Todos nuestros silencios FRACTURA
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FRACTURA

FRACTURA

La imagen era la siguiente: yo, medio desnudo entre las sábanas de una cama de hotel cinco estrellas, el tercer cigarrillo consumiéndose en mi mano, la otra cubriéndome parte del rostro.

No es que la luz me deslumbrara, es que no quería ver.

A mi alrededor: muebles de diseño, todos los que quieras y puedas imaginar.

A mi lado: Marcos, también desnudo, también fumando.

—¿Qué piensas?

Que había llegado al hotel sin aire y me había metido en el ascensor justo antes de que se cerraran las puertas.

«¿Piso?».

«Doce».

Que había recorrido los pasillos convencido de que, cuanto antes acabara con aquello, antes podría volver a respirar.

Que había llamado a la puerta de la habitación 1221 sin saber muy bien lo que estaba haciendo, solo que necesitaba borrar tu imagen de mi cabeza.

Que lo que había sucedido a continuación había sido una secuencia de piezas de ropa descartadas en el suelo, manos luchando por imponerse en el cuerpo del otro, jadeos entrecortados y miradas cargadas de lujuria pero carentes de sentimiento.

Que habíamos acabado rápido y, nada más correrme, había cruzado la habitación y me había metido en la ducha para desprenderme de su olor y la vergüenza de lo que acababa de pasar.

Y que nada de lo que hice (los besos, el sexo, el agua ardiendo) me sirvió para olvidarme de ti.

Eso era todo lo que pensaba.

—Nada.

En la mesilla de noche, mi móvil vibró un par de veces.

Lo ignoré. No eras tú y, en el caso de que lo fueras, no quería responderte con Marcos al lado.

Estaba convencido de que, si hablábamos, podrías advertir su presencia a través del tono de mi voz.

Puede parecer una estupidez, pero era mi manera de sentirte cerca pese a lo lejos que estabas.

—Ha estado bien —comentó Marcos. Su voz era una mosca en verano. Molesta hasta el punto de querer matarla de un manotazo.

—Supongo —respondí a la vez que le daba otra calada al cigarrillo.

—¿Quieres comer? Podemos pedir del servicio de habitaciones.

Lo que quería era que se callara de una puta vez.

Sentí a Marcos moverse sobre el colchón. Segundos después, depositó algo sobre mi torso, seguramente el menú. Me lo sacudí como un perro se sacude el exceso de agua del pelo.

Sé lo que estarás pensando. ¿Por qué, pese al rechazo que sentía, seguía allí? ¿Por qué no recogía mis cosas y me iba?

Déjame decirte algo: a veces, cuando la soledad implica enfrentarse a lo que uno no quiere, estar acompañado, de quien sea, aunque ese alguien te repugne, es preferible a estar solo.

—Bueno —Marcos continuó ajeno a mi desdicha—, yo sí tengo hambre.

Lo escuché incorporarse y marcar un número en el teléfono de la mesilla de noche. Acto seguido:

—Hola. Con el servicio de habitaciones, por favor. —Una pausa—. Sí, quiero una hamburguesa con queso y bacon y unas alitas de pollo. Picantes. Espera. ¿La hamburguesa viene con patatas fritas? Bueno, por si acaso una ración extra de patatas fritas. Habitación 1221. Gracias.

Y colgó.

—Dicen que tardan unos diez minutos.

—Vale.

—Voy a ducharme.

—Vale.

—¿Quieres venir?

—No.

Marcos soltó un suspiro largo, y tras murmurar algo que no entendí ni me importaba, se metió en el baño. Solo cuando escuché el ruido del agua, me descubrí los ojos y me atreví a enfrentarme a lo que me rodeaba, a lo que había hecho.

No había forma de maquillarlo: me había convertido en la puta de Marcos.

Señores y señoras, después de todo, los rumores eran ciertos.

Connor Hannaway se acostaba con cualquiera si se lo pedían de la forma indicada.

Solo hacía falta un mensaje, una amenaza, un incentivo, e iba corriendo ( pedaleando porque, joder, ahora encima tenía que moverme en bicicleta) al encuentro de quien fuera. En este caso:

El mensaje: ¿Dónde estás? , y 28 E 75th St. Habitación 1221 , y ok .

