Todos nuestros silencios FRACTURA #2
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FRACTURA #2

Sarah me estaba mirando con sus ojos de cervatillo apaleado.

Apoyó una mano sobre mi pierna y le dio un apretón.

Estaba seguro de que quería reconfortarme, pero aquel gesto solo me irritó más.

Al igual que el rasgueo del bolígrafo de Grace Jeong contra la libreta, las conversaciones cruzadas del resto de comensales, mi padre pidiendo otra botella de vino como si aquello fuera una comida cualquiera y el camarero asintiendo diligentemente (¿seguimos con el blanco o pasamos al tinto?).

Mis sentidos se habían agudizado hasta el punto de que podía percibir cada sonido y movimiento. Y. Todo. Me. Molestaba.

Lo único que podría haberme calmado eras tú. Pero tú no estabas. No sabía dónde te habías metido, ni qué estabas haciendo, ni con quién.

En todos los años que llevábamos conociéndonos, habíamos estado así, sin hablarnos ni saber el uno del otro, solo un par de veces.

Fue cuando te besé en medio del Barnes George, una advertencia sutil, de esas que solo entiendes si llevas viviendo con una misma persona durante años.

Tres, y estaba dejando atrás el Gattopardo.

Cuatro, y tenía el móvil en la mano, escribiendo un mensaje. Pero no a quien de verdad quería.

Yo: Voy para allá.

Marcos: Hemos quedado a las 6.

Marcos: (…)

Marcos: Es muy pronto.

Yo: Llego en 20 minutos. Lo tomas o lo dejas. Tú decides.

Marcos: (…)

Marcos : Ok.

Fue la mención de tu nombre.

Fue la idea de tú y yo en Columbia, como tantas veces habíamos imaginado.

Fue el buzón de entrada vacío de tus mensajes.

Fue tu culpa.

Eso es lo que me repetiría una y otra vez, en bucle, hasta volver a verte.