Todos nuestros silencios CUERPO
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CUERPO

CUERPO

Lo que me gustaría que hubiera pasado

Lo que pasó

—Creoquetequiero.

—¿Qué?

No sé si no me habías entendido o no habías querido entenderme. En cualquier caso, tomé aire y volví a soltarlo, solo por si acaso: creoquetequiero.

Crucé las manos por delante de mi torso y agonicé como un bicho recién pisado, esperando a que dijeras algo. No me atrevía a mirarte. Tenía miedo de lo que pudiera encontrar en tu rostro.

Ibas a rechazarme. Lo sentía en los huesos. Ibas a rechazarme y pedirme que no volviera a repetir aquello, que no me cargara nuestra amistad.

—Creoquetequiero.

—¿Qué?

Me habías entendido pero no querías entenderme. Igualmente, tomé aire y volví a soltarlo, solo para asegurarme de que te quedaba claro: creoquetequiero.

Crucé las manos por delante de mi torso y agonicé como un bicho recién pisado, esperando a que dijeras algo pese a saber que no ibas a hacerlo. No me atrevía a mirarte. Tenía miedo de lo que iba a encontrar en tu rostro.

Estabas a punto de rechazarme. Lo sentía en los huesos. Estabas a punto de rechazarme y espetarme que no volviera a repetir aquello, que no jodiera nuestra amistad.

Primero, tu mano sobre mi brazo. Después, tu voz:

—Estoy aquí.

No contesté. Tampoco me moví. Estaba paralizado por el pánico a perderte.

Primero, el calor de tu cuerpo, más cerca. Después, el diminutivo:

—Con.

Te miré.

Sonreías y, aunque no fuera mucho, lo hacías con calidez.

Aquel gesto, tan sutil pero sincero, fue lo que necesité para dejar de esconderme.

—Te quiero —repetí, esta vez más alto, más seguro—. Sin el creo. Y no como un amigo. O sea, sí, pero también no.

Enfaticé mis palabras cuadrándome de hombros, como si mi postura pudiera ayudar a que entendieras lo que quería decirte.

—¿Sí pero también no? —Tus ojos chispearon, divertidos.

No sé si tu pregunta era un reto, pero yo ya me había cansado de vivir sin apostar.

Primero, tus pasos arrastrándose para retroceder. Después, tu voz:

—Para.

No contesté. Tampoco me moví. Estaba paralizado porque sabía que iba a perderte.

Primero, la frialdad de tu cuerpo, más lejos. Después, mi nombre:

—Connor.

Te miré.

Tu boca era una fina línea tensa.

Aquel gesto, tan sutil pero claro, fue lo que necesité para confirmar mis miedos. Algo en mí se quebró. Decidí que, puestos a doler, mejor arrancarme el corazón de cuajo.

—Te quiero —repetí, esta vez más alto, más desesperado—. Sin el creo. Y no como un amigo. O sea, sí, pero también no.

Enfaticé mis palabras cuadrándome de hombros, como si mi postura pudiera protegerme ante el batacazo que estaba a punto de recibir.

—¿Sí pero también no? —Tus ojos relampaguearon, alterados.

No sé si tu pregunta era una advertencia, pero yo ya me había cansado de vivir coaccionado por el temor de tu rechazo y la amenaza de tu ausencia.

—Exacto. —Solté todo el aire de golpe—. Y ya sé que probablemente tú no sientas lo mismo pero tenía que decírtelo. Llevo con esta sensación en el pecho —me agarré la camiseta a la altura del corazón y tiré de ella con fuerza— desde hace mucho tiempo y…

—Vale. Yo igual.

— … y no me gusta. No me gusta guardarme lo que siento. Y quizás estoy siendo egoísta, pero no puedo vivir así más y… Espera. ¿Qué has dicho?

Juntaste mucho los labios, tratando de reprimir la risa.

—Que vale. Yo igual.

—¿Tú igual, qué?

—Te quiero. Sin el creo. Como un amigo y también no.

Mi mundo se detuvo. Por todas las buenas razones. Sacudí las manos que, sin darme cuenta, se me habían entumecido.

—Eh… —empecé. Había estado tan preparado para que me rechazaras que no sabía cómo reaccionar a lo contrario—. No sé qué decir.

—No hace falta que digas nada.

—Exacto. —Solté todo el aire de golpe—. Y ya sé que tú no sientes lo mismo pero tenía que decírtelo. Llevo con esta sensación en el pecho —me agarré la camiseta a la altura del corazón y tiré de ella con fuerza— desde hace tiempo y…

—Calla.

— … y lo detesto. Detesto guardarme lo que siento. Y quizás estoy siendo egoísta, pero ya no puedo vivir así y aunque no quieras, tienes que escucharlo…

Juntaste todavía más los labios, como si así pudieras contener las barbaridades que, seguro, querías gritarme.

—Connor, por favor.

—¿Por favor, qué?

—No sigas. No hables más. Somos amigos y eso es todo.

Mi mundo se detuvo. Por todas las malas razones. Sacudí las manos que, sin darme cuenta, se me habían entumecido.

