Todos nuestros silencios CUERPO
13%

CUERPO

CUERPO

—¿Qué haces?

Me mordí el interior de las mejillas, buscando contener una sonrisa. Te había escuchado llegar. La forma en la que te movías, arrastrando las puntas de los zapatos por el jardín, era inconfundible.

—Nada —canturreé.

Esa mañana te habías despertado antes que nadie y habías salido en barca con Malcolm, el hijo de un pescador de Montauk. No me habías avisado.

—Tienes un libro entre las manos.

—¿Y?

—Tú no lees, Con.

—Sí que leo.

—No.

—¿Qué vas a saber tú?

—Soy tu mejor amigo.

Yo me encogí de hombros y pasé otra página de 1984 . Era el primer libro que había encontrado en la biblioteca de los Hamptons.

Fingí que leía mientras me observabas en silencio. Te habías sentado en la tumbona que quedaba justo al lado de la mía. Delante de nosotros, el mar de primera hora de la mañana se mecía en un ir y venir agradable e infinito.

—¿Quieres desayunar? —preguntaste unos minutos después.

—Ya he desayunado.

—¿Qué te pasa?

Aquella actitud no era propia de mí, y tanto tú como yo lo sabíamos. Pero qué quieres que te diga, estaba enfadado y, a esa edad, no sabía gestionar mis emociones. Pensándolo bien, creo que estas cartas han sido la excusa perfecta para aprender a hacerlo.

—Nada.

—Con.

—Qué.

Un silencio, pero no como los de siempre. No de los nuestros.

A lo lejos, dos gaviotas se gritaban y peleaban por un trozo de comida.

—¿Dónde vas? —solté cuando te levantaste.

—No lo sé, a cualquier lugar.

—¿Con Malcolm?

Escupí el nombre.

—No.

Pasé otra página del libro. Por hacer algo.

Estabas a punto de irte y quería llamar tu atención para impedirlo. Porque estaba enfadado pero a la vez quería estar contigo. Siempre quería. Y quizás, aquel era el problema. Que tú no me necesitabas como yo te necesitaba a ti.

—Nosotros también tenemos una barca —dije.

—Ya lo sé.

—¿Entonces?

Cerré el libro de golpe y, por primera vez desde que habías llegado, te miré.

—Si quieres ir en barca, podemos ir. Se lo puedo pedir a mi padre. No tienes que ir con él.

—¿Por qué lo dices así?

Me encogí de hombros.

—Es el hijo de un pescador.

De pronto, estabas delante de mí. Te habías cruzado de brazos.

Llevabas una camiseta azul marino y un bañador de rayas blancas y naranjas que mi madre te había regalado la Navidad pasada.

Tus piernas estaban cubiertas por una finísima capa de vello oscuro.

Aquella fue la primera vez que recuerdo haber pensado que ya no eras un niño.

Teníamos once años y ya no éramos niños.

—¿Y?

Me estabas desafiando. Sabías perfectamente lo que estaba insinuando pero querías que lo dijera en voz alta.

Porque querías reprenderme y echarme en cara que era un esnob y un clasista, palabras que te gustaba lanzar contra otros pero jamás contra ti mismo.

Tú no eras así. Tú estabas por encima. Tú ibas más allá. Tú tú tú.

La rabia pudo conmigo. Me levanté yo también, irguiéndome por encima de ti porque siempre he sido más alto.

—Estás en mi casa. —Fue lo único que se me ocurrió decir.

—Y qué tiene que ver eso con…

—No quiero que quedes con él.

Bufaste. Solías hacerlo cuando algo no te parecía bien.

—¿Desde cuándo estar en tu casa significa que tengo que seguir tus normas?

Me encogí de hombros, un gesto que podía significar tanto que no lo sabía como que sí. Tú apretaste más los brazos contra tu pecho, esperando una respuesta. Cuando no la obtuviste, volviste sobre lo mismo:

—¿Porque es el hijo de un pescador o porque no eres tú?

Se me escapó una carcajada seca y abrí la boca, dispuesto a gritarte que las dos cosas. Lo primero, pero sobre todo lo segundo. Por suerte, la voz de Sarah llamándonos desde alguna parte me impidió decir nada.

Fuiste el primero en alejarte.

Escuché tus pasos guiándote de vuelta a la casa, las puntas de los pies arrastrándose por la hierba recién cortada.

Antes de seguirte, porque siempre lo acababa haciendo, me quedé allí, observando el mar, pensando en lo que había estado a punto de admitir, tanto a ti como a mí mismo.

Ese fue el momento en el que me di cuenta.

No era que no quisiera que tuvieras otros amigos. Era que me daba miedo que alguno fuera más especial que yo.