CUERPO
CUERPO
Fue en ese momento.
Cuando mandé nuestra amistad a la mierda.
Porque me di cuenta de que hacía tiempo que había dejado de verte como un amigo.
Y no había nada,
ni nadie,
que pudiera detener
(por favor, que alguien lo detenga)
lo que estaba sintiendo por ti.
Era una mañana de julio de 2009. Aquel era el primer verano que pasábamos tras el divorcio de tus padres.
Yo tenía dieciséis años. Tú, quince.
Te habías levantado pronto y habías salido a correr.
Lo supe porque, aunque intentaras no hacer ruido, siempre te escuchaba cerrar la puerta de tu habitación y bajar las escaleras.
Era como si tuviera un sexto sentido específicamente diseñado para detectar tus idas y venidas.
Cuando bajé al comedor un par de horas después, te encontré duchado y desayunando con un libro entre las manos. Norwegian Woods .
—¿Vamos a nadar? —lo dijiste sin apartar la mirada del libro. Al parecer, tú también podías sentir cuando estaba cerca (o al menos eso era lo que quería pensar).
—¿Acabas de salir a correr y ahora quieres nadar? —respondí desde la isla de la cocina. Me serví una taza de café. Todavía llevaba puesto el pijama.
Vi cómo te encogías de hombros.
—Sí. El deporte me ayuda.
No hizo falta que dieras más explicaciones.
El deporte te ayudaba a liberar todo el estrés, la tristeza y la tensión que llevabas acumulando, día tras día, desde el divorcio.
En pocos meses habías visto cómo tu vida había dado un giro de trescientos sesenta grados que ni tú, por muy inteligente que fueras, podrías haber previsto.
Un padre que había dejado de ser un padre.
Una madre que había dejado de ser una madre.
Un niño que se había tenido que convertir en un adulto en cuestión de horas.
Ni yo, que por aquel entonces me vanagloriaba de mi capacidad para la retórica, me sentía capaz de poner en palabras el infierno por el que estabas pasando.
Habías estado a punto de no venir. A los Hamptons. Me habías enviado un mensaje de madrugada: No puedo dejarla .
Supe que te referías a Gianna. Te llamé y, cuando no descolgaste, te volví a llamar.
No sé cómo, pero acabé convenciéndote. Decidimos que Joana se quedaría con tu madre, que ella la cuidaría tal y como te había cuidado a ti de pequeño.
¿No soy un mal hijo? Por irme, por dejarla en la ciudad.
No, no lo eras. Ese adjetivo nunca podría asociarse a ti.
Los primeros días habías estado ausente.
Muchas tardes te habías encerrado en la biblioteca y no habías salido hasta la hora de la cena.
Yo te había dado espacio (lo sé, toda una hazaña por mi parte) y, cuando había visto la tristeza arremolinarse tras tus ojos, te había recordado que todo estaba bien, que no tenías la culpa de nada.
Poco a poco, fuiste saliendo del caparazón en el que te habías refugiado y empezaste a ser esa nueva versión de ti que me aterraba pero, a la vez, me moría de ganas de conocer.
Me adapté a tus rutinas. Deporte bien pronto por la mañana, comidas a horas exactas, mucha lectura y playa, poco salir de casa. Bueno, a correr no te acompañaba, pero tú ya me entiendes. Anhelaba complacerte y buscaba cualquier forma de conseguirlo.
Por eso, cuando me dijiste que querías nadar (¿vamos a nadar?), hice precisamente aquello. Complacerte.
—Vale.
—Pues cámbiate.
Sonreí, pero no lo viste porque seguías de espaldas a mí.
—Estoy cambiado.
—No. Llevas el pijama puesto.
Mi sonrisa se ensanchó todavía más. Agarré una manzana del bol de fruta, le di un mordisco y esperé, solo para ver qué decías a continuación, solo para seguir con aquel juego.
—Con.
—Char.
—Me iré sin ti.
