Todos nuestros silencios FRACTURA
19%

FRACTURA

FRACTURA

La habitación de invitados o tu habitación (veinticuatro horas después del accidente)

Hablaban, pero no los escuchaba. Querían asegurarse de que hubiera entendido todo lo que había pasado en el despacho de abogados.

George insistía en que tenía que estar preparado para lo que iba a venir y, en particular, el procedimiento judicial que podría activarse si la fiscalía o la familia de Vanessa decidían interponer una denuncia.

No puedes echarte atrás, ¿me entiendes, Connor?

Creo que asentí y dije que sí, lo entiendo, cuando en realidad llevaba horas sin entender nada.

Me sentía desorientado.

Llevaba todo el día en el maldito despacho de abogados entrando y saliendo de salas de reuniones, matando las esperas con cafés y galletas del Starbucks, escuchando hablar sobre estrategias y líneas de defensa y más mierdas de las que no quería saber nada, y danzando de forma peligrosa entre la apatía y la histeria.

¿Cuánto tiempo había pasado desde el accidente?

Le eché un vistazo al Patek Philippe que llevaba en la mano izquierda, un regalo de cumpleaños de parte de una amiga de la familia cuyo nombre no recordaba.

Las manecillas indicaban que quedaban diez minutos para las diez de la noche.

Hacía veinticuatro horas estaba bailando y bebiendo, completamente ajeno a que estaba a punto de joderlo todo.

—Tú no has hecho nada, Connie —dijo mi madre.

Si todavía no había saltado del precipicio en el que me encontraba era porque, pese a todo, seguía siendo un cobarde.

Pero como Sarah repitiera que no había hecho nada…

Como volviera a emplear ese tono dulzón e inocente…

Saltaría. Porque, por mucho que intentara fingirlo, de dulce e inocente no tenía nada.

Mírenla, señoras y señores, aquí donde la ven, sentada, con las manos cruzadas cuidadosamente sobre su regazo y el maquillaje intacto, esta mujer es de las mayores manipuladoras que van a conocer en su vida.

Era una mosquita muerta que las mataba callando.

Dios, lo que hubiera dado por un trago. Vodka, ron, gin, whisky. Hubiera bebido lo que fuera con tal de haber sentido el alcohol descendiendo por mi garganta, nublándome los sentidos, deteniendo el puto temblor que se había adueñado de mi cuerpo.

Algo me dio en las costillas.

Eras tú. Enarcaste una ceja, como queriendo preguntarme qué mierdas estaba haciendo, y entonces reparé en que George y Sarah me estaban observando, expectantes.

—Sí, vale. —Neutro, porque no tenía ni idea de lo que habían dicho.

Mi padre se apretó el puente de la nariz y dejó escapar un largo suspiro.

—Será mejor que lo dejemos por hoy. Necesitamos descansar. —Se levantó de la silla y se acercó a mi madre para darle un beso en la mejilla—. Te llamo mañana a primera hora.

—¿Seguro que no quieres quedarte?

—No. Steve me está esperando en casa —dijo, haciendo referencia al hombre con el que llevaba saliendo unos meses.

—Dale recuerdos.

Murmuró un de tu parte que significaba que no, no iba a darle recuerdos a Steve.

Pese a haber salido del armario hacía tiempo y llevar su homosexualidad con orgullo, mi padre seguía siendo una persona extremadamente privada.

Steve era su pareja más estable desde que mi madre y él habían celebrado su divorcio por todo lo alto y, de momento, no nos lo había presentado.

No creo que tuviera intención de hacerlo.

Al pasar por mi lado, me apretó el hombro. El contacto duró menos de un segundo. Hizo lo mismo contigo, solo que a ti también te dijo adiós, que durmieras bien y que cualquier cosa lo llamaras, como si su hijo fueras tú y no yo.

Lo entiendo.

No sé si alguna vez te lo he dicho, pero tienes un aura especial.

De alguna forma, eres un imán para las personas que te rodean.

Les das confianza y seguridad, haces que se crean capaces de todo y más.

En ese entonces, me gustaba imaginar cómo sería compartirte con otros amigos.

Y pensaba en amigos refiriéndome a los de verdad.

De los que encajaban contigo de una forma en la que no encajaba otra gente.

Tener un grupo y que tanto tú como yo formáramos parte de él.

Compartir lo que somos. Nos veía riendo y siendo nosotros mismos y, en esas ocasiones en las que mi imaginación corría libre, mi pecho se hinchaba de felicidad…

pero también de miedo. Porque sabía, estaba convencido de que serías el núcleo que nos mantendría unidos y que, si por cualquier motivo, tú te caías, caeríamos todos.

—Apagad las luces cuando subáis. —Sarah se acercó, nos dio un beso a ambos en la coronilla y desapareció por las escaleras que llevaban al segundo piso del ático.

Dio por supuesto que te quedabas a dormir.

Media hora más tarde, estabas arrastrando el colchón de tu habitación por el pasillo, en dirección a la mía. En realidad era la habitación de invitados, pero te habías quedado tantas veces que la llamábamos tu habitación.

—¿Qué estás haciendo?

—¿Qué te parece que estoy haciendo?

Pues eso, estabas arrastrando el colchón de tu habitación a la mía, para dormir uno al lado del otro, tal y como hacíamos de pequeños.

—No hace falta.

—No vas a pasar la noche solo, Con.

—¿Te da miedo que me tire por la ventana o algo?

Volviste a mirarme con la ceja enarcada, esta vez pidiéndome que, por favor (porque todavía no te había llevado al límite, como antes en el portal del bufete), dejara de decir estupideces.

