CUERPO
CUERPO
Silencio.
En otras palabras: la ausencia de ti.
El tiempo transcurría, incontrolable, y con cada día que pasaba, estaba más convencido de que te habías marchado para no volver.
Me asustaba: la idea de vivir en un mundo en el que no existía un nosotros; en el que nuestros caminos no volvían a cruzarse porque simplemente no había ninguna necesidad para ello.
Recuerdo que, tras mi catastrófica declaración en la librería, me arrastré hasta un taxi y volví a casa.
Al cruzar la entrada, Sarah, que estaba en el salón cuchicheando con una amiga, me saludó con un Connieee que me reventó los tímpanos y solo consiguió que, olvidándome de mis modales, me encerrara en la habitación sin decir nada.
Y así, de forma paulatina, me engulló una sensación de soledad que jamás había sentido. Porque una cosa era la soledad antes de ti y otra muy diferente la soledad después de ti.
Por primera vez desde que te conocía, estaba experimentando lo que era no tenerte.
Mi más sincera conclusión:
No estaba acostumbrado.
No lo soportaba.
No lo quería.
Pese a ello, me negaba a culparme por lo que había pasado. Podía cometer muchos errores, pero expresar lo que sentía no era uno de ellos. Callarme y cargar con el peso de mis afectos nunca había sido una opción.
La posibilidad de que me rechazaras siempre había estado allí. En ese sentido, me había comportado como un soldado que salía a combatir sabiendo que, muy probablemente, no volvería a casa.
Era domingo.
El sol se colaba por los ventanales de mi habitación e iluminaba la cama, sobre la que estaba estirado en diagonal. Quizá, si no me movía, los cálidos rayos conseguirían derretir un poco el frío que me había helado por dentro.
No sabía qué hora era, solo que había conseguido dormirme en algún minuto entre las tres y las cuatro de la mañana. Sospecho que mi cabeza había terminado agotada de darles vueltas y más vueltas a los mismos pensamientos.
Mi plan para el día: esperar a que me escribieras o llamaras.
Patético, lo sé. No debería permitir que mi relación contigo me afectara hasta el punto de convertirme en un andrajo de persona, incapaz de las funciones más básicas y humanas.
Si me hubieras visto, te habrías enfadado.
Allí, tirado en la cama de cualquier forma, con la ropa del día anterior puesta, el pelo enredado, rodeado del desorden que llevaba acumulando desde hacía días.
Pero esa era la cuestión.
No estabas.
Alguien llamó a la puerta.
—¿Señorito Connor?
Era Rosita que, seguramente enviada por mi madre, había subido a comprobar que no me hubiera muerto.
Lancé un gruñido para indicarle que estaba bien, pero la mujer se lo tomó como lo contrario y entró en mi habitación sin pedir perdón ni permiso.
—¿Señorito Connor? —repitió, buscándome por la estancia.
Cuando me encontró entre las sábanas, dejó en el suelo el cesto de mimbre con ropa sucia que cargaba y se acercó.
—¿Se encuentra bien? —preguntó mientras me colocaba una mano sobre la frente para comprobar si tenía fiebre—. Está fresco.
La mujer, que no debía medir más de un metro sesenta, se inclinó para observarme de cerca. Su trenza, negra e infinita, resbaló por uno de sus hombros y empezó a balancearse de izquierda a derecha, como un péndulo.
—¿Le duele algo? —Y tras unos segundos en los que me pareció que estaba viendo a través de mi alma—: No… Lo que le sucede no es algo del cuerpo, sino del alma.
Se incorporó de golpe, agarró el cesto de mimbre, y volvió junto a la puerta.
—Espere aquí.
Dicho lo cual, desapareció por el pasillo.
Regresó poco después, con una bandeja de madera entre las manos cargada con el desayuno. Tras depositarla a mi lado, sobre la cama, se sentó en un extremo del colchón con las manos cruzadas sobre el regazo.
—Beba su café. Le sentará bien —dijo con la misma paciencia con la que me hablaba cuando era un niño y me ponía a berrear porque no quería ir al colegio.
Conociendo la voluntad de hierro de la mujer, opté por hacerle caso y darle un sorbo al americano. El líquido, caliente y amargo, resbaló por mi garganta, descongelándome un poco más.
—Muy bien —me felicitó, satisfecha porque había conseguido que ingiriera algún alimento—. Ahora cuénteme. ¿Qué ha pasado con el señorito Charles?
La arepa se me escapó de entre las manos y cayó sobre el plato.
