CUERPO
CUERPO
—Feliz Navidad, Con.
—Feliz Navidad, Char.
Recuerdo que ibas vestido como un esquimal y que sonreías de oreja a oreja porque estaba nevando. Lo exclamaste, emocionado: ¡mira, Connor!, como si aquella fuera la primera vez que veías nieve.
Antes del divorcio de tus padres, adorabas la Navidad.
Te hacía feliz que la ciudad se llenara de luces de colores, que las tiendas de la Quinta Avenida decoraran sus escaparates con excentridades, que los niños escribieran cartas a Santa Claus con la misma ilusión con la que tú las escribías de pequeño.
¿Te acuerdas de esa tarde, cuando me las enseñaste?
Las tenías todas guardadas en una caja diminuta, como si se tratara de un tesoro.
Querido Santa Claus, soy yo. Este año me he portado bien.
Bueno, muy bien. Por eso, quiero pedirte unos prismáticos de largo alcance y, si puede ser, impermeables, porque en la Columbia Británica muchas veces llueve y aunque todavía no la haya visitado, sé que algún día voy a hacerlo porque es mi sueño y…
Me pregunto si harás lo mismo con mis cartas. Si las habrás guardado en algún sobre o caja, allá donde sea que estés. Si también serán un tesoro.
—¡Charles!
Sarah se acercó tambaleándose por el exceso de vino. Te abrazó. Un abrazo largo y sentido. A ti y a las bolsas repletas de regalos que se te habían enredado en las manos.
—Te estábamos esperando para el postre. —Sus ojos se habían iluminado al verte de pie frente al ascensor que daba directamente a nuestro recibidor.
Cada año, después de cenar con tu familia, venías a nuestra casa.
Era una tradición de esas que se instauran de forma tácita, sin necesidad de que nadie la declame a los cuatro vientos. Un veinticuatro por la noche me habías dicho que querías darme un regalo y, una hora más tarde, habías aparecido con una caja enorme.
«Son unos patines. Para que vayamos a patinar juntos».
Si me los hubieran regalado mis padres o cualquier otra persona, habría dicho que muchas gracias pero que los podían ir devolviendo porque, seamos realistas, yo y el deporte (cualquier deporte) no nos llevamos bien.
Pero la ilusión en tus ojos cuando me viste abrir el regalo, tu entusiasmo al exclamar que podíamos probarlos al día siguiente, me hizo sonreír de vuelta y simplemente decir que sí, claro, cuando quieras.
Y así, sin más, volviste al año siguiente, y al otro y al otro y al otro.
Y también a ese.
—Deja que te ayude. ¡Rositaaaaa! —Mi madre agarró un par de bolsas y, cuando Rosita llegó, se las pasó—. Connie, no te quedes allí parado, tú también.
Reaccioné con un sí, sí, voy azorado, y recorté la poca distancia que nos separaba.
Tomé las últimas bolsas de tus manos, con cuidado de no rozarte más de lo normal para dos amigos, pero queriendo rozarte más de lo normal para dos amigos.
Sí, lo admito. Me había perdido en la forma en que la felicidad se te reflejaba en el rostro.
En tus ojos, dos chiribitas; en tu piel, tensa alrededor de la boca de tanto sonreír; en tus mejillas, sonrosadas.
Pasamos al salón, donde George entretenía a los invitados con los mismos chistes de cada año, y nos sentamos en uno de los sofás, junto al árbol de Navidad.
Dispuestas sobre la mesa de centro había un par de botellas de champán y diferentes tipos de postres.
Como sabía cuál era tu preferido, te corté una porción de la tarta de queso (grande, como para dos) y te la serví en un plato.
—Gracias —murmuraste, tomándolo entre tus manos.
A nuestro alrededor empezó a desarrollarse la misma conversación de siempre.
—Él es Charles. El hijo de John y Gianna Aster. —Sarah siempre te presentaba igual a los amigos que no te conocían. Cada Navidad el repertorio de invitados cambiaba, lo que significaba que cada Navidad escuchábamos el mismo discurso.
Nosotros nos miramos, intercambiamos una sonrisa cómplice y movimos los labios a la vez que Sarah decía:
—Es el mejor amigo de Connie. Se conocen desde los seis años.