La amenaza: el pánico a punto de explotar en mi pecho.

El incentivo: tu ausencia.

En resumen, un cóctel molotov de motivos y razones que me había llevado a plantarme en aquel hotel y buscar en otra persona lo que nunca más encontraría en ti.

Lo peor era la sensación de vacío que me había invadido nada más zafarme del cuerpo de Marcos.

Ni tristeza, ni rabia, ni euforia, ni calma.

Solo una ausencia honda y abismal, como la zona hadal del océano, la más profunda y gélida de todas.

Sí, aunque pienses que no, te escucho cuando sueltas tus datos innecesariamente específicos.

Toc toc .

Alguien acababa de llamar a la puerta.

—¡Voy! —exclamó Marcos desde el baño.

¿Diez minutos? ¿Ya?

Qué rápido pasaba el tiempo cuando se estaba en un estado de alerta perpetuo y neurótico.

Vi a Marcos deslizarse por la habitación con una toalla enroscada alrededor de la cintura.

Eficiente, metódico, abrió la puerta y recogió la bandeja de acero que le tendieron.

Si hubiera sabido leer la situación, se habría sentado a la mesa de centro que había en un rincón de la habitación, junto a los ventanales que daban a la calle, lejos de mí.

Pero esa era la cuestión, Marcos nunca había destacado por su inteligencia ni perspicacia, así que fue directo a la cama y, después de colocar la bandeja justo en el centro, se sentó de piernas cruzadas.

—Me encanta este plan —dijo. Agarró un puñado de patatas fritas y se las llevó a la boca.

Lo observé entre confuso y ofendido porque ¿plan?, ¿qué plan? Estuve a punto de preguntárselo, pero Marcos volvió a hablar, esta vez con la hamburguesa entre las manos, las diferentes salsas chorreándole por las muñecas.

—He probado todas las hamburguesas de nuestros hoteles. —Cuando masticó, lo hizo con la boca abierta—. Esta es la mejor.

—¿Este hotel es tuyo?

—Ajá. —Otro mordisco—. Pensaba que lo sabías.

—No.

Fue breve, pero cuando Marcos me miró, pude advertir un deje de dolor en sus ojos. Como si mi comentario, que no tuviera ningún interés ni por él ni por su mundo, le hubiera afectado.

Entonces, lo entendí.

Su actitud, sus comentarios, sus preguntas.

Como de costumbre, habías tenido razón.

Me incorporé en la cama, apoyándome en el cabezal de madera. El edredón se deslizó por mi torso hasta la cintura. Le di otra calada al cigarrillo, pero ni la nicotina logró frenar la angustia que, veloz, estaba ganando cada centímetro de mi cuerpo.

—Lo que dijiste en Bethesda Terrace… Cuando me amenazaste. No iba en serio, ¿no? Solo querías que esto —nos señalé a ambos— sucediera.

Marcos, que había estado a punto de darle otro mordisco a la hamburguesa, se detuvo en seco. Una gota de salsa, densa y grasienta, se desprendió de su mano y cayó sobre las sábanas blancas. Si hubieras estado aquí, lo habrías mirado con un desagrado contenido.

—¿A qué te refieres?

—No te hagas el idiota —espeté con una agresividad que no iba conmigo pero que esos últimos días me estaba siendo imposible controlar.

—Yo… No… —balbuceó.

Y así acabé de confirmar lo que hacía unos segundos había sospechado.

El vacío dio paso a la rabia porque, una vez más, tú habías estado en lo cierto y yo me había equivocado. Me sentía un estúpido y un inocente, un niño al que todo el mundo le tomaba el pelo con una facilidad bochornosa.

Me desprendí del edredón y me levanté de la cama.

—¿Qué haces? —lo dijo con una vulnerabilidad tan sincera que por un instante estuve a punto de volver a su lado.

—Me voy.

Una a una, empecé a recopilar las prendas descartadas sobre el suelo. Quería vestirme, largarme de esa habitación cuanto antes y caminar en cualquier dirección que me alejara del hotel y de Marcos.

—Connor, espera.

Marcos se levantó y cruzó la habitación en un par de zancadas.

