Todos nuestros silencios CUERPO
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CUERPO

CUERPO

Me estabas esperando a la salida del instituto.

Al principio pensé que te estaba imaginando. Habían pasado dos semanas desde que nos habíamos visto o hablado por última vez y, pese a que estaba poniendo todo de mi parte por vivir , debo admitir que había perdido un poco la esperanza de que volvieras.

Te alcancé justo cuando te estabas encendiendo un cigarrillo. Quedaba poco para que dejaras de fumar, pero en ese momento todavía tenías el vicio.

—Hola, Con —dijiste, y le diste la primera calada.

—Hola, Char —contesté, todavía sin creer que estabas allí.

Nos quedamos así, uno frente al otro, contemplándonos como, si en lugar de conocernos desde que éramos unos críos, nos acabaran de presentar.

¿Ibas a hablar? ¿Iba a hacerlo yo? ¿Cuál era el protocolo para los casos en los que tu mejor amigo te rechaza, desaparece durante una semana entera y de repente vuelve a aparecer como si nada?

Abrí la boca, dispuesto a decir… ¿El qué? No tenía ni idea. Pero mis nervios e impulsividad me llevaron a querer llenar ese silencio, tan distinto a los nuestros.

—Aquí no —me cortaste antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.

—Eh… vale —accedí, confuso—. ¿Dónde?

—Vamos a tu casa. —Apagaste el cigarrillo contra el muro y, con un gesto de la cabeza, me indicaste que te siguiera.

Recuerdo que estuve todo el camino tratando de adivinar lo que estaba pasando por tu cabeza. Te movías con una calma tensa nada usual en ti. No hablaste, no te detuviste a por merienda, ni siquiera me miraste.

Solo cuando estábamos en el ascensor, subiendo hasta mi planta, me preguntaste si creía que Sarah estaría.

—No tengo ni idea —admití—. Ya sabes lo imprevisible que es.

Se abrieron las puertas del ascensor.

Delante de nosotros: la incertidumbre de lo que venía.

Detrás: la certeza de lo que dejábamos atrás.

Escuchamos el ruido de unos pasos aproximándose desde la cocina. Pocos segundos después, apareció Rosita.

En cuanto te vio, se le dibujó una sonrisa en el rostro.

—Señorito Charles —te saludó.

—Hola, Rosita —le devolviste la sonrisa.

—Se le echaba de menos —dijo, y tras dirigirme una mirada cargada de significado—: La señora Hannaway ha salido y no volverá hasta la hora de cenar.

Le di las gracias a Rosita, que se retiró comentando que si queríamos algo de comer o beber solo teníamos que decírselo.

—Eh… —solté. Quería darte espacio para que me dijeras lo que querías, pero a la vez se me estaba agotando la paciencia.

—Vamos arriba.

—Vale.

Me sentía como un buque a la deriva, navegando el oleaje a sabiendas de que muy probablemente acabaría hundiéndome.

En el piso de arriba, atravesaste el pasillo y entraste directo en mi habitación.

Hice lo mismo y cerré la puerta tras de mí.

Te observé caminar de un lado a otro como un león enjaulado. En un momento, te detuviste junto a mi escritorio y, con una intensidad que no entendía, clavaste la mirada en mis libros de texto.

—Char —te llamé, porque no entendía nada y había esperado y, en esa espera, intentado vivir como me había dicho Rosita, pero ya no podía más.

—Shh. —Me callaste alzando una mano.

—Es que no lo entiendo —insistí, la desesperación colándose en mi voz.

—Connor —me advertiste. Pero ya no me quedaba ni una gota de paciencia, así que mandé tu advertencia a la mierda.

—¡No entiendo qué te pasa!

—¡Tú! ¡Me pasas tú!

Y sin mayor aviso que tus ojos deslizándose por mi cuerpo, recorriste la poca distancia que nos separaba y me besaste.

Me besaste.

