…
—¡Dilo!
—Es que te imagino en bicicleta y… —Otra carcajada. Más libre todavía.
—Eres idiota.
Y tú reíste todavía más.
Una hora después, estábamos sentados en el suelo, comiendo comida china de nuestro restaurante preferido. La habíamos dispuesto sobre la alfombra y nos pasábamos las cajitas de cartón cada poco rato porque, como siempre, no habías podido escoger y habíamos pedido como diez platos distintos.
—Es decir, te hicieron una especie de emboscada. —Me tendiste la caja de fideos y yo te pasé la de pato laqueado.
—Sí. —Te estaba poniendo al día de lo que había sucedido desde que nos habíamos separado en Central Park.
—Típico de George y Sarah.
—Exacto. —Tragué los fideos. Estar contigo me había abierto el apetito—. Y eso no es todo.
—¿Ah, no?
—No. La hija de Grace Jeong apareció para los postres.
—¿Tiene una hija?
—Al parecer sí. Y va a ir a Columbia también. —Te volví a pasar los fideos—. Se llama Blythe.
—¿Y? ¿Qué te pareció?
—Una estúpida estirada con hielo en las venas.
—Seguro que no está tan mal…
—Cierto. Es peor.
—Entonces, ¿no crees que podamos ser amigos?
—¡Ja! Nunca.
Dos horas después, nos habíamos tumbado en tu cama, en sentidos opuestos: mis pies junto a tu cara; los tuyos, junto a la mía. Leías un libro en voz alta, yo te escuchaba. No sabía qué hora era. Tampoco me importaba.
—Un momento —te interrumpí—. No lo entiendo.
—¿El qué no entiendes?
—Al protagonista. —Al ver que no contestabas, seguí—. Lleva toda la novela diciendo que ha hecho todas estas cosas increíbles. Incendiar una ciudad, robar princesas, hablar con dioses, llamar al viento… ¿Es verdad o está mintiendo?
—Pues si me dejaras seguir leyendo…
—Pero ¿tú qué crees?
—No lo sé.
Ahora, el que se calló, a la espera de que elaboraras, fui yo.
—Creo que es un farsante.
—Ya.
—Pero no lo sabremos hasta el final del tercer libro porque esto —le dio un par de toques a la cubierta— es una trilogía.
—¿Y cuándo sale el tercero?
—Pues espero que pronto.
Tres horas después, te habías quedado dormido.
Tu voz se fue ralentizando poco a poco hasta que, al fin, terminó apagándose.
Asumiendo que había llegado la hora de marcharme, me incorporé sin hacer ningún movimiento brusco.
Bajé de la cama, coloqué el libro sobre la mesa del escritorio y te quité las gafas.
Antes de apagar la luz, te cubrí con una manta y me permití observarte.
Allí, tumbado sobre la cama, respirando plácidamente, volviste a ser el joven de siempre.
Recuerdo pensar en la suerte que tenía porque, entre todo aquel sinsentido al que llamaban vida, te había encontrado. Quizá las cosas (nosotros) no eran como me hubieran gustado. Pero con eso, poder estar cerca de ti, me conformaba.
Ahora sí, apagué la luz y, deseándote las buenas noches con una mirada cargada de mil emociones que no llegaste a ver ni yo a decir, me dispuse a marcharme.
Tu mano, agarrándome de la manga del jersey, me lo impidió.
—¿Qué? —Volví a girarme. No había entendido lo que acababas de balbucear.
—Quédate. —Tus ojos, entreabiertos, estaban fijos en mí.
—Pero…
—Es tarde y tienes que volver en bicicleta. Quédate.
—¿Seguro? —Porque la habitación de invitados de tu piso estaba llena de cajas que John todavía no se había llevado.
—Sí. —Y como para reafirmarlo, te hiciste a un lado en la cama.
Así que volví a tumbarme, esta vez con mi cabeza junto a la tuya.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que me quedé dormido. Solo sé que aquella noche no hubo gritos ni sangre, solo silencio.
El silencio de siempre, el nuestro.
Tranquilo,
sencillo,
irremplazable.
Triple.
Infinito.