Todos nuestros silencios FRACTURA
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Se habían empeñado en posponer la comida al día siguiente.

George me lo había soltado al llegar a casa: «mañana a la misma hora, y esta vez más te vale aparecer».

Después se había marchado pese a que Sarah le había ofrecido quedarse a tomar otro café.

Muchas veces me pregunto si mi madre le insistía en que pasara tiempo con ella porque realmente echaba de menos su compañía o porque se sentía terriblemente sola.

La diferencia entre George y Sarah es que, pese a que el divorcio fue consensuado y algo ansiado por los dos, él había rehecho su vida sin problemas mientras ella se había quedado estancada en una burbuja de eventos superficiales, amistades vacías y días insípidos.

Es triste, pero cuando pensaba en mi madre, solo podía imaginarla en la chaise longue del comedor, junto al ventanal que daba a Park Avenue, lanzándole órdenes sin sentido a Rosita, suspirando por cualquier tontería, o quejándose porque tal amiga le había cancelado un brunch en el Café Sabarsky a última hora.

Aunque siendo sincero, no tenía ningún derecho a juzgarla.

Al fin y al cabo, ¿en qué me diferenciaba yo de ella?

No tenía aspiraciones ni sueños más allá de estar contigo.

El resto lo improvisaba con vagancia, que era lo mismo que decir que yo también me pasaba las horas en una especie de chaise longue infinita.

La cuestión es que estaba convencido de que, para Sarah, la pesadilla que estaba viviendo era un sueño hecho realidad; la manera ideal para romper su burbuja engastada en diamantes.

Quizá te hará gracia saber que todo esto lo reflexionaba montado en una bicicleta que había alquilado en uno de esos sitios turísticos de Central Park, luchando por no caerme o chocarme porque probablemente aquella era la primera vez que pedaleaba desde que era un niño.

Dado que el coche ( ataque-de-pánico ) y cualquier tipo de transporte público (en la ciudad no, gracias) estaban descartados, aquella era la única opción que me quedaba si quería llegar a tiempo al Gattopardo.

Y por mucho que me jodiera, debía llegar a tiempo.

George y Sarah me estaban esperando en uno de los reservados, aunque no estaban solos tal y como me habían asegurado.

Sentada a la mesa del restaurante estaba Grace Jeong, la abogada que había presenciado mi declaración.

Iba vestida con una americana color marengo y una falda a juego.

En una mano sostenía un bolígrafo Montblanc y en la otra una libreta pequeña llena de anotaciones.

Grace Jeong estaba allí por trabajo, lo que significaba que aquella comida era una encerrona orquestada por mis padres para obligarme a enfrentar la realidad que tanto quería eludir.

—Connie. —Al verme, Sarah se levantó y me pellizcó la mejilla. Tuve que contener el impulso de darme la vuelta y salir de allí corriendo—. Te estábamos esperando.

—Connor. —Con un gesto de la mano, George me indicó que tomara asiento—. Ya conoces a Grace. Su despacho nos está asistiendo en tu caso.

Solté un qué hay desabrido y, resignándome ante lo que estaba por venir, me senté en la silla que quedaba libre, entre mi madre y Grace. Cuando el camarero de turno se acercó para tomar nota de las bebidas y aperitivos pedí agua y nada más.

—¿Estás seguro, Connie?

—Sí.

—¿No quieres una copita de algo?

—No.

Un silencio incómodo.

Sarah lo rompió preguntándole a Grace por alguna idiotez que ni vale la pena que ponga por escrito pero que agradecí porque cualquier cosa era mejor que hablar sobre el accidente.

Mi suerte terminó en cuanto trajeron las bebidas y una fuente de antipasto como para ocho personas. Al ver que no hacía ningún amago por comer, mi madre agarró mi plato y, con una decisión de la que carecía para gestionar su día a día, me sirvió un poco de todo.

—Connor, hemos organizado esta comida porque creemos que es importante que estés al tanto de los avances de Greenberg & Hughes —dijo George, y después se llevó una loncha de prosciutto a la boca.

Al ver mi expresión confusa (¿Greenwich y qué?) mi padre dejó escapar un suspiro cansado y aclaró que era el despacho que se estaba encargando del accidente, en el que me habían tomado declaración y ¿es que no ves que esto es importante?

. Yo me encogí de hombros, un gesto que seguro lo exasperó todavía más.

Sí, lo sé, debería haber conocido el nombre del despacho que me estaba representando, pero como te habrás cansado de escucharme decir, me interesa lo que me interesa y lo que no, no podría interesarme menos.

Así que supongo que, en esto, George tenía razón.

—Grace es una de sus socias directoras —siguió—. Ella no está trabajando en el caso per se , pero nos está haciendo el favor de supervisarlo pese a no ser su área de especialidad.

La abogada murmuró que no era nada, que tratándose de los Hannaway lo que hiciera falta, y le dio un trago a su copa de vino blanco.