Tiraste de mí, un movimiento determinado que claramente quería decir acércate. Y eso hice: me acerqué. Hasta que entre nosotros casi no quedó espacio. Solo un silencio. Tranquilo, sencillo, irremplazable. Triple. Infinito.

Aquello no estaba pasando.

Aquello estaba pasando.

Alzaste el rostro hacia mí y, cuando buscaste mis labios con tu mirada como queriendo decir que por favor, hazlo, ya no pude resistirlo más.

Te besé.

Fue un beso lento, dulce. Bajo mis labios, los tuyos se abrieron dócilmente, permitiéndome sentirte y saborearte de una forma hasta entonces inconcebible.

Tus manos volvieron a tirar de mí, ansiosas por acercarnos todavía más y más aunque entre ambos ya no existiera ni un milímetro de espacio.

Mi cabeza iba a mil por hora, intentando asimilar lo que jamás pensé que pasaría pero estaba pasando.

—No… —empecé. Había estado preparado para que me rechazaras pero tus palabras me quemaron igualmente. Sí, me quemaron. Pero también me enrabiaron—. Qué fácil te resulta mentir.

—No estoy mintiendo.

Me empujaste, un movimiento determinado que claramente quería decir aléjate. Hice lo contrario: me acerqué. Hasta que entre nosotros casi no quedó espacio. Solo un silencio. Tenso, rebuscado, mundano. Simple. Fungible.

Aquello no estaba pasando.

Aquello estaba pasando.

Alzaste el rostro hacia mí y, cuando clavaste tus ojos helados en los míos como queriendo decir que ni se te ocurra, ya no pude resistirlo más.

Te besé.

Fue un beso apresurado, agresivo. Bajo mis labios, los tuyos se cerraron con contundencia, negándome lo que sabía que era imposible pero aún así anhelaba.

Tus manos volvieron a empujarme, desesperadas por alejarme todavía más y más aunque ya estuviéramos a galaxias de distancia.

Mi cabeza era un huracán de terror. Terror a lo que siempre había temido que pasaría y estaba pasando.

Era un sábado de ritual —competición, desayuno, librería—, pero yo me había salido del guion porque ya no podía más y te había besado y tú me habías correspondido y todo en medio de tus libros preferidos, rodeados de gente que al mirarnos debería pensar qué bonito el amor qué bonito, sin entender que aquello, lo que estaba sucediendo entre nosotros, era muchísimo más que bonito y muchísimo más que amor.

Eran años de revolotear uno alrededor del otro, de jugar con posibilidades e hipótesis, de inseguridades porque y si no pero también esperanzas porque y si sí .

Eran dos vidas que se habían cruzado un fin de semana de verano y, desde entonces, no habían vuelto a separarse. Eran dos niños, dos adolescentes y dos adultos, todos a la vez, mezclados y revueltos.

Fue un beso amable, deseado. Un beso que, para mí, que llevaba soñando con aquel momento desde hacía mucho más de lo que me atreveré a admitir, terminó demasiado pronto.

Te separaste, permitiendo que el aire, el ambiente, el tiempo, volviera a fluir entre ambos.

Era un sábado de ritual —competición, desayuno, librería—, pero yo me había salido del guion porque ya no lo soportaba más y te había besado y tú me habías rechazado y todo en medio de tus libros preferidos, rodeados de gente que al mirarme debería pensar qué dolor el amor qué dolor, sin entender que aquello, lo que se estaba quebrando entre nosotros, dolía muchísimo más que un corazón roto o una decepción.

Eran años de navegar a la deriva, dos barcas perdidas en la inmensidad del océano, de barajar futuros y no encontrarnos en ninguno de ellos, de querer pensar que sí pero muy en el fondo saber que no .

Eran dos vidas que se habían cruzado un fin de semana de verano y, al parecer, habían seguido caminos separados.

Eran dos niños, dos adolescentes y dos adultos, todos a la vez, desorientados y perdidos.

Fue un beso rudo, detestado. Un beso que me retorció las entrañas y me produjo mariposas a la vez. Porque no lo quería así pero incluso no queriéndolo lo quería.

Me apartaste y, al hacerlo, el aire, el ambiente, el tiempo, se estancó entre los dos.

Antes de que las dudas pudieran florecer y envenenaran cada rincón y pensamiento, me tomaste de la mano y dijiste lo que nunca pensé que dirías:

—De ahora en adelante, no se te ocurra dejar de besarme.

Había roto el guion y, al romperlo, nos había redefinido.

Nosotros: pronombre para referirse a lo que fuimos, lo que somos, pero también lo que seremos, porque había llegado el momento de dejar de fingir que aquello, lo nuestro, no iba a ninguna parte.

Las dudas me atravesaron de arriba abajo, envenenando cada rincón y pensamiento. Te deshiciste de mi mano con un gesto seco y verbalizaste mi peor pesadilla:

—De ahora en adelante, no se te ocurra volver a besarme.

Había roto el guion y, al romperlo, también nos había roto a nosotros.

Nosotros: pronombre para referirse a lo que fuimos, lo que ya no somos, y lo que nunca seremos, porque había llegado el momento de aceptar que aquello, lo nuestro, no iba a ninguna parte.