Todos nuestros silencios CUERPO
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CUERPO

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Nuestro primer viaje solos, sin tu familia ni la mía de por medio, fue a la Columbia Británica.

Tu sueño.

Fuiste tú el que consiguió convencer a George y a Sarah de que nos dejaran ir sin nadie que nos supervisara.

Estaremos en un entorno controlado, apuntaste con esa madurez tensa que habías adquirido a marchas forzadas a raíz de la separación de tus padres, y procediste a enseñarles la libreta en la que habías planificado todo el viaje (con mapas de la zona y trípticos de los parques naturales que pretendías que visitáramos).

Si me preguntas si me hubiera embarcado en aquella aventura solo, la respuesta es no.

Mi concepto de diversión no incluye pasarme diez días haciendo excursiones, remando por lagos y ríos o esperando horas en el mismo sitio para quizá, solo quizá, avistar un animal.

Lo sabes perfectamente, si fui fue por ti.

Porque mientras tú soñabas con ver a los osos espíritu, yo soñaba con ver brillar esa ilusión en tus ojos.

Aquel viaje me sirvió para entender varias cosas:

La primera, que no era normal aquello de nunca tener suficiente de una persona.

A nuestro alrededor, las parejas se hartaban las unas de las otras, se miraban con desagrado y resoplaban por cualquier comentario.

En cambio, lo único en lo que podía pensar yo cuando te ausentabas para ir al baño o decías que te ibas a dar un paseo porque te apetecía utilizar tus prismáticos de largo alcance era vuelve ya vuelve ya vuelve ya .

La segunda, que mientras vivieras en Nueva York o en cualquier otra ciudad nunca serías plenamente feliz porque tu felicidad más profunda siempre había estado ligada a la naturaleza.

La tercera, que lo que había sentido por ti en los Hamptons no solo era real, sino que crecía a un ritmo que me asustaba y lo complicaba todo.

Odiaba la sensación de saber que llevaba tiempo ocultándote algo.

Me pesaba en el estómago como si cada mañana, en lugar de café, tragara rocas.

Lo sospechabas, que por mi cabeza rondaban preocupaciones que nada tenían que ver con nuestras vacaciones.

¿Qué te pasa?, de camino al puesto de alquiler de kayaks.

¿Seguro que estás bien?, en un restaurante con unas vistas increíbles a Emerald Lake.

Puedes contarme lo que sea, de vuelta a la cabaña que habíamos alquilado en uno de los parques.

Y yo que nada, de verdad, no me pasa nada y sí, estoy bien y ya lo sé, no te preocupes, cuando por dentro era un volcán a punto de entrar en erupción.

Tenía que morderme la lengua para no vomitar mis sentimientos por ti cada vez que me dabas los buenos días o me mirabas a los ojos, emocionado y convencido de que sí, aquel sería el día en el que avistaríamos a los osos espíritu.

Y sucedió.

—Allí. Connor, allí —susurraste sin bajar los prismáticos—. No me lo creo, no me lo creo. Son osos espíritu. ¡Dos! No, no. ¡Tres! Una madre con dos oseznos. ¿Los ves?

No.

No los veía.

Porque solo podía mirarte a ti.

Hasta que me forzaste los prismáticos sobre la cara y me obligaste a observar a la pequeña familia. Estaban junto a un arroyo, medio ocultos por la frondosa vegetación. Los oseznos chapoteaban en la orilla mientras la madre controlaba los alrededores, o al menos eso parecía.

—¿Los ves? —repetiste tú, muy cerca de mi oreja.

—Sí.

—¿Y qué? ¿Qué te parecen? Son mágicos, ¿a que sí?

—Sí. Lo son.

Lo eran.

La cuarta cosa que entendí en aquel viaje, que si no habías dejado de creer en la magia era porque seguías topándote con ella, solo que no de la forma en que una persona corriente se imaginaría.

No quería volver a Nueva York.

La última mañana en el parque natural me sorprendí a mí mismo intentando alargar cada momento, conversación y acción, por muy insignificante que fuera.

Estábamos sentados en la pequeña terraza de la cabaña, con el ruido de la naturaleza como banda sonora. Habías preparado tostadas con aguacate y bacon . Té para ti. Café para mí.

Lo sorbía a cámara lenta cuando, de pronto, te levantaste.

—¿A dónde vas?

Alzaste una mano como para decirme que un momento y yo me quedé allí, confundido porque odiabas que la comida se te enfriara y habías dejado el bacon a medio comer.

Volviste pocos minutos después con algo entre las manos. Era una caja de cartón pequeña. Me la tendiste.

—Para ti —dijiste, nervioso.

Me quedé congelado. ¿A qué venía ese regalo? No era Navidad ni mi cumpleaños ni había hecho nada que mereciera un obsequio.

Al ver que no me movía, me la acercaste más.

—Ten.

—Vale.

La deposité sobre la mesa.

—Ábrela —me indicaste.

Debía parecer un idiota, allí quieto, como si no supiera hacer otra cosa que mirar la caja de cartón.

—Vale —repetí.

Y la abrí.

Era una taza. De color gris, con un relieve en forma de garra de oso y una bandera marrón pequeña en la que ponía stay wild .

—¿Te gusta? —te trabaste con la última t . El desayuno había quedado olvidado. Toda tu atención estaba centrada en mí y en cómo le daba vueltas a la taza, observándola como si fuera el mayor tesoro del mundo—. La vi y pensé en ti.

Ahora lo entiendes, ¿no? El motivo por el que quería quedarme allí, contigo, para siempre.

Estaba asustado. Lo que sentía por ti no era normal ni propio de dos amigos que solo son amigos.

Pensaba que lo tenía controlado y entonces venías tú y pam , así, de repente: para ti , ten , la vi y pensé en ti .

—¿ Stay wild ?

—Sí.

—Pero yo soy de todo menos… salvaje.

Tu carcajada me envolvió con la misma calidez que una manta en invierno.

—¿Qué pasa? —dije al ver que no parabas de reír y reír.

—Nada, es solo que… Tienes razón.

—¿Entonces?

—Por eso pensé en ti.

Y procediste a comerte las tostadas como si nada porque para ti fue un detalle sin más, pero para mí significó todo.

La quinta y última cosa que entendí en aquel viaje, que no aguantaría mucho más sin confesarte lo profunda y perdidamente enamorado que estaba de ti.