FRACTURA
FRACTURA
—¿Puedes estarte quieto?
—No, Charles, no puedo estarme quieto.
—Lo último que necesitamos es que llames la atención.
—Bueno, disculpa si estoy al borde de un ataque de nervios. Creo que, dadas las circunstancias, es entendible.
Mascullaste algo que no comprendí pero que sonó a queja. Yo me limité a sacar el tabaco que había comprado en el 7-Eleven que quedaba cerca de casa.
Me encendí un cigarrillo, esperando que la nicotina me calmara los nervios.
Fui a ofrecerte uno, pero me detuve en el último momento, recordando el pacto que habíamos hecho. Un pacto que en realidad no era un pacto, ya que te habías adherido a él sin esperar el consentimiento de nadie.
—Lo siento —dije, y procuré expulsar el humo en otra dirección, para no alentar las ganas de fumar que debías de sentir en ese momento.
Tú te encogiste de hombros, restándole importancia.
—Necesitas una forma de lidiar. Lo entiendo.
No le dimos más vueltas.
Seguimos caminando por Central Park, en dirección a Bethesda Terrace, donde habíamos quedado con Marcos. Mi cabeza había fabricado cientos de escenarios distintos sobre lo que podría querer. Ninguno era bueno.
—Para.
—No he hecho nada.
—Puedo escucharte pensar.
—¿Y qué quieres que haga?
—No avanzarte. No pre ocuparte. —Enfatizaste el pre de preocuparte , como si aquel fuera un buen momento para dártelas de listo.
—Para ti es muy fácil decirlo.
Paraste en seco. Tu rostro estaba medio cubierto por una bufanda verde y negra. Tus manos enguantadas apenas se veían bajo las mangas de la chaqueta, que te quedaba grande.
—¿Cuándo vas a entender que todo esto me importa?
Extendiste los brazos, abarcando todo tu alrededor, yo incluido.
Te referías a todo esto porque no eras capaz de decir que yo te importaba. Ni siquiera después de lo que había pasado. Ni siquiera después de ver la agonía que me estaba consumiendo y de la que no sabía cómo escapar.
—Estoy aquí —repetiste por enésima vez desde la noche del accidente.
—Vale.
—Vale.
Como llevaba haciendo desde que te conocí, me conformé con lo que me ofrecías.
Llegamos a Bethesda Terrace diez minutos antes de la hora acordada.
Al ser un día laborable por la mañana, el parque estaba bastante desierto.
Bajamos hasta la arcada y nos detuvimos bajo uno de los arcos que daban a la gran fuente coronada por el Ángel de las Aguas.
Nos apoyamos en las columnas de piedra, cada uno en una, frente a frente. Saqué otro cigarrillo y lo encendí.
—Creo que lo mejor es que le dejemos hablar.
—Vale.
—Con, va en serio. No le ataques ni te embales. La situación es delicada.
—¿En serio?
—Con.
—No me había dado cuenta.
Esta vez, el que te disculpaste fuiste tú.
—Perdona. He dicho una estupidez.
Pero entendía por qué lo habías dicho, de dónde venía tu pre ocupación (sí, he enfatizado el pre y, sí, lo he hecho para fastidiarte).
Admito que, con el paso de los años, me he vuelto una persona volátil.
Cada vez más. Cuando me pongo nervioso o siento que las situaciones se escapan de mi control, reacciono de la peor forma, arruinándolo todo.
Como esa noche en Cornell, cuando Roman no tuvo más remedio que asestarme un puñetazo (de los flojos) para que dejara de llorar como un niñato y me centrara en ayudar a entender lo que te había sucedido.
Pero estoy divagando.
Eso fue mucho después del ahora que nos concierne.
Y en ese ahora, me pediste perdón por la estupidez que acababas de soltar.
Me miré los zapatos y me di cuenta de que, en mi histeria, me había puesto un calcetín de cada color. Uno morado, el otro marrón.
Lo dije en voz alta. Que uno era morado y el otro marrón.