Tú.

A mí.

De todos los posibles escenarios que llevaban reproduciéndose en mi cabeza desde que te había confesado que te quería ( creoquetequiero ) aquel no había sido, ni de lejos, uno de ellos.

Debería haberte apartado y exigido explicaciones.

Debería haber sabido que aquello, fuera lo que fuera, no podía terminar bien.

Debería haber escuchado a mi intuición y detenido mis manos, que no habían tardado ni dos segundos en volar a tu cabeza.

Debería haber puesto un poco de orden en mis sentimientos porque todo apuntaba a que no no no, pero mi cuerpo solo gritaba sí sí sí.

Debería haber hecho muchas cosas, pero la realidad es que no hice ninguna de ellas porque llevaba soñando con aquel momento desde hacía demasiados años.

Era un hombre, sediento después de atravesar el Sahara, al que le ofrecían un barreño de agua fresca.

Era una llama a punto de apagarse a la que, de pronto, le daban oxígeno.

Era Connor y tú eras Charles y yo te había confesado que estaba enamorado de ti y tú me habías rechazado pero ahora me estabas besando y recorriéndome el torso con las manos.

Parecías un explorador recién llegado a un nuevo territorio, dispuesto a descubrir cada rincón.

Y yo iba a dejarte. Si me lo pedías, te daría el mapa completo.

Cuando te separaste solo pude pensar que tus ojos resplandecían con un brillo desconocido. Me estabas mirando, expectante. Y entonces entendí que esperabas una reacción.

Debería haber dado un paso atrás y dicho algo del estilo pensemos en esto o vamos a hablar primero .

Debería haberte pedido que me dieras unos minutos para aclararme porque contigo cerca se me nublaba la cabeza y, de verdad, necesito pensar .

Debería haber propuesto que fuéramos a merendar a alguna cafetería, de esas que te gustan.

Debería haber tomado uno de esos caminos, pero la realidad es que me decanté por el único que tenía una señal de prohibido el paso bien grande y me abalancé sobre ti.

Te besé.

Yo.

A ti.

Y esa vez, en lugar de apartarme y pedirme que no volviera a hacerlo nunca, me recibiste con un deseo desenfrenado que me hizo temblar de pies a cabeza.

Mis manos impactaron contra tu pecho. Te obligué a retroceder hasta la cama y te empujé para que cayeras sobre el colchón.

Cuando te volví a besar, tú ya me estabas esperando.

Todos esos años había estado hambriento y ni me había dado cuenta.

Solo ahora, nuestras lenguas encontrándose en tu boca y después en la mía y después en la tuya otra vez, me sentía saciado.

Pero quería más.

Ese era el problema: que cuando se trataba de ti, siempre quería más de lo que estabas dispuesto a ofrecerme.

Todavía temblando, busqué el dobladillo de la camiseta. Rocé tu piel con mis dedos y, con sutileza, tiré de la tela hacia arriba, revelando la parte baja de tu estómago y, por debajo, tu cintura y, por debajo, tu erección.

Abrí mucho los ojos.

Me había acostumbrado tanto a tu rechazo que la idea de que tu cuerpo reaccionara al mío me parecía imposible. Pero allí estaba la prueba definitiva de que sí. Me querías en ese sentido. Y aunque mi parte más racional gritaba para para para, la irracional me pedía sigue sigue sigue.

Debería haberte impedido que te sacaras la camiseta y, de esta forma, consiguieras que mis ya de por sí nublados sentidos se empañaran todavía más.

Debería haber cerrado los ojos para dejar de verte: tus músculos definidos, el vello que descendía por tu torso y desaparecía por debajo del pantalón, a ti, todo.

Debería haberte preguntado si lo que estaba a punto de hacer te parecía bien.

Si la opción correcta era realizar todas las anteriores, fallé estrepitosamente.