—Vale, haz lo que quieras. —Levanté ambas manos, rendido ante tu cabezonería—. Pero no creo que vaya a pegar ojo.

—Entonces no pegaremos ojo.

Con el pijama ya puesto, nos tumbamos. Yo en mi colchón, tú en el tuyo. Podrías haber dormido en mi cama, era lo suficientemente grande como para que cupiéramos los dos sin llegar a tocarnos, pero teniendo en cuenta lo que había pasado hacía unas semanas entre ambos, no ibas a dar ese paso.

—¿Seguro que no quieres intentar dormir?

—No.

—Con…

—No quiero volver allí.

A la gente bailando. A las botellas de alcohol. A tus manos en el coche. A la canción, la carretera, el ciervo. A los gritos. La sangre. Y los cuerpos.

—Algún día tendrás que dormir, lo sabes, ¿no?

—Sí. Pero no hoy. No cuando todo es… tan reciente.

Me cubrí con el edredón de plumas hasta la barbilla, aunque sabía que el frío que sentía venía de dentro.

—Crees que… —Carraspeé, porque el miedo que me atenazaba la garganta me impedía hablar bien—. ¿Crees que, esté donde esté, me odia?

—No está en ninguna parte. Así que no.

—Pero si estuviera… ¿Me odia?

Te escuché moverte. Suspiraste.

—No lo sé, Con. Quizá.

Ya. Era lo que me temía.

La sirena de una ambulancia se coló por la ventana entreabierta.

Era invierno. Yo estaba congelado y, aunque mi frío venía de dentro y no de fuera, fuera también hacía frío.

Pero tú odiabas la sensación de que no corriera el aire, de que se estancara en algún punto de la noche, de que no pudieras respirar bien, de que a la mañana siguiente te despertaras con el cansancio todavía metido en el cuerpo, de que…

Pues eso, que era invierno, yo estaba congelado y escuchamos la sirena de una ambulancia porque la ventana estaba entreabierta.

—Y ahora, ¿qué? —Esa era la pregunta que no paraba de repetirse en mi cabeza. Un bucle infinito del que no sabía cómo salir.

—Ahora dejamos que los abogados se encarguen de todo.

—Pero… ¿Así de fácil?

—Sí.

—No puede ser así de fácil.

—Pues va a serlo.

Más adelante me confesaste que estabas muerto de miedo por mí, por lo que pudiera pasarme, pero que tu única forma de impedir que perdiera la cabeza era aparentar que tenías el control de la situación. Una vez más, te tocaba interpretar el papel de adulto cuando solo eras un adolescente.

—¿Y yo?

—¿Tú, qué?

—¿Qué hago?

—Vivir.

Vivir: verbo, infinitivo, pero ¿cómo?

Me pasé las manos por la frente, apartándome el flequillo. Mis ojos, abiertos, estaban clavados en la lámpara del techo.

—Quiero beber.

—Quiero fumar.

El tiempo, cuando a tu alrededor el mundo duerme, transcurre más lento.

Y en esa lentitud, en ese letargo, uno empieza a contemplar mil posibilidades.

En su mayoría, catastróficas. ¿Y si los abogados no hacían bien su trabajo?

¿Y si el poder de mis padres, su influencia, no era suficiente para sacarme de aquel embrollo?

¿Quería que me sacaran de aquel embrollo?

Si el momento llegaba, ¿debería declararme culpable ante el juez?

—Char.

Mi mente iba a mil por hora.

No respondiste.

—Char.

Empecé a sentir una presión en el pecho, muy aguda. Me giré, dejando caer el peso sobre mi hombro derecho, buscándote con la mirada. Estabas estirado de cara a mí. Tenías los ojos cerrados y una de las piernas descubiertas.

—Charles.

—Hmmm.

—¿Estás dormido?

—Hmmmno. —Pero tus ojos seguían cerrados.

—Creo que debería hablar con Ronald y Marcos. Ellos estaban en el coche.

—¿Qué? —Frunciste el ceño.

—Ellos estaban en el coche —repetí—. Sabían que estaba borracho. ¿Dónde están? ¿Los has visto? ¿Y si dicen algo?

Entonces, abriste los ojos. Me encontraste un poco más arriba, en la cama que no querías compartir conmigo. Extendiste la mano y me agarraste de la muñeca. Tiraste de ella.

—Con. Para.

—Pero…

—La noche no es buena consejera.

—¿Qué?

—La noche… —Bostezaste. Estabas muerto de sueño— no es buena consejera. Lo que pienses o sientas ahora… lo verás diferente cuando se haga de día.

Iba a responder que, en cualquier otra circunstancia y situación te hubiera hecho caso, pero que aquello era diferente.

Como para confirmar mis sospechas, mi BlackBerry se iluminó y vibró, anunciando que había recibido un mensaje.

Alargué el brazo y tanteé la mesilla de noche.

Una notificación.

De: Marcos.

Para: mí.

Me enderecé en la cama. Tú hiciste lo mismo en el colchón, ya despierto. Habías sentido mi intranquilidad y quizás incluso escuchado mi corazón, que se había disparado al leer el mensaje. Pumpumpumpumpum. ¿Se podía morir de eso? ¿En minutos?

El mensaje en cuestión: Te espero mañana a las diez en Central Park. Bethesda Terrace. Si no quieres que cuente todo a la policía, más te vale aparecer.

No esperaste a que te diera el móvil. Lo agarraste con una fuerza inusual en ti.

Lo leíste.

Mierda. Eso fue lo que dijiste.

Sí, mierda.

Por una vez, te habías equivocado.