Todos nuestros silencios FRACTURA
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FRACTURA

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Te he pedido un café.

Seguías empeñándote en alimentarme de alguna forma.

Nos habíamos sentado en el Starbucks de la recepción del edificio donde estaba el bufete. Abría veinticuatro horas.

En cuanto había terminado de responder a todas las preguntas de los abogados, me habían dejado salir de la sala.

George me había advertido que no me fuera muy lejos.

Sarah me había sonreído y abrazado. En su cabeza, todo iba a ir bien porque aquello solo era un bache, un pequeño inconveniente en nuestro perfecto día a día.

Yo había asentido y dicho que sí, claro, para quitármelos de encima. Antes de meterme en el ascensor ya te había escrito para saber dónde te encontrabas. Antes de que se cerraran las puertas, ya me habías respondido que me estabas esperando abajo.

Cuando el camarero gritó tu nombre, te levantaste a recoger el pedido. Volviste con dos vasos y una galleta de chocolate. Agarraste un pedazo. Me ofreciste otro. Negué. Insististe. Me lo llevé a la boca. Me supo amargo.

—¿Quieres hablar de ello?

—No lo sé.

Era la verdad.

—Con.

Te miré.

—No me voy a ir a ninguna parte. No te voy a dejar solo. Lo sabes, ¿no?

—No lo sé.

También era la verdad. Todo lo que había pasado durante los últimos días, tanto entre nosotros como al margen de nosotros, había erradicado cualquier seguridad que pudiera tener sobre tu voluntad de permanecer a mi lado.

Depositaste las gafas con cuidado encima de la mesa, dejando al descubierto unos ojos empequeñecidos por el cansancio.

—Lo de antes… Es solo que… Lo siento.

Sabía que tu disculpa era sincera, que te sentías mal por la frialdad que habías mostrado al verme. Pese a merecerla (porque sabía que me la merecía), una parte de mí respiró, aliviada.

—No te voy a dejar solo —repetiste.

—Deberías.

—No digas eso.

—Sabes que tengo razón.

—No.

—Pensaba que eras el listo de los dos.

—Bueno, por fin lo admites. Te ha costado años.

—No te hagas ilusiones.

Amagaste una sonrisa.

Nos quedamos así un rato. Tú bebiendo el té a sorbos, porque todavía quemaba, yo debatiéndome entre seguir hablando para distraerme o sufrir en silencio, hasta que soltaste un suspiro y dijiste:

—Necesito fumar.

Te llevaste una mano al bolsillo y sacaste un porro con cuidado de que nadie te viera. Enarqué las cejas. Cuando fumabas marihuana, solías hacerlo a escondidas.

—¿De dónde lo has sacado?

En lugar de responder, te levantaste y me hiciste un gesto, animándome a seguirte.

Salimos a la calle. La ciudad despertaba en una de nuestras noches más largas.

Como la tormenta no había amainado, nos refugiamos bajo el portal del edificio, apoyados contra los ventanales.

Te subiste la capucha de la chaqueta, encendiste el porro y le diste una larga calada.

El humo se elevó por encima de nuestras cabezas y se perdió en el amanecer frenético de Nueva York.

Alargaste la mano y me lo pasaste. No dudé en agarrarlo.

Estábamos cometiendo una estupidez, pero nos daba igual.

Teniendo en cuenta todo lo que estaba pasando, que alguien oliera la marihuana era nuestra última preocupación.

—Voy a dejarlo —dije mientras exhalaba el humo.

—¿La maría?

—El alcohol.

—Oh.

—No creo que pueda. No después de… Ya sabes.

Te devolví el cigarrillo.

—Ya.

Una pareja se acercaba por Madison Avenue.

Paseaban a un pastor alemán agarrados de la mano en lo que debía ser su caminata matutina.

Al pasar por delante de nosotros, el perro se detuvo, olisqueó el ambiente y emitió un gruñido.