Gesticulé con las manos de forma exagerada, siempre mostrando los meñiques, y crucé las piernas, tal y como hacía mi madre.
Mi interpretación provocó que te atragantaras con el pedazo de tarta que te habías llevado a la boca.
Cuando recuperaste el aire, empezamos a reír como dos niños pequeños.
Reímos tanto que al final ya no sabíamos si estábamos riendo por Sarah, por nosotros o por la risa en sí.
Una de las amigas de Sarah soltó que juventud, divino tesoro, a lo que otra contestó que lo que daría ella por volver a estar en la edad del pavo.
Y nosotros solo reímos más y más, hasta que el abdomen nos dolió, los ojos nos lloraron y a ti (me confesarías más tarde) casi se te escapa el pis.
Recuerdo esa Navidad como uno de los momentos más felices de mi vida.
No sé si fue porque George accedió a que nos sirviéramos todo el champán que quisiéramos (ya estáis mayorcitos) y experimentáramos por primera vez lo que era estar borrachos de alcohol y borrachos de felicidad, las dos cosas al mismo tiempo por favor y gracias.
O porque Sarah nos envió al CVS que abría veinticuatro horas para comprar una chorrada de la que ya no me acuerdo y paseáramos bajo la nieve, que seguía cayendo y cubriendo las calles de la ciudad.
O porque nos quedamos jugando a cartas hasta tarde y tú ganaste la mayoría de las partidas, sorprendiéndonos a todos y llenándote los bolsillos de dólares que después te gastarías en chocolate.
O porque, ya de madrugada, ayudamos a Rosita a cocinar arepas y nos las comimos frente a la chimenea, tú con el jersey que te había regalado, yo con la ilusión de que te hubiera gustado.
Si algo sé con certeza es que mi infancia, así como mi adolescencia, fueron mejores gracias a que tú estuviste en ellas.
Si no hubieras llegado a mi vida, el ático de Nueva York habría sido un lugar sombrío.
Todos los domingos los habría pasado desayunando solo en la enorme mesa del comedor, esperando a que Rosita me trajera el zumo de naranja y me preguntara, solo porque sabía que necesitaba hablar con alguien, que qu é planes tiene hoy día, señorito Connor.
Los veranos en los Hamptons habrían sido largos y aburridos y las tardes de tortitas con sirope y chocolate menos dulces.
A Sarah y George les reprocho muchas cosas: cómo han manipulado personas y situaciones a su antojo, sin la menor consideración, y cómo jamás han querido ni creído necesario asumir ningún tipo de responsabilidad. Pero lo que nunca podré negarles es que, gracias a ellos, te conocí a ti.
Claro que, por ese entonces, todo esto que acabo de escribir ya lo sabías o, al menos, lo intuías. Nunca he sido alguien capaz de ocultar mis sentimientos o maquillarlos, y menos contigo. Tampoco he querido hacerlo.
Por eso, no entiendo por qué te extrañaste cuando, sentados frente a la chimenea, las arepas todavía calientes, me preguntaste:
—¿Qué le has pedido a Santa Claus? —Aunque hubiéramos crecido, nunca dejaste de creer en la magia. Te empeñabas en encontrarla en cualquier rincón.
Me pasé la arepa de una mano a la otra, tratando de enfriarla.
—A ti.
—Lo digo en serio.
—Yo también lo digo en serio. Cada año pido lo mismo.
Sonreí pero, por primera vez en toda la noche, tú no me devolviste la sonrisa. Te quedaste muy quieto y serio. Eso, como si mis palabras te hubieran afectado.
Cambié de tema. Quería distraerte, cortar la tensión que, de repente, se había acumulado entre los dos.
Tú me seguiste la conversación; por intentar devolvernos a la normalidad (porque mis padres y los invitados no andaban lejos), por no quedarnos en silencio (¿desde cuándo nos aterraban nuestros silencios?) y por disimular lo que fuera que estuvieras sintiendo (a ti sí que se te daba bien eso de ponerte máscaras).
Aunque, en tu cabeza, todavía le dabas vueltas a lo que acababa de decirte.
Esa fue la Navidad de 2007.
Antes de que tus padres se divorciaran.
Y también antes de que yo enviara nuestra amistad a la mierda.