Todos nuestros silencios FRACTURA
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FRACTURA

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—¿Qué has hecho?

La pregunta llegó antes de lo que había esperado.

No respondí. Tampoco te miré. Todavía no sabía cómo hacer ninguna de las dos cosas.

—¿A qué juegas, Connor? —Otra pregunta, más rabia.

Recortaste la distancia que nos separaba en cuestión de segundos.

Tus pasos retumbaron por toda la arcada.

Aquella imagen, la de ti avanzando en mi dirección, tu cuerpo rígido pero determinado, me recordó a una película que había mirado, en la que un soldado avanzaba decidido por las trincheras aliadas pese a la destrucción que lo rodeaba.

Al igual que tú, tenía un objetivo y nadie, ni la guerra ni la muerte, iban a impedir que lo consiguiera.

Cuando me tuviste cerca, intentaste llamar mi atención repitiendo lo mismo, que a qué estaba jugando. Pero una vez más, te evité.

Y eso, mi pasividad ante una situación tan evidentemente preocupante, te hizo explotar.

Me agarraste de los brazos y me sacudiste. Yo era más alto, pero tú más fuerte.

—¡¿Qué coño has hecho?!

Con cada palabra que escupiste, tus dedos se hundieron más en mí.

Me hacías daño.

Te lo dije.

Te dio igual.

Intenté zafarme, pero tú me lo impediste. Te conocía y sabía que no ibas a soltarme hasta que hablara, así que hablé:

—¿Qué otra opción tenía? —mascullé.

—Decir que no.

—Claro —resoplé—. No sé si has escuchado la misma conversación que yo, pero Marcos ha amenazado con contárselo todo a la policía.

Abriste mucho los ojos. Mi tono, irónico, así como mis palabras, envenenadas, te habían tomado desprevenido.

Estabas demasiado acostumbrado a una versión de mí ligera y afable.

Estabas demasiado acostumbrado a que te diera la razón en todo y te siguiera a todas partes como un puto perro faldero.

Estabas demasiado acostumbrado a que te adorara cual dios, a que me adaptara a tus gustos, tu rutina, tu ritmo, tu todo.

Sabía, era consciente, de que la culpa era única y exclusivamente mía. Al fin y al cabo, si estabas demasiado acostumbrado era porque yo lo había querido y, movido por el miedo a perderte, había hecho todo por complacerte.

—¡¿Y tú te lo crees?! —En lugar de rebajar la tensión, respondiste con más ira. Cuando algo se salía de tu control, tendías a frustrarte y perder los nervios. Siempre te lo decía, que tenías que aprender a fluir más. Eras incapaz.

Me encogí de hombros. Sí, no. En ese punto, no estaba seguro de nada y, para ser sincero, me daba bastante igual. Mi único foco de atención eras tú y la tormenta que se estaba desatando entre nosotros.

—Marcos es un puto cobarde —seguiste—. ¿De verdad lo ves capaz de ir a una comisaría y declarar en tu contra sabiendo el poder que tiene tu familia? Su chantaje era un farol y tú has caído de lleno como un estúpido. ¿Cuántas veces tengo que decirte que pienses antes de actuar?

Por fin, me soltaste. Lo hiciste tan de golpe que la ausencia de tu agarre me desestabilizó.

Estabas a punto de marcharte. Eso era lo que hacías siempre que algo (yo) se descontrolaba y no sabías cómo lidiar con ello (conmigo): huir.

Quise impedirlo. Esta vez, el que dio un paso en tu dirección y te sujetó con fuerza fui yo. Podrías haberte soltado, pero no lo hiciste. Envalentonado por tu repentina docilidad, acerqué mi rostro al tuyo y, cuando te tuve a escasos centímetros, susurré:

—¿Qué más te da?

La última vez que te había tenido así de cerca había sido en mi habitación, primero de pie, después en mi cama.

No te voy a engañar, en ese momento, estuve a punto de volver a besarte.

Las ganas que te tenía siempre eclipsarían cualquier otra emoción que pudiera sentir hacia ti.

Pero había aprendido mi lección. Aquel no era un error que volvería a cometer.

Si nuestros labios volvían a rozarse sería porque tú lo habrías decidido.

Había asumido que lo único que me quedaba era esperar y, en la espera, rezar por que no dejaras de sentir.

De allí, la provocación. De allí, los juegos.

Incluido el de Marcos, por muy peligroso que fuera.

¿Arriesgado? Sí.

¿Valía la pena? Absolutamente.

—¿Te importa que me acueste con él?

Estabas quieto, muy quieto, mirándome directamente a los ojos. Tragaste saliva.

—¿Te molesta? ¿Que le vaya a hacer lo que te hice a ti? —te aparté de un golpe.

—No es eso —articulaste.

—Oh, pero sí que lo es. Aunque no quieras admitirlo, lo es.

Podía escuchar los engranajes de tu mente ponerse en marcha, tratando de encontrar una escapatoria a aquella situación.

Porque siempre hacías lo mismo. Cuando algo (nosotros) se volvía demasiado real, cortabas por lo sano.

No te permitías ahondar en lo que estabas sintiendo porque te daba miedo enfrentarte a ello.

Teñías el amor de rechazo, autoconvenciéndote de que así (separados, solo amigos) todo era mejor.

—Eres un crío —terminaste espetando.

—Sí —admití, una sonrisa triste dibujándose en mi rostro—. Pero tú también.

Vi el cambio en el momento exacto en el que se produjo. Tu enfado se mimetizó con mi tristeza y de allí pasó de nuevo a la rabia. ¿Cuántas emociones podías sentir en cuestión de segundos? Con un movimiento brusco, te desprendiste de mí y pusiste distancia entre los dos.

No ibas a decir nada más.

Lo sabía.

Estabas a punto de marcharte.

Lo sabía.

—¿Cuándo vas a admitirlo? —exclamé, y mi voz rebotó por las columnas, invadiendo la arcada.

Quería hacer algo por evitar que te fueras, pero conseguí lo contrario.

Me diste la espalda y empezaste a alejarte.

—¡Charles!

Quizás aquella había sido la gota que había colmado el vaso. Después de todo, era mi tercer strike .

El primero, lo que había pasado en la librería y, después, en mi habitación.

El segundo, el accidente.

El tercero, acceder al chantaje de Marcos.

Y fuera. Connor, estás fuera.

—¡Charles! —volví a llamarte.

Estaba desesperado.

Me ignoraste.

Seguiste caminando.

Seguiste alejándote.

Hasta que te perdí de vista.

Y me quedé solo.

Tu ausencia me golpeó como un tren de carga. La fuerza que había alimentado mi arrebato me abandonó, convirtiendo mi cuerpo en una mera carcasa. Mis rodillas impactaron contra las baldosas de piedra con un clac seco.

Recuerdo que, de alguna forma, conseguí arrastrarme hasta la fuente, donde me encendí otro cigarrillo preguntándome si, ahora que te habías marchado, volverías a fumar.

Recuerdo que las horas pasaron. Pero no recuerdo cuántas.

Recuerdo que mi teléfono sonó y que solo descolgué porque, pese a todo, tenía la esperanza de escucharte al otro lado de la línea. Sin embargo, la voz que me recibió no fue la tuya, sino la de George, exigiendo saber dónde estaba.

Como puedes ver, recuerdo mucho de ese día.

Pero lo que más recuerdo es la sensación de vacío que me quedó después de que te fueras. Pese a no ser la primera vez que la sentía, seguía siendo terrorífica.