—Suerte que Sarah no lo ha visto. Le hubiera dado algo.
Lo absurdo pero a la vez certero de aquella imagen me arrancó una carcajada que resonó y se perdió bajo la arcada.
Como solía pasarnos, mi risa te contagió.
Ese momento, los dos riendo en nuestro parque (porque era nuestro, o al menos lo sentíamos así), bajo la atenta mirada del Ángel de las Aguas, fue el paréntesis que necesitábamos para seguir con la historia de terror que habíamos empezado a escribir.
Qué pena que durara tan poco.
A veces me obsesiono con la idea de que, si le hubiéramos escuchado llegar, la conversación habría empezado y se habría desarrollado de otra manera.
Y eso me lleva a preguntarme si el destino realmente existe o si todo lo que nos sucede es una consecuencia de nuestras decisiones.
Lo primero me da paz porque me quita responsabilidad.
Lo segundo me enfada porque me la devuelve.
Mira por dónde, creo que no podría haber encontrado una mejor forma de definir al ser humano.
Sea como fuere, no le escuchamos llegar, y destino o consecuencia, la conversación o discusión o enfrentamiento o sinsentido (escoge la palabra que prefieras) sucedió de la siguiente forma:
—Me alegra ver que os lo estáis pasando tan bien.
Mi cuerpo, que por fin había conseguido relajarse, volvió a la rigidez.
Allí estaba. A unos pocos metros, las manos ocultas en los bolsillos de su chaqueta, su cabello castaño despeinado por el viento.
Tenía la ceja izquierda suturada y un corte bajo la mandíbula, enrojecido.
Nos miraba de forma desapegada, pero también con un desprecio que en ese momento todavía no supe interpretar. Más tarde lo entendería todo.
—Marcos —saludé—. ¿Cómo estás?
Mirándolo en retrospectiva, fue una pregunta estúpida.
—Bien, pero no gracias a ti.
Entonces, tú te despegaste de la columna y diste un paso al frente, como queriendo interponerte entre Marcos y yo.
—El que decidió subirse al coche fuiste tú.
Lo dijiste con esa crudeza afilada que habías adquirido tras el divorcio de tus padres y que no encajaba nada con el Charles que me habían presentado un domingo de verano.
Recuerdo que en ese momento me di cuenta de algo que, para ser sincero, llevaba tiempo ignorando, quizás a propósito: que la versión de ti que había conocido años atrás no era la versión de ti que ahora tenía delante.
Eras el mismo y a la vez no. Pensándolo bien, hubiera sido absurdo esperar que te mantuvieras inmutable al paso del tiempo.
Las personas cambian, y más cuando crecen y el niño se vuelve un adolescente, y el adolescente un adulto, y el adulto se pierde y se reencuentra para volver a perderse.
Justo por esto, he llegado a la conclusión de que la forma más sincera de decirle te quiero a alguien —ya sea por amor, amistad o incluso sangre— es mantenerse junto a esa persona sin importar cuánto o cómo cambie.
Porque hacerlo implica abrazar todas sus versiones, amarla por quien fue, pero también por quien es y por quien será.
Sí, creo que en ese momento me enfrenté a la verdad de que habías cambiado.
De que el abandono de tu padre y la depresión y adicción de tu madre te habían vuelto más cínico y rudo, pero también más capaz y seguro.
Ya no eras el niño que me proponía ir al zoo para ver a los osos o, con una sonrisa tímida, me preguntabas si me quería partir la pasta y la pizza porque te apetecían ambas y eras incapaz de decidirte por solo una.
Y sí, quizá tengo demasiados defectos y, en muchos sentidos, soy un desastre y un dramático. Pero al menos puedo decir con orgullo que soy una de las pocas personas de este mundo que ha abrazado todas las versiones de otra.
Las tuyas.
—Que yo sepa, nadie te obligó —continuaste. Diste otro paso al frente, como queriendo establecer que tenías el control de la conversación—. Fuiste a la fiesta porque tú quisiste, bebiste porque tú quisiste y, cuando llegó el momento, te subiste al coche porque tú quisiste.