El hombre nos lanzó una mirada reprobatoria.

Cuando se hubieron alejado, reíste. No pude evitar imitarte.

Solo que tu risa era como una melodía y la mía un graznido atragantado.

—Entonces yo también lo dejaré —soltaste una vez que nos hubimos calmado.

—¿La maría?

—Y el tabaco.

—No hace falta que lo hagas.

Te encogiste de hombros.

—Hace tiempo que quiero dejarlo, así que…

Las palabras que no dijiste se mezclaron con el humo del cigarrillo.

Se consumía lentamente en tus labios y, después, en tu mano.

Entendí que aquella era la forma que tenías de demostrarme que ibas a estar a mi lado, por mucho que me pensara que en cualquier momento ibas a abandonarme porque todo se había vuelto demasiado complicado. Y no hablaba solo del accidente.

—Vale —acepté, porque llevarte la contraria no hubiera servido de nada.

Eras una persona razonable, con quien se podía dialogar, pero cuando algo se te metía entre ceja y ceja, no había nadie que te pudiera hacer cambiar de opinión.

En ese sentido, y aunque odiaras admitirlo, eras un poco como tu padre.

Pensar en John me llevó a recordar el momento en el que me habías llamado para decirme que se había ido.

«¿A pasar el fin de semana fuera?», había preguntado, porque en mi mente no cabía otra alternativa. Aunque tu voz, rota y carente de su pulso habitual, debería haberme alertado de que algo no iba bien.

«Para siempre», habías aclarado tú. «Se ha ido para siempre».

Me contaste lo que sabías, que era lo que os había dicho.

Que se había enamorado de otra mujer (más joven) y que ya no podía seguir fingiendo que era feliz en casa.

Que lo había dejado todo cerrado para que no os faltara de nada, ni a tu madre ni a ti, pero que, eso, su vida estaba en otro lugar y no con vosotros.

Es un cabrón. Espetaste la palabra con la rabia que, sabía, habías intentado contener durante demasiado tiempo.

Tú nunca insultabas, y menos a tus padres.

Aunque, bien visto, supongo que John dejó de ser tu padre en el momento en el que se fue por la puerta.

Imagino que, si hubiéramos sabido todo lo que desencadenaría aquel acto, tu rabia habría ido acompañada de furia, miedo y mil emociones más.

Pero ninguno de los dos podría haberse anticipado a lo que vendría después.

Por mucho que me gustara, porque quizás así podría haber evitado la situación en la que nos encontramos hoy, no somos adivinos ni profetas.

Yo siempre me vanaglorio de mis intuiciones y lo mucho que me ayudan a leer a la gente y las situaciones, pero ni la intuición más fuerte podría haberme preparado para ese después que se ha convertido en nuestro ahora.

—¿Sigues aquí porque te sientes en deuda por lo de tu familia? —te pregunté, obcecado en encontrar un motivo que explicara tu insistencia en permanecer a mi lado.

Te tomaste un segundo para entender lo que estaba insinuando y, cuando lo hiciste, abriste mucho los ojos. Tiraste el porro consumido al suelo mojado y lo pisaste con más fuerza de la necesaria.

—No seas idiota.

Lo de no insultar era antes.

Desde la separación de tus padres y todo lo que la había seguido te habías vuelto más volátil. A veces eras el que solías ser y otras te convertías en una persona distinta. Como antes, en la gasolinera, o arriba, en el bufete, o ahora, frente a mí.

—Entendería que fuera por eso, pero…

—Connor.

Una advertencia. La desoí.

— … las situaciones no pueden compararse. Tú eres una víctima de las decisiones de tus padres. Yo soy el culpable de un crimen. Además…

—Cállate.

—Es la…

—¡Cállate de una puta vez!

Me callé.

Empezaste a caminar de un lado a otro del portal, lejos de los ventanales y de mí. No te importó que la lluvia, ahora más fuerte, te empapara de nuevo.