—Vale.
—¿Vale, que me vaya sin ti?
—Vale, que ahora me cambio.
Dejé la taza de café y la manzana medio mordida sobre la encimera y me fui a poner el bañador. Haciendo lo que siempre hacía. Lo que tú querías.
Y fue esa mañana.
Cuando jodí lo nuestro.
Porque las puertas de mi imaginación se abrieron, permitiéndome dibujar escenarios que no habían pasado pero que, Dios, necesitaba que pasaran.
Y no había nada,
ni nadie,
que pudiera advertirme
(por favor, que alguien me advierta)
de lo peligroso que es soñar con lo que no tienes,
con lo que ni siquiera sabes si algún día vas a tener.
La secuencia fue la siguiente:
Tú, esperándome junto a los ventanales del salón, toalla y libro en mano. Los rizos negros escapándose por debajo de la tela verde de tu gorra.
Yo alcanzándote y ya estoy, ¿vamos?
Tú asintiendo, mudo, guiándonos por el césped y, de allí, por la arena. Aquí está bien, más adelante quizá nos alcanzan las olas, y dejando caer el libro y la toalla a una distancia prudencial de la orilla.
Yo haciendo lo mismo (pero sin libro) y tumbándome para absorber el calor de julio, el antebrazo sobre los ojos porque las gafas de sol no protegían lo suficiente. ¿No vas a estirarte? No.
Así que tú a mi lado, sentado, observando el océano y, después de un rato en silencio: Voy a nadar. Estabas allí, y de repente ya no.
Yo repetiéndome a mí mismo que todo está bien, que estarás bien, e incorporándome para mirarte desde lo lejos porque por algún motivo quería ver cómo luchabas contra las olas y nadabas sin un rumbo fijo.
Pasó lo que me pareció poco tiempo, o mucho tiempo, y tú nadando de vuelta, desapareciendo bajo el agua y reapareciendo en la orilla segundos después.
Y yo, todavía mirándote.
Mirándote.
Mirándote.
No podía dejar de mirarte.
A ti.
Tus brazos fuertes (en).
Tu torso definido (en qué).
Tus abdominales esculpidos (en qué momento).
Las gotas de agua deslizándose por tu piel morena (en qué momento ha pasado).
El bañador pegándose a tus piernas, más grandes y tonificadas (en qué momento ha pasado esto).
Sí, mirándote, pero de una forma en la que nunca te había mirado, o sí, pero ahora más y mejor o más y peor. No lo sé. ¿Quién eres?
Lo sentí. El calor. Me recorrió de la coronilla a los dedos de los pies y me endureció y, mierda, estaba duro, y tú estabas acercándote y tenía que moverme pero no podía pero tenía que hacerlo porque si no lo hacía ibas a notarlo.
Yo, levantándome a toda prisa y girándome para darte la espalda.
Tú, unos metros más allá, pero no lo suficiente: ¿Con?
Yo, ignorándote, recogiendo la toalla y el libro (qué libro, si no tengo libro, este libro no es mío), y soltando el libro.
Tú, unos metros más aquí, demasiado cerca: ¡Connor! ¿Dónde vas?
Yo, murmurando algo de lo que ni me acuerdo, y caminando (¿corriendo?) en dirección a casa, mi mente diciendo que no, no, no, mi cuerpo que sí, sí, sí.
Tú, silencio.
Yo, ruido.
Tú, no sé qué hiciste.
Yo, me encerré en mi habitación, pestillo echado, y después en la ducha. Fría.
Fue allí, el agua helada bañándome entero.
Cuando entendí que el nosotros que conocía había muerto.
Porque yo me había encargado de matarlo.
Y no había nada,
ni nadie,
que pudiera borrar
(por favor, que alguien lo borre)
la reacción de mi cuerpo al verte.
Era una mañana de julio de 2009.
Aquel fue el verano en el que dejé de verte como un amigo… Y empecé a querer más.