Cuando te sacaste la camiseta, te observé con una fijación que bailaba entre lo desesperado y lo obsceno. En lugar de cerrar los ojos, devoré tu cuerpo con los míos. Y pese a que tendría que haberte consultado antes de aferrarme a tu erección como si me fuera la vida en ello, no lo hice.

No existía mejor sensación que la de tocarte.

Ni mejor música que la forma en la que pronunciaste mi nombre.

—Connor.

Me necesitabas, te necesitaba, nos necesitábamos.

Mientras yo te soltaba el cinturón y te bajaba los pantalones, tú te descalzaste. Antes de quitarte también los calzoncillos, me incorporé y empecé a desprenderme de mi ropa, todo bajo tu atenta mirada.

Nunca había tenido problemas con desnudarme delante de otras personas. Pero estando allí, frente a ti, me sentí vulnerable y expuesto.

Aquello no era como el polvo que había echado con Marcos (una mera transacción sin deseo ni sentimiento) o como acostarme con cualquier desconocido en una fiesta (distracciones sin importancia).

En mi vida, esas experiencias eran nimiedades.

Estar contigo de esa forma, tenerte en la cama y ser consciente de lo que iba a pasar entre los dos…

No sé ni cómo expresar lo que significó para mí. Por mucho que terminara como terminó.

La secuencia fue la siguiente:

Yo, desnudo frente a ti, sigo temblando porque estoy nervioso y debería detenerme pero soy un río desbordado que no puede frenar su curso.

Tú, en la cama, apoyado sobre los codos, estudiándome como si fuera un cuadro del Renacimiento o uno de tus atesorados paisajes.

¿Es real? Me lo pregunto, porque no lo creo.

Decido comprobarlo por mí mismo y, con cuidado de no espantarte, me acerco y por fin te retiro los calzoncillos, dejando al descubierto tu pene. Tú reaccionas incorporándote más y diciendo que sí sí sí con la cabeza, con tus ojos, con todo tu cuerpo.

Y yo obedezco. Porque cuando se trata de ti, soy solo un servidor.

Me tumbo a tu lado en la cama y me dispongo a agarrarte de nuevo, pero tú te me adelantas y, Dios, la sensación de tu mano rozándome.

Quiero cerrar los ojos porque el placer es demasiado, pero a la vez quiero mirarte porque quien me está haciendo sentir así eres tú y solo tú y siempre tú.

Tu mano empieza a subir y bajar con una cadencia agonizantemente lenta y justo cuando voy a pedirte más, me lo das. Pegas tu cuerpo al mío y, sin dejar de masturbarme, me besas con ferocidad. Cuando jadeo, lo hago en tu boca y tú te lo tragas como si fuera tu dulce preferido.

No voy a aguantar.

No me da vergüenza admitirlo en voz alta.

Tus ojos se incendian todavía más y en tu rostro se forma una media sonrisa pícara porque eres consciente del efecto que causas en mí.

Lo repito: que si sigues así no voy a aguantar, y como toda respuesta aumentas la presión y el ritmo de tus movimientos.

Es la forma en la que vuelves a pronunciar mi nombre, tan cerca de mi oreja que mi piel se eriza, la que me lleva al límite y hace que me corra.

Yo, intentando controlar mi respiración y el torrente de emociones que me está asaltando de repente.

Tú, observándome con la misma intensidad con la que me has dicho que aquí no y vamos a tu casa .

Unos segundos. Eso es todo lo que necesito para recuperarme y deslizarme por la cama hasta colocarme entre tus piernas. Si te piensas que hemos terminado, estás muy equivocado. Ahora me toca a mí.

Acerco mi boca a tu pene y paso la lengua por el glande, degustando el brillo de tu excitación. Sabe tal y como he imaginado tantísimas veces: en sueños, despierto, en la cama, en la ducha, en más lugares de los que jamás voy a confesar.

