FRACTURA
FRACTURA
Después de reflexionarlo mucho, he llegado a la conclusión de que en esta vida existen dos tipos de personas: las que desafían a la oscuridad y las que se rinden ante ella.
Tanto tú como yo sabemos que lo de vestir armadura y blandir una espada no va conmigo.
Prefiero el papel de príncipe vanidoso o mercader de renombre.
Por eso, cuando esa mañana volví a casa débil, ido y empapado en lágrimas, no se me ocurrió otra cosa que tirarme en la cama de la habitación de invitados (tu habitación) y hundirme en un pozo de miseria porque, ahora sí, había acabado de joderlo todo porque, ahora sí, quizás había tentado demasiado a la suerte y, al hacerlo, te había perdido.
Metido bajo el edredón que conservaba tu olor llegué a pensar que, si alguien bajara del cielo y me diera el poder para borrar el accidente en coche o esa última discusión contigo, escogería deshacer la escena del parque.
Lo haría sin pestañear y sin importar que sobre mí siguiera pesando la muerte de Vanessa.
Verás, querido Charles, mis sentimientos por ti llegaban hasta tal punto que muchas veces me preguntaba si, en lugar de amor, lo que sentía era una obsesión insana.
De hecho, ahora, escribiéndote esta carta, todavía me lo pregunto.
—¿Connie? —La voz de Sarah fue acompañada de un par de toques suaves en la puerta—. ¿Sigues allí?
Emití un sonido parecido al de un animal agonizante para decirle que sí y que por favor me dejara en paz.
—¿Connie? —Otra vez, solo que ahora la puerta se abrió un poco y por ella asomó la cabeza de mi madre—. Voy a salir. Tengo que ir a la peluquería y hacer un par de recados. Nos vemos para comer en el Gattopardo. Tu padre y yo tenemos que hablar contigo. No llegues tarde.
Nononono .
No quería tener que hablar con George y Sarah. No quería tener que mirarlos a la cara y odiarlos porque mientras ellos eran capaces de seguir con sus perfectas vidas la mía se despeñaba sin remedio.
Mi madre se despidió con un adiós cantarín y cerró la puerta de la habitación con cuidado de no hacer ruido, como si dentro hubiera un bebé al que no quisiera despertar de su siesta en lugar de un adulto que acababa de matar a una chica.
Se fue tal y como había llegado, ligera e imperturbable, y yo volví a quedarme tal y como me había encontrado: solo en el centro de tu inmensa cama, bien recargada de cojines porque así era como te gustaba dormir.
Me sentía como en un déjà vu infinito, pues todo lo que hice a continuación ya lo había hecho veinte veces: comprobar el buzón de mensajes y no encontrar ninguno que llevara tu nombre, hacer una lista mental de todos los motivos por los cuales no debería llamarte ni escribirte y recrearme en la desdicha de tu abandono.
Un, dos, tres, y al terminar, vuelta a empezar.
«Eres un crío», tus palabras resonaron en mi cabeza, contundentes.
«Sí, pero tú también», mi respuesta, un intento por abarcar todo lo que me hacías sentir con tu actitud.
Y lo que sentía era que dolía.
Dolía: tu desapego.
Dolía: que hace años hubieras tomado la decisión de separarnos y lo hubieras hecho de una forma tan egoísta y unilateral cuando, en realidad, aquello era cosa de dos y por mucho que te empeñaras en lo contrario nunca dejaría de serlo.
Dolían: tus palabras, y cómo te esmerabas en escogerlas y clavármelas con precisión porque sabías la importancia que les daba y el daño que me hacían.
Dolía: que me hubieras prometido que no te irías a ninguna parte, que me ayudarías a sobrellevar lo que viniera ¿y ahora qué? ¿Dónde estabas?
Dolía: tú, en general, todo.
Dolía tanto que, cuando la oscuridad me rodeó y susurró ven ven ven, no pude hacer otra cosa que irme con ella.
Porque ya te lo he dicho. Ya lo sabemos.
No soy de los que luchan. Soy de los que se rinden.
De los que agachan la cabeza porque hasta aquí hemos llegado y no puedo más y si tuviera una botella de alcohol (el que sea) no dudaría en bebérmela entera. ¿Lo entiendes? ¿Sí? Pues ya está.
Así, hueco y desprovisto de fuerzas para hacer otra cosa que mirar al techo, vi pasar una hora, quizá dos.
Con los ojos abiertos, porque si los cerraba volvía a estar en el coche, conduciendo con Vanessa berreando al lado, me planteé quedarme allí, tumbado, el resto de la mañana, del día, siempre.
Esperando. A que me escribieras (no ibas a escribir), a que mi realidad cambiara (no iba a cambiar), a que George y Sarah se olvidaran de mí y me dejaran solo con mis demonios (no iban a olvidarse de mí, pero les traían sin cuidado mis demonios), a dejar de ser yo (no iba a dejar de serlo).
Pero soy un cobarde. Lo sabemos de sobra.
Por eso, cuando George me llamó exigiendo saber dónde estaba —«llegas tarde»— me levanté a trompicones de tu cama, me vestí con lo primero que encontré y, después de lanzar al aire un me voy carente de ánimo para que Rosita no se infartara al no encontrarme en tu habitación, salí de casa y caminé hasta la esquina de Park Avenue con la 75. Allí, paré al primer taxi que vi pasar.
Me subí.
Me senté.
Y cuando abrí la boca para pedirle al conductor que me llevara al Gattopardo lo supe. Algo no iba bien.
Empezó como un leve cosquilleo en los dedos de las manos.
