CUERPO
CUERPO
Habías ganado la carrera. Ochocientos metros lisos. Otra medalla más que colgar en tu pared repleta de galardones. Llegados a este punto, los coleccionabas como un niño colecciona canicas.
—No vengas —me lo habías dicho aquella mañana, a una hora en la que debería estar prohibido llamar por teléfono.
—Hmm. —Mi forma más educada de contestarte que no empezaras con la misma mierda otra vez.
—En serio, no hace falta.
Siempre repetías lo mismo. Así que siempre te contestaba que vale, e iba a verte igualmente.
Para mí, aquel era otro de nuestros muchos rituales: competición, desayuno y librería.
Desglosado, como si se tratara de una de esas listas que tanto te gusta hacer:
Competición. Verte correr con un americano grande entre las manos y cuestionarme por qué alguien encontraría placer en una tortura como aquella. Todavía no he llegado a una respuesta.
Desayuno. Tú zampándote dos raciones de salmón ahumado (porque la proteína), tres rebanadas de pan (porque el carbohidrato) y unas tortitas con sirope (porque disfrutar) mientras me cuentas las sensaciones de la carrera y el dolor muscular y otras cosas de deportistas que no entiendo.
Librería. Contemplarte recorrer los pasillos de la tienda con determinación y hojear diferentes novelas y, después de una hora o más, cuando me preguntas cuál deberías comprar, decirte que no sé, llévate las dos.
Sí, esa era una de nuestras rutinas. Quizá, mi preferida.
Solo que ese día planeaba salirme del guion.
Sorprendentemente, lo que me consumía no eran mis sentimientos hacia ti, sino haber tardado tanto en darme cuenta de ellos.
Es como cuando alguien te muestra por primera vez algo impactante.
Saturno devorando a su hijo , de Francisco de Goya (ya conoces mi obsesión con el arte).
Fíjate bien en el detalle, en la imagen, en lo que significa.
Tú no lo habías visto antes, pero una vez que te lo enseñan no puedes olvidarlo por mucho que lo intentes.
No había pensado cómo decírtelo, pero tenía que hacerlo. Me conoces. Soy una persona que se mueve por impulsos y que prefiere dejarse llevar por la espontaneidad. Ese día cometí el error de pensar que mi naturaleza caótica iba a salvarme.
Esperé al paso tres de nuestra rutina: librería.
Te dejé entrar en el Barnes de actuar sin pensar en las consecuencias.
Porque te lo solté así, sin anestesia, a la vena, como si mi vida dependiera de ello o estuviera en una de tus carreras, torturándome por llegar a la meta sin entender por qué.
Pim.
Pam.
Pum.
—Creoquetequiero.