Nunca me ha gustado demasiado el sexo oral. Cuando otros hombres me lo han pedido, les he rechazado o contentado sin esmerarme. Pero contigo… Contigo todo es diferente.

Eres tú y solo tú y siempre tú.

Hay gente que habla de las grandes revelaciones que uno experimenta a lo largo de la vida.

Esos momentos en los que te detienes en seco y dices ahora lo entiendo todo .

Es curioso, pasas los días preguntándote si será eso o será aquello y, de repente, pum, te das cuenta de que no era eso ni era aquello.

Es esto, ahora . Porque cuando lo sabes, lo sabes. No hay más.

En ese instante, contigo en mi boca, lo entendí.

Que antes no, pero ahora sí.

Esto, era esto, es esto.

Las palabras se mezclan en mi cabeza y se acoplan al ritmo con el que te doy placer. Tus gemidos me enloquecen y hacen que hunda mis dedos en tu cintura. Con la mano libre, acompaño el subir y bajar de mi boca.

Siento cómo te remueves bajo mi cuerpo y Connor, joder, Connor , y yo solo sigo y sigo hasta que lanzas una maldición y te llevo al orgasmo.

Me trago hasta la última gota de tu semen y, al hacerlo, me cercioro de que me estás mirando porque no quiero que olvides esto, que me olvides, que nos olvides.

Después de depositar un suave beso junto a tu ombligo, me incorporo.

Y entonces, lo veo.

Algo ha cambiado.

Es la forma en la que la intensidad ha dado paso a un terror frío; como si otra persona hubiera poseído tu cuerpo y, ahora que has recuperado el control, te estés dando cuenta de lo que ha sucedido en tu ausencia y no te guste nada.

Debería haber impedido que te levantaras y, en un silencio aséptico, empezaras a recuperar tu ropa.

Debería haberte calmado porque saltaba a la vista que tu cabeza iba a mil por hora y te estabas dejando llevar por pensamientos destructivos que no nos hacían ningún bien.

Debería haberte transmitido todo lo bueno que tú siempre me transmites.

Un hombre maduro hubiera actuado así.

El problema es que, por aquel entonces (y creo que todavía ahora) era un crío que, en cuanto entendió lo que pretendías, reaccionó como eso: un crío.

—No, no, no, no —empiezo—. ¡No!

Yo, desnudo, implorándote que no puedes hacerme esto, no te vayas, otra vez no.

Tú, ya vestido, buscando tus zapatos para salir corriendo cuanto antes porque, al parecer, no eres capaz de soportar lo que hemos hecho.

—Charles. —Me coloco frente a la puerta y la atrinchero con mi cuerpo—. No te vayas. Hablemos.

Cuando susurras que no, no eres capaz ni de mirarme a la cara.

—¿Charles?

Odio la forma en la que mi voz se quiebra. Odio que tú hayas vuelto a encerrarte y yo, al ser un libro abierto, siga dándote el poder de desgarrar mis sentimientos

—¡Charles! ¡Mírame! ¡Di algo! —exclamo y, en mi desesperación, me olvido de limpiarme las lágrimas del rostro.

Por fin, levantas la cabeza y clavas tus ojos oscuros en los míos claros. Las dos únicas palabras que pronuncias me acaban de romper.

—No puedo.

La fuerza me abandona y me dejo caer sobre la moqueta de mi habitación, permitiéndote el paso.

Abres la puerta y te marchas.

Así, sin más.

Yo, un muñeco con el que han jugado un rato, solo para descartarlo después.

Tú, no lo sé. Esa era la cuestión cuando se trataba de nosotros, te habías vuelto un desconocido.

Lo peor no fue el dolor que precedió a tu huida, sino tener que asumir que jamás volvería a sentirme como me había sentido contigo. Porque no existía persona en el mundo que pudiera provocarme lo que tú.

Eres mi gran revelación.

Mi ahora lo entiendo todo .

Eres tú y solo tú y siempre tú.