Te conocía. Tus cambios de humor y la forma en la que cada mañana mirabas por la ventana antes de decidir cómo vestirte.

Te conocía. Tus anhelos y también tus demonios y tus vidas porque, pese a lo joven que eras, habías vivido varias.

Te conocía. Tus ojos, cómo eran un espejo de lo que estabas sintiendo.

Te conocía. Muy bien. Más que bien. Y era consciente de que querías un momento para ti porque mi actitud te estaba enervando.

Te conocía y sabía que estabas buscando una forma de gestionarte, gestionarme, gestionarnos, sin hacer que todo saltara por los aires. Y por «todo» me refiero a mí.

Te conocía, pero también me conozco, y por eso ignoré conocerte, solo por un momento, y dije lo que me estaba quemando la garganta. Lo que yo necesitaba.

—Entonces ¿por qué?

—Ya sabes por qué. —Devolviste mis palabras sin dejar de caminar.

Pero yo quería escucharte decirlo. Quizás en otra ocasión me hubiera conformado con una respuesta como aquella.

Pero no ese día. No después del accidente, a las puertas del edificio donde me habían interrogado durante más de una hora.

No con el efecto del porro danzando por todo mi cuerpo y mi cabeza, trayendo de vuelta recuerdos de las últimas semanas que, por más que quisiera, era imposible de olvidar.

Te insistí con un gesto de la cabeza. Continúa. Habla. Dilo.

Y tú continuaste, hablaste. Solo que no dijiste lo que quería escuchar.

—Eres mi mejor amigo.

Ahora sí, te habías detenido frente a mí, con las manos extendidas, las palmas mirando al cielo, como queriendo decir esto es todo lo que puedo ofrecerte, o lo tomas o lo dejas.

Como si tuviera opción de dejarlo.

Me alucinaba cómo, a esas alturas, todavía no entendías que, para mí, el verdadero reto no era dejar el alcohol, sino dejarte a ti. Eres la adicción de la que nunca podré desintoxicarme.

Las puertas automáticas de la entrada se abrieron y por ellas apareció la abogada que había estado tomando notas de mi declaración. Y así, lo que había planeado contestarte se perdió en la ciudad.

—¿Connor? —Su voz tenía un deje extranjero que no supe identificar—. Necesitamos que subas. Solo será un momento. —Si olió la marihuana fingió no hacerlo.

La habían enviado a buscarme porque sabían que, con ella, me comportaría. Que no montaría un escándalo ni intentaría ninguna estupidez. George y Sarah no eran perfectos, tampoco encajaban en el modelo de padres normales y tradicionales , pero me conocían bien.

—Ya. Vale, voy.

—Te espero junto a los ascensores.

Volvimos a quedarnos solos. Tú, yo, la lluvia, y las palabras que no nos habíamos dicho.

Me peiné el pelo hacia atrás con las manos y ajusté la chaqueta, intentando adecentar mi aspecto. Para qué, no tenía ni idea.

—¿Cómo tengo los ojos?

Te acercaste y me examinaste.

—Rojos.

Tu aliento me hizo cosquillas en el rostro.

—Joder —maldije, pero no por lo que creías.

—Podría ser el cansancio. Llevas muchas horas despierto.

Me despegué de los ventanales y caminé hacia las puertas automáticas, dispuesto a volver a entrar en el edificio. Tu voz me detuvo.

—Connor.

Me giré, la esperanza brotando en mi pecho, la imaginación corriendo libre por la avenida: No quiero ser solo tu amigo, te amo, te necesito, no voy a hacerte esperar más, estoy aquí aquí aquí.

—Irá bien.

Asentí, un niño al que le acababan de pinchar el globo.

—Vale.

—Estaré aquí, cuando acabes.

No te dije lo que pensé.

Que el aquí al que hacías referencia,

no era el aquí que necesitaba.