Todos nuestros silencios FRACTURA
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FRACTURA

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Por mucho que lo intentara, no lograba encontrarle significado a lo que acababa de decir Marcos.

A ti.

A ti, ¿qué?

Una vez más, te me avanzaste.

—¿A qué te refieres?

Pero Marcos seguía con la mirada clavada en mí.

—Ya sabes —me dijo.

—No —respondí.

—No te hagas el idiota. —Su tono pasó de la cautela al enfado en cuestión de segundos—. Eres la putilla del instituto. Te has acostado con medio Upper East Side.

—Eh, eso no es…

Pero no fui capaz de terminar la frase. Porque sí que lo era: verdad.

O al menos, la parte de haberme acostado con varias personas.

Hombres. Nunca había escondido mi homosexualidad.

Me negaba a traicionarme de aquella forma, y más cuando mi padre había vivido tantos años de su vida reprimido, fingiendo ser alguien que no era.

Además, tampoco tenía ganas de luchar en contra de mis anhelos.

Si alguien se me insinuaba una noche en un bar o me miraba de más por la calle y ese alguien me gustaba o me hacía sentir deseado, no tenía ningún problema en que una cosa llevara a la otra. Para mí, el sexo podía ser solo sexo.

A lo largo de los últimos años, mis numerosas conquistas me habían ganado una reputación entre mis compañeros de clase. Reputación de la que, por supuesto, tú te habías enterado porque: uno, me esforzaba más bien poco en disimular, y dos, quería que te enteraras.

No sé en qué momento empezó aquel juego entre los dos. El de: yo voy a restregarte en la cara mis aventuras y tú vas a fingir que no te importa. El de mis no puedo quedar esta noche porque tengo otros planes y tus vale, no pasa nada, tan presuntamente desapegados.

Mentira, en realidad lo sé perfectamente.

De hecho, podría indicarte el lugar y día exacto en el que tomé la decisión de hacer malabares con tus sentimientos para intentar provocar una reacción en ti, algo que me demostrara que sí te importaba, que tus respuestas no nacían de la indiferencia, sino del miedo.

De alguna forma, nunca dejé de tener esperanza.

De alguna forma, nunca he dejado de tenerla.

—¿Decías? —Marcos se había cruzado de brazos y enarcado una ceja, retándome a terminar la frase.

—Nada.

Me encendí otro cigarrillo y aguardé a que aquella acción, tan simple pero peligrosa, inhalar exhalar inhalar exhalar, me tranquilizara.

Qué fácil era, sustituir una adicción por otra, entregarse a algo que sabías que no iba a solucionar el problema (porque el problema estaba dentro) pero que conseguiría tranquilizarte, aunque solo fuera por unos minutos.

Te miré de reojo, esperando que intervinieras, pero tú te habías quedado mudo. ¿Ya está? ¿Así de fácil habías pasado de protegerme a evitarme?

—No sé si lo estoy entendiendo —dije. Para intentar ganar algo de tiempo. Para tratar de encontrar una salida. Para que reaccionaras.

—Yo creo que sí.

Y entonces, cuando parecía que no, que habías decidido dejarme solo, hablaste:

—No.

Marcos te encaró.

—Tú aquí no pintas nada, Aster. Esto es algo entre Connor y yo.

La forma en la que se dirigió a ti por tu apellido pero, en cambio, pronunció mi nombre con esa familiaridad nada insinuada, arrastrando las letras…

Lo entendiste.

Entendiste que entre Marcos y yo había pasado algo.

Por tu expresión, la idea no te gustó.

Allí estaba. Ese hormigueo en la boca del estómago que solo aparecía contigo. La necesidad de provocarte, de sentir tu rabia como si fuera mía, de observar tu cuerpo tensarse y tensarse hasta el punto de reventar.

La gente suele decir que lo contrario al amor es el odio y que, de uno al otro, solo hay un paso.

Pero ¿sabes qué? Creo que la gente se equivoca.

Lo contrario al amor es la indiferencia.

Porque el verbo odiar, al igual que amar, implica sentir.

Pero la indiferencia consiste precisamente en no hacerlo.

Y es allí, cuando una tarde te preguntan por alguien que significó y respondes que nada, no sabes nada, y lo haces así, sin más, sin que las palabras te ardan en la boca, cuando te das cuenta de que esa persona, fuera quien fuera, ya no es. Al menos para ti.