Años después descubrí que aquel favor se había traducido en la entrada de los Jeong en el patronato de la Facultad de Derecho de Cornell.

Eso permitió vincular a Greenberg & Hughes con la prestigiosa institución todavía más, lo que a su vez aumentó las posibilidades de que el apellido Jeong acabara formando parte del nombre del despacho.

Ya lo sabes, querido Charles, en esta vida nada es porque sí ni gratis y, cuánto más dinero tienes, más alto es el precio a pagar.

—Connor. —De una forma sutil pero a la vez firme que parecía decir lo que voy a comentarte no te va a gustar, pero no te preocupes, estoy aquí para ayudarte , Grace inclinó su cuerpo hacia mí—. Creo que no hace falta que incida en la gravedad de la situación y lo importante que es que colabores.

Allí estaba otra vez, el hormigueo en los dedos, el corazón en la garganta. Abrí mucho las manos, buscando que la tensión aliviara la sensación, y respiré profundamente.

—Nosotros podemos hacer todo lo posible por controlar lo que sucedió, pero no borrarlo. Los hechos son los que son. Hay factores que se nos escapan.

Grace empezó a hablarme del cuerpo de policía que había analizado la escena del accidente, de los resultados de las pruebas médicas del hospital que mostraban mis niveles de alcohol en sangre, de los invitados aún no identificados que podrían declarar en mi contra sin que pudiéramos evitarlo, de los paramédicos que me habían sacado del coche y podían haber percibido mi estado de ebriedad.

La oí, porque la tenía al lado, pero no la escuché, o al menos no del todo.

—Lo más probable es que, de interponerse una denuncia formal, se te acuse de homicidio vehicular en segundo grado.

Sarah se removió en su silla, el único indicio que me demostraba que estaba allí, en el restaurante, y no en otro lugar, no sé cuál, pero lejos de Nueva York y de toda aquella mierda.

—En circunstancias normales, te estarías enfrentando a una pena de siete años o más de cárcel. —Grace hizo una pausa, en la que se cortó un pedazo de focaccia con aceitunas y romero—. Gracias a Dios, tus circunstancias no son normales.

—Eres un Hannaway. —Su padre repitió lo que ya le había dicho en la opresiva sala del despacho—. No vas a pasar ni un día en la cárcel.

—Exacto, en ese sentido puedes estar tranquilo —sentenció Grace.

Fue solo una carcajada seca, pero se me escapó.

—Entiendo que es una situación difícil de digerir, pero…

Agarré el tenedor y lo deslicé por el plato, tratando de focalizarme en la comida que todavía no había tocado y reprimir el pánico que, una vez más, me estaba subiendo por la garganta.

—¿Usted cree? —mascullé entre dientes.

—Connor. —El que lanzó la advertencia fue mi padre.

La ignoré por completo.

—Dígame, letrada , ¿qué cree que resulta más difícil de digerir: saber que he matado a una persona o que mi apellido me va a salvar de una condena segura?

Por fortuna, el camarero que nos estaba atendiendo apareció con una bandeja de acero repleta de platos cargada al hombro. La depositó en una mesa auxiliar y, ajeno a nuestra conversación, empezó a servirnos los segundos que ni siquiera sabía que habíamos pedido.

—Es carbonara —me susurró mi madre al oído mientras el camarero depositaba la pasta frente a mí. ¿Es que acaso no había escuchado la parte de deberías acabar en la cárcel ?—. Tu preferida.

Honestamente, me entraron ganas de vomitar.

—Deja de ser tan intenso y dramático. La situación es la que es. Acéptala y sigamos adelante —resopló mi padre. E inmediatamente después, dirigiéndose a Grace—: Asumo que los Whitmore y De la Vega siguen conformes con lo que hemos ofrecido.

Estaba haciendo referencia a las familias de Ronald y Marcos.

—Sí —confirmó Grace—. Ahora mismo, es de los factores que tenemos más controlados… Siempre y cuando sepan mantener a sus hijos a raya para que no cometan ninguna estupidez.

El móvil me vibró, anunciando un nuevo mensaje.

Desesperado por comprobar si me acababas de escribir, lo saqué del bolsillo de mi pantalón y revisé la bandeja de entrada.

Pero no eras tú. Era Marcos que, como invocado por la mención de su familia, había decidido enviarme un hola extraño y escueto. Lo que me faltaba.

Podría haberlo dejado sin contestar. Sin embargo, la rabia que me producía que siguieras sin hablarme, sumada a lo ahogado que me sentía en aquella mesa, me impulsaron a responder con otro hola todavía más extraño.

Pocos segundos después, el móvil volvió a vibrar.

Marcos: ¿Dónde estás?

Yo: Comiendo.

Marcos: ¿Dónde?

Yo: Qué más te da.

Marcos: Ya.

Marcos : 28 E 75th St. Habitación 1221.

Yo: ¿Qué es esto?

Marcos: ¿Tú qué crees? Te espero a las 6.

Joder.

—¿Qué dices, Connie?