Pensando que se habían entumecido, los sacudí, primero con cuidado y después, al ver que la sensación no solo no remitía, sino que se expandía por las manos, las muñecas, los brazos, con más fuerza.
Desconcertado, me quité la chaqueta y me arremangué el jersey, seguro de que, si me concentraba lo suficiente, podría distinguir diminutas hormigas recorriéndome la piel.
Pero no podía concentrarme. Por algún motivo, la cabeza me pesaba y solo podía pensar que no quería estar allí y ¿por qué cada vez era más difícil respirar?
—¿Señor? —El taxista me miraba a través del espejo retrovisor—. ¿Dónde le llevo?
Sabía cuál era la respuesta, la tenía en la punta de la lengua, pero no podía hablar. Estaba paralizado por el pánico… el pánico… el pánico.
¿El pánico a qué?
La respuesta se me apareció en imágenes. Una detrás de otra, se fueron reproduciendo ante mí como fotogramas de una película de terror: la casa, la fiesta, el alcohol, la carretera, los gritos, la sangre, el silencio de después. Y allí, en medio de mi campo de visión, bien grande, el coche.
—¿Señor?
El coche, en el que había conducido pese a saber que no debería hacerlo.
El coche, que había destrozado contra el guardarraíl porque un ciervo se había cruzado por la carretera.
El coche, en el que había matado a Vanessa.
El coche, que olía igual que este, se sentía igual que este y tenía una tapicería parecida a la de este.
El coche, en el que estaba.
Abrí la puerta de golpe y me lancé a la calle.
No me importó caer de bruces contra la acera sucia de la avenida, tampoco que el taxista me gritara de forma desagradable que cerrara la puta puerta.
Necesitaba alejarme del coche y volver a meterme bajo el edredón de tu cama, entre tus cojines.
Pero no podía. Seguía bloqueado, hiperventilando.
Con el corazón desbocado, el pumpum pumpum martilleándome con fuerza en la sien, traté de ponerme en pie.
Un intento patético, porque volví a desmontarme como un juguete roto.
Sin embargo, antes de que mis rodillas impactaran otra vez contra el asfalto, unas manos fuertes me sujetaron de las axilas y me levantaron como si no pesara más que una pluma.
—No se preocupe, señor Hannaway, yo le ayudo. —Era Freddy, el portero de mi edificio, que debía de haberse acercado al verme derrumbarme desde el taxi—. Usted solo céntrese en escuchar mi voz.
Me aferré a esa orden con uñas y dientes, convencido de que, si no lo hacía, me daría un infarto o me ahogaría en mi propia respiración desbocada.
—¿Sabe qué he pensado al verlo con la mano alzada en medio de la calle? No hace falta que responda, solo escúcheme —se apresuró a añadir—. Este joven siempre parece preparado para comerse el mundo.
Quise decirle que no podía ir más desencaminado, que solo era un chico astillado que estaba pagando las consecuencias de jugar a creerse invencible.
Sin embargo, me centré en sus palabras y la forma en la que las arrastraba, en cómo su voz se rompía ligeramente al final de cada frase, en la calidez con la que hablaba…
—Y no lo digo por quiénes son sus padres o el edificio en el que vive —acompañó esto último de una carcajada afable—.
Es por su aura. Nueva York es una ciudad concurrida, las calles están abarrotadas a todas horas y todo el mundo va con prisas de un lado para otro.
Pero por alguna razón, cuando aparece en escena yo solo me fijo en usted.
De alguna forma, aquella voz me meció y acompañó hasta la portería de mi edificio. Allí, sentado en el sofá donde tantas veces habías esperado a que bajara (lo admito, soy un lento), logré escuchar la conversación que entabló con algún vecino.
—¿Es el hijo de los Hannaway?
—Sí.
—¿Está bien? ¿Qué le sucede?
—Un ataque de pánico.
Aquellas tres palabras, ataque de pánico , hicieron eco en mi mente. Las entendía, pero a la vez no.
Es curioso, cómo uno se autoconvence de que no le va a pasar nada malo. Piensas que eres a prueba de balas, que tienes una especie de muralla a tu alrededor y nada malo puede sucederte…
Hasta que te sucede.
Entonces comprendes que eres tan vulnerable como el resto. Que, después de todo, eres un ser humano más.
Supongo que esto, darnos cuenta de nuestra propia fragilidad, es algo que tenemos en común. Nos ha pasado a los dos. Yo caí tras el accidente y tú años después, con todo lo que sucedió en Cornell.
Aquel fue el primer ataque de pánico de los muchos que llegarían.
Con el tiempo, aprendí a anticiparme a ellos. Puedo decir que me he vuelto un experto en detectar sus señales. Es triste admitirlo, pero al menos así, cuando llegan, estoy más preparado.
Lo que nunca ha cambiado es la sensación de desamparo y el agotamiento mental que les precede. La gente dice que hacer deporte cansa, pero ¿sabes lo que cansa de verdad? La ansiedad.
Me quedé allí, en la portería de mi edificio, volviendo en mí poco a poco, incapaz de decidir qué hacer a continuación.
Mi móvil sonaba en el bolsillo del pantalón porque llegaba tarde a la comida, pero ¿cómo iba a descolgar y decirles a mis padres que no podía ir porque, de repente, era incapaz de subirme a un coche?
Me quedé allí. Esperando. A que aquella sensación de derrota desapareciera (no iba a desaparecer), a que el pánico me abandonara (nunca me abandonaría del todo), a que vinieras a rescatarme de mí mismo (no ibas a venir), a dejar de ser yo, porque por favor, no puedo más (no iba a dejar de serlo).
Fuera, Nueva York vibraba mientras yo me consumía.