—Hannaway. —Mi apellido, más desesperado.

Me agarró de las muñecas para impedir que me siguiera abotonando la camisa. Traté de zafarme de él, pero mi fuerza, contra la suya, era nula.

—Por favor, deja que te lo explique.

Fue porque, aunque sutilmente, me vi reflejado en su pánico. Por eso, dije:

—Un minuto. Eso es todo lo que tienes antes de que acabe de recoger mis cosas y salga por esa puerta. —Por si quedaba alguna duda, la señalé.

Marcos se pasó las manos por el pelo mientras murmuraba que vale, vale, un minuto, joder, vale.

—Es que… —empezó—. Para mí no es como para ti, ¿entiendes? No es tan fácil. Mis padres… No lo entenderían. Mis amigos tampoco. Pero contigo… Puedo ser yo.

—No me conoces de nada, Marcos.

—Vamos a clase juntos. —Como si aquello lo explicara y justificara todo.

—¿Y? —Abrí mucho los ojos porque qué coño, debía de estar bromeando. Al ver que no reaccionaba, añadí—: ¿Cuántas veces te has acercado a saludarme? ¿O te has sentado a comer a mi lado?

Silencio.

No podía responder porque, por una vez, quien tenía razón era yo. Nuestra interacción más interesante había sido en el coche, la noche del accidente, y ambos habíamos estado borrachos como cubas.

—No es mi puta culpa que no tengas los huevos para enfrentarte a quién eres. —Las palabras salieron de mi boca afiladas y envenenadas.

Cansado (de aquel hotel, de Marcos, de mi vida, de mí mismo), terminé de vestirme.

—¿A dónde vas?

—No lo sé. —Porque era la verdad, no tenía ni idea.

Agarré la cartera, las llaves y el móvil de la mesilla de noche y los repartí entre los bolsillos de la gabardina. Comprobé la hora rápido en el reloj. Las cinco de la tarde. Fuera, ya había oscurecido.

Me retoqué el pelo frente al mosaico de espejos junto a la cama y me dispuse a salir de allí de una vez por todas.

La voz de Marcos me detuvo cuando tenía la mano sobre el pomo de la puerta.

—Te vas con él, ¿no?

No hacía falta que dijera su nombre para saber a quién estaba haciendo referencia.

—Es mi mejor amigo —respondí.

Hasta ese momento no me había planteado la posibilidad de ir a verte. ¿Quería? Por mucho que te reprochara tu distanciamiento y me confundiera tu actitud, sí, siempre. Pero… Si iba a tu casa, ¿me abrirías la puerta? Eso, y me dolía admitirlo, no lo sabía.

Marcos dejó escapar una risa carente de emoción.

—Quizá yo no tengo los huevos para enfrentarme a quién soy, pero tú no los tienes para decirle a un tipo del que llevas colgado toda tu vida que estás enamorado de él.

Y de pronto, nuestra rutina (competición, desayuno, librería), rota por mi arrebato:

« Creoquetequiero».

«De ahora en adelante, no se te ocurra volver a besarme».

Tus ojos rebosantes de placer al sentir mi boca en ti y cómo después te habías arrepentido y huido sin permitirme ni deleitarme en la idea de haberte tenido.

Ahora el que se rio fui yo. Si supiera que, de los dos, tú eras el cobarde… El que, por miedo a arriesgarse y perder, prefería hacerse el ciego y sufrir en silencio…

Pero no lo sabía. Ni Marcos ni nadie. Por ti, me había guardado aquellos momentos en la parte más recóndita de mi corazón.

—No tienes ni puta idea de nada —solté, y abrí la puerta de la habitación.

—¿Ah, no?

—No. Así que cállate y no vuelvas a escribirme.

Cerré de un portazo.

Recorrí el pasillo.

Bajé hasta la recepción.

Salí a la calle.

Fui a buscar la bici y le quité el candado.

Empecé a pedalear.

Primero sin rumbo, luego con determinación.

Mis pies me llevaban solos. Se conocían el camino de memoria; lo habían recorrido innumerables veces a lo largo de los años.

¿Quería? Sí, siempre.

¿Me abrirías la puerta? Solo había una forma de saberlo.