Marcos retrocedió, intimidado o sorprendido o las dos cosas a la vez. Había acudido a ese encuentro pensando que jugaba con ventaja y tú se la acababas de arrancar.
—Tenías que venir solo —me espetó.
—Haberlo especificado —contraatacaste, rápido y certero—. Qué quieres.
Más que una pregunta, fue una exigencia.
Las facciones de Marcos se contrajeron, convirtiendo su atractivo rostro en una mueca desagradable. Cuando volvió a hablar, lo hizo dirigiéndose a mí.
—Tus abogados han contactado con Ronald y conmigo. Quieren asegurarse de que nuestros relatos coinciden con la verdad .
Una forma sutil de decir que mis padres estaban moviendo hilos para evitar que alguien pudiera señalarme como el culpable del accidente, para eliminar cualquier cabo suelto que pudiera poner en riesgo la defensa que estaban construyendo con el fin de que saliera indemne.
Teniendo en cuenta que… ella estaba muerta…
los únicos que conocían el estado de ebriedad en el que había conducido erais tú, Marcos y Ronald.
Tú no ibas a declarar en mi contra. Pero Marcos y Ronald… ¿serían capaces?
—Nos han puesto un puto cheque en blanco delante. —Marcos me apuntó con el dedo, como si el responsable de aquello fuera yo—. Lo que queramos a cambio de nuestro silencio. De no decir que, por tu culpa, casi morimos nosotros también.
Al parecer, George y Sarah habían preferido no correr ningún riesgo y, como siempre, habían actuado de la única forma que conocían: empleando su poder e influencia para conseguir lo que querían.
Los imaginé, sentados alrededor de la gran mesa del comedor, una botella de vino tinto entre ambos, urdiendo la mejor estrategia para callar a Marcos y Ronald. Eliminar los cabos sueltos.
Avergonzado, me encogí sobre mí mismo.
Porque ¿dónde había estado yo en ese momento y en todos los otros? ¿Qué había hecho aparte de lloriquear, lamentarme y entrar en pánico?
Porque, una vez más, mis padres estaban haciendo conmigo lo que querían. Era su juguete más preciado y, como tal, me movían a su voluntad.
Mi opinión no importaba. Nunca lo había hecho.
Marcos soltó una risa irónica.
—¿No vas a decir nada?
—¿Lo has aceptado?
Unos pasos por delante, porque todavía seguías haciéndome de escudo, te llevaste la mano al bolsillo interior de la chaqueta, donde solías guardar el tabaco. Pude percibir tu frustración al darte cuenta de que, por mucho que rebuscaras, no ibas a encontrar nada.
—¿Qué?
—El puto cheque —aclaraste—. Que si lo has aceptado.
Marcos, por un lado: intranquilo.
Yo, por otro: perdido.
Tú, en cambio: completamente en control.
—Sí —balbuceó—. Mis padres… lo han aceptado.
Más tarde descubriríamos que George y Sarah habían pasado a formar parte del accionariado de una de las sociedades hoteleras de la familia de Marcos, inyectando el capital necesario para estabilizarla tras el deterioro financiero derivado del colapso inmobiliario de 2008.
—Entonces qué coño haces aquí.
—Una cosa es lo que mis padres quieren. Y otra… lo que quiero yo.
Marcos: nervioso; la muralla de seguridad que había construido a su alrededor, destrozada.
Tú: cauto, tratando de avanzarte a lo que iba a pasar a continuación (no podrías haberte avanzado por mucho que hubieras querido).
Yo: otra vez perdido, pero también confuso.
Supongo que, por eso, rompí el silencio en el que me había sumido. Lo hice sin darme cuenta, sorprendiéndote tanto a ti como a mí.
—¿Qué quieres?
Marcos cuadró los hombros. Tomó aire y, al soltarlo, pronunció dos palabras que jamás habría esperado escuchar:
—A ti.