Todos nuestros silencios CUERPO
17%

CUERPO

CUERPO

El escenario: Montmartre, París.

Los personajes: tú y yo.

Caminas por delante de mí, una bandeja pequeña de cartón con una crepe de chocolate en la mano. Es verano, estamos a casi treinta grados, pero te has empeñado en que quieres una maldita crepe de postre. No un helado, frío. Una crepe, caliente.

TÚ: De chocolate.

El hombre encargado del puesto te ha sonreído, feliz de ver cómo su negocio sigue atrayendo a los turistas pese al calor de agosto. Esa noche, cuando llegue a casa, se lo dirá a su mujer. Que las crepes, en Montmartre, venden en cualquier mes del año.

YO: ¿Dónde quieres ir?

TÚ: A la plaza de los pintores.

YO: Vale, vamos.

Caminamos despacio. No tenemos ninguna prisa por llegar. Estamos de vacaciones. Mi madre nos ha dicho que, hasta la hora de cenar, podemos hacer lo que queramos. En realidad, cuando estamos con Sarah, siempre hacemos lo que queremos. Es una presencia más bien hueca.

El sol nos da de lleno.

TÚ, repitiendo lo que ya me habías dicho hacía unos minutos: ¿Seguro que no quieres una gorra?

Desde hace unos meses, te ha dado por ponerte gorras.

Un fin de semana apareciste con una, verde oscuro, con la cara de un oso estampada en el centro.

Cuando te pregunté por ella, te encogiste de hombros, restándole importancia.

Pero yo no paré de darle vueltas en toda la tarde.

¿Por qué, así, de repente? ¿Te la habría regalado algún amigo?

¿Te la habías puesto porque te quedaba bien y querías estar guapo?

¿Para quién querías ponerte guapo? Últimamente mi cabeza estaba llena de preguntas como aquellas y, por mucho que lo intentara, no se iban a ninguna parte.

YO: No me quedan bien y me aplastan el pelo.

TÚ: Te va a dar una insolación.

YO: Y a ti un corte de digestión.

Ríes.

TÚ: No funciona así.

YO: ¿Y cómo funciona?

TÚ, llevándote un pedazo de crepe a la boca: Normalmente, con cambios de temperatura bruscos.

YO, caminando unos pasos por detrás de ti: Ah, vale.

TÚ: ¿Para qué me lo preguntas si no te interesa?

YO, lo que me gustaría decir: Porque me gusta escucharte hablar.

YO, lo que acabo diciendo: Me lo ibas a explicar igualmente.

Vuelves a reír, ajeno a mi batalla de voluntades, al ruido que me generas.

Cuando llegamos a la plaza de los pintores, ya casi te has acabado la crepe.

Tus comisuras están untadas de chocolate.

Me llevo la mano al bolsillo trasero de las bermudas, donde siempre guardo mi pañuelo de tela, pero, cuando me doy cuenta de lo que estoy a punto de hacer, me detengo.

Me sonrojo, consiguiendo que la temperatura de mi cuerpo suba todavía más.

TÚ: ¿Quieres el último trozo?

Por suerte, me lo preguntas sin mirarme. Estás demasiado interesado en los pajaritos que, a tus pies, picotean las migajas de masa que les has tirado.

YO: No.

Todavía estoy intentando recomponerme, actuar como siempre, normal. Solo que últimamente, esto, lo de actuar normal contigo, no se me da muy bien. Tú nunca lo notas. Lo cierto es que a veces siento que vivimos en realidades paralelas.

TÚ, con la boca llena: Me encantaría.

Me pregunto si me he perdido parte de la frase, pero luego me doy cuenta de que no. Lo has soltado así, porque sí, esperando que yo sepa de lo que estás hablando porque tenemos esta habilidad de saber lo que estamos pensando sin necesidad de decirlo todo. Somos Charles y Connor, ¿no?

No lo sé.

Hoy me cuesta seguirte.

YO: ¿El qué?

TÚ: Saber pintar, cantar, escribir. No sé, tener un talento.

Nos sentamos en la esquina de un banco, a la sombra, muy juntos porque tenemos poco espacio.

A la derecha hay una pareja que, como nosotros, se está tomando un momento para contemplar la plaza y el ambiente y los pintores.

A la izquierda hay una pareja que, a diferencia de nosotros, se susurra al oído, se toma de la mano, y, de vez en cuando, se besa.

TÚ, sin dejar de observar a un anciano que, unos metros más allá, pinta a una mujer desnuda sobre su lienzo: Tú al menos lo tienes. Un talento.

YO: ¿Qué talento?

TÚ: El teatro. Podrías dedicarte a ello, si quisieras. Se te da muy bien.

Resoplo.

TÚ: Es verdad.

YO: Bueno.

Solo ahora, escribiéndote esta carta, me doy cuenta de lo mucho que he cambiado a lo largo de los años y, sobre todo, a raíz del accidente. Por ejemplo, este diálogo. Si lo hubiéramos mantenido años después de lo sucedido en la casa de la montaña, en Columbia o Cornell, habría sido más así:

TÚ, sin dejar de observar a un anciano que, unos metros más allá, pinta a una mujer desnuda sobre su lienzo: Tú al menos lo tienes. Un talento.

YO: ¿Solo uno? Creo que te estás quedando bastante corto. Tengo varios talentos.

TÚ: Eres un creído.

Esbozo una sonrisa pícara.

TÚ: Es verdad.

YO: ¿Y qué hay de malo en serlo?

Siento que el Connor que quedó después del accidente tuvo que hacerse una coraza para protegerse y no perderse en el camino que le estaban obligando a andar.

Siento que decidí combatir con humor, soberbia y habladurías sin sentido lo que me dolía o generaba incertidumbre.

Tú incluido. Siento que aprendí a quitarle importancia a lo que me importaba.

TÚ, de nuevo en la plaza de los pintores: ¿Te gustaría dedicarte a ello?

YO: No lo sé. Puede. ¿A ti?

Esbozaste una sonrisa torcida.

TÚ: ¿Al teatro? Se me daría fatal.

YO: Ya sabes a lo que me refiero.

Te removiste en el banco, incómodo, o tal vez triste.

TÚ: La naturaleza no es un talento. Simplemente… es.

YO: Deja de ser tan racional.

TÚ: Y tú deja de ser tan poco realista.

Un silencio, de los nuestros.

TÚ: Sí, claro que me gustaría. Pero mi padre… nunca lo permitiría.

En ese entonces, John todavía no os había abandonado. Le tenías cierta reverencia, y también miedo.

YO: Medicina en Harvard o Derecho en Cornell.

Esas eran las dos únicas opciones de futuro que te había dado un domingo, mientras comíais en vuestra casa. Me lo habías contado después, con los ojos empapados en lágrimas. Porque por ese entonces todavía te permitías llorar.

TÚ, con el ceño fruncido: Sí. Y odio la sangre así que…

Así que estaba decidido. Cuando el momento llegara, entrarías en la Facultad de Derecho de Cornell y estudiarías para ser abogado.

Fue allí,

[ACOTACIÓN

El escenario: la plaza de los pintores, Montmartre, París.

El año: agosto, 2006.

Los personajes: tú, antes de que descendieras al infierno; yo, antes de que cayera en la oscuridad.]

cuando decidí que, con independencia de lo que yo quisiera, te seguiría a Ithaca y, después de eso, donde fuera necesario.

Porque eres mi mayor suerte pero también mi mayor debilidad.

¿No decías que mi talento era el teatro?

Pues toma teatro.

FIN DEL PRIMER ACTO.