Rosita seguía observándome como si no acabara de soltar una bomba sobre mi cabeza.
—Cómo… —empecé.
—Le conozco desde que tiene cuatro años. ¿En serio cree que no me doy cuenta de lo que sucede en su vida?
Pensé que mis padres me conocían desde que había nacido y no se enteraban de nada de lo que sucedía en mi vida. De hecho, les importaba tan poco que, en lugar de venir a comprobar si estaba bien por sus propios ojos, Sarah había enviado a Rosita.
—Hable. Le irá bien —me animó con un gesto de la mano—. Ya sabe que nada de lo que diga saldrá de aquí.
De pronto, volvía a tener nueve años. Rosita me había venido a buscar al colegio y regresábamos a casa.
Me había preguntado sobre mi día y yo le había explicado, sin mucha emoción, que en el recreo había jugado a saltar a la cuerda y que unos niños se habían reído de mí porque eso eran cosas de chicas.
Ya de niño, me había importado más bien poco lo que pensaran de mí.
Sin embargo, situaciones como aquella me dejaban con una tristeza difícil de sacudir.
Rosita se había agachado hasta quedar a mi altura y, con una voz firme que no casaba nada con su habitual afabilidad, me había dicho: señorito Connor, que nunca nadie le haga sentir mal por quien es.
Defienda quién es con garras y nunca pida perdón por ello.
Ese era, quizás, el mejor consejo que nadie me había dado.
Ahora, en mi habitación, Rosita me miraba con la misma determinación. Y pese a que no estaba preparado para explicar con detalle lo que había sucedido, sí pude confesar que algo había cambiado entre los dos.
—Ayer hice algo y… —susurré—. No me habla. Yo… Nunca habíamos dejado de hablarnos ni nos habíamos enfadado.
Me encogí de hombros, tratando de restarle importancia a la angustia que me estaba comiendo por dentro.
Rosita descruzó las manos y las posó sobre una de mis largas piernas.
—¿Ha actuado usted de corazón? —me preguntó.
—Sí.
—Ajá, pues no tiene que preocuparse por nada.
—No lo entiendes. —Le di un mordisco a la arepa y la dejé sobre el plato otra vez—. Aunque no haya hecho nada malo en sí, he destrozado nuestra amistad.
Pero Rosita negó con efusividad.
—Dígame, ¿cree que el señorito Charles es tonto?
—¿Cómo? No claro que no.
—Entonces, si usted ha actuado de corazón y el señorito Charles no es tonto… ¿de verdad cree que le dejaría escapar con todo lo que significa para él?
—Pero…
—Dele tiempo. —Como para reafirmar lo que acababa de decir, me estrechó la pierna—. A veces, lo único que una persona necesita es tiempo.
Rosita se levantó y, tras recoger la ropa que tenía tirada sobre la silla y el escritorio, se dirigió a la puerta.
—Y mientras tanto, nada de arrastrarse por la vida como un gusano —declaró, la firmeza de vuelta en su voz.
—Yo no… —traté de defenderme, pero Rosita me conocía demasiado como para creerse mis mentiras.
—Espabile, señorito Connor, que la vida son dos días y no vale la pena pasar uno de ellos lamentándose por lo que no fue o uno cree que no será. Que la espera lo sorprenda viviendo, no sufriendo.
A falta de palabras, porque me había quedado sin, asentí y murmuré que vale, lo intentaría. Y aunque mi voz flaqueara, realmente quería: intentarlo.
Antes de marcharse, la mujer añadió:
—Ah, y señorito Connor, por muy solitaria que pueda ser esta casa… no está solo. Ya sabe dónde encontrarme si me necesita.
Rosita desapareció por el pasillo y yo me quedé allí, encogido sobre mí mismo porque sentía como si alguien me estuviera estrujando el corazón.
Volvía a ser un niño perdido en los pasillos de su propia casa, esperando escondido debajo de la cama a que George y Sarah lo echaran en falta y fueran en su búsqueda.
Pero nunca nadie lo echó en falta.
Y nunca nadie fue a buscarlo.
Hasta que apareció otro niño. De su misma edad, solo que con el pelo castaño rizado, unas gafas redondas enormes y un libro siempre bajo el brazo.
Porque cuando digo que existe la soledad antes y después de ti es por algo.
Esa mañana, en mi habitación, fuimos cuatro.
Yo.
El silencio.
Tu ausencia.
Pero también, en una esquina, asomando la cabeza porque querían, aunque todavía no se lo creían, las ganas de que la espera me sorprendiera viviendo y no sufriendo.