Así que seguí.

Solo para sentirte sentir.

Solo para, un día más, consolarme con tu no indiferencia; con la certeza de que quizá no me amabas como yo necesitaba pero sí algo.

Solo para ver hasta dónde llegabas.

—¿Qué es lo que propones, exactamente? —Le di otra calada al cigarrillo.

Al escucharme, te giraste bruscamente. Tu rabia, tu sentimiento , evidente.

—Connor. Ni se te ocurra…

Pero Marcos te ignoró y siguió hablando. Aquello no iba contigo.

—Si quieres que haga como mis padres y me quede calladito, pasarás conmigo las noches que quiera. Es fácil. Yo me quedo callado como una puta… A cambio de que tú seas mi puta.

—Hmm. —Me llevé una mano al mentón—. Ha pasado más de un año desde aquella fiesta de fin de curso. ¿Tanto te gustó besarme?

Esbocé una sonrisa lobuna. No por mi descaro, sino por la forma en la que el color había abandonado tu rostro.

Estaba escogiendo mis palabras con cuidado, procurando que se te clavaran como navajas afiladas. Porque yo no podía ser el único que sufriera las desventuras de la odisea que era nuestra relación (si es que podía llamarse así).

Marcos miró a su alrededor, cambió el peso de una pierna a otra. Incómodo o impaciente, o las dos cosas a la vez.

—¿Tenemos un trato o no?

—¿Cómo sé que puedo fiarme de ti?

—No lo sabes.

—¿Cuántas noches? —aventuré, porque el giro que había tomado el encuentro me había dado la fuerza que necesitaba. Mi corazón era un motor alimentado por la gasolina de tu angustia.

—Connor.

—Las que yo diga.

—¿Durante cuánto tiempo?

—El que yo diga.

—Connor, para.

—Con una condición.

—¿Cuál?

—Lo que pase entre los dos, se queda entre los dos.

—No tengo ninguna intención de que alguien se entere de esto. —Marcos nos señaló a ambos, dejando claro, una vez más, que el esto al que se refería no te involucraba de ninguna forma, que eras un mero espectador en nuestra obra de teatro improvisada.

Lo recordé en el coche, minutos antes del accidente, alardeando con Ronald sobre las chicas con las que supuestamente había ligado. Mentiras para enmascarar la realidad. Qué triste , pensé, no ser capaz de sincerarse con uno mismo.

—Vale. —Deseché la colilla del cigarrillo y la pisé con la punta del zapato—. Pero que sepas que, si le cuentas algo a la policía, mis padres removerán cielo y tierra para hacértelo pagar. A ti y a tu familia.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué harás tú?

—Lo observaré todo desde la distancia —dije, encogiéndome de hombros.

—Lo que pasó… Podrías ir a la cárcel, Connor.

Como si no lo supiera.

Como si la posibilidad, y el consecuente dilema moral, no llevara carcomiéndome desde la noche del accidente.

Como si la idea de verme entre rejas no me sumiera en la ansiedad más profunda, pero la otra opción —la de salir impune— tampoco lo hiciera.

Me mordí la lengua con fuerza, tratando de focalizarme en el dolor físico en lugar de en el dolor de mis emociones que, una vez más, estaban a punto de desbordarse.

—Lo que pase conmigo no depende de mí, depende de George y Sarah.

—Aquel era el mantra que intentaba repetirme hasta la saciedad.

Lo único que conseguía descargarme el peso de todas las malas decisiones que había tomado en las últimas horas—.

Si hay algo que mis padres no permitirán es que su único y preciado hijo pase parte de su vida entre rejas. Así que…

—Me callaré como una puta —terminó Marcos.

—Y yo seré tu puta —accedí.

Marcos asintió con parquedad. Nunca había sido un chico muy expresivo.

De hecho, solía ser el más callado de su grupo de amigos.

Por eso, cuando esa noche de fin de curso se me había acercado en los jardines del colegio y me había insinuado que quería besarme, me había sorprendido tanto.

Sí, los dos habíamos estado borrachos. Pero aún así… Eso, me sorprendió.

Con un último movimiento de cabeza acompañado de un estamos en contacto, Marcos abandonó Bethesda Terrace.

Y así nos quedamos:

Tú,

yo,

un silencio que no era el nuestro,

y la carga de lo que acababa de suceder entre los dos.