Todos nuestros silencios FRACTURA
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FRACTURA

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El sándwich de jamón y queso se había quedado frío sobre la mesa. Había conseguido darle un total de dos bocados antes de que mi estómago volviera a retorcerse de dolor.

—Intenta comer algo —habías dicho.

En algún momento de la última hora, habías vuelto a entrar en la sala y, con cautela, depositado una botella de agua fría y el sándwich frente a mí.

Al ver que no los tocaba, los habías acercado más, como si mi estupor fuera una cuestión de distancia y no del estado de pánico en el que todavía me encontraba.

—Te sentirás mejor —me habías asegurado antes de que te invitaran a salir de la sala.

Solo entonces, había reaccionado.

—No, no. Esperad.

Quería que te quedaras, que me ayudaras a sobrellevar aquel infierno que se estaba volviendo más y más real.

Tú te habías detenido. Habías mirado a mis padres y a los abogados. Pero George había soltado que no, lo sentía pero no, y con un gesto de la mano, te había indicado que te fueras.

Tras cerrarse la puerta, el abogado había seguido con sus preguntas sobre la noche del accidente:

—¿Recuerdas lo que habías bebido antes de subirte al coche?

Recordaba que había sido demasiado, incluso para mí.

—No lo sé… ¿Tres o cuatro cervezas, un par de vasos de vodka y algo más?

—¿Describirías el estado en el que estabas como uno de ebriedad?

Sí .

—Supongo…

—En la fiesta, ¿comentaste con alguien que te sentías mareado, que tenías ganas de vomitar o que estabas ebrio?

Charrrrlesss, brinda conmigo, baila conmigo. Deberías dejar de beber, Connor, ya estás bastante borracho. Noooo, no es suffficiente .

—Eh… No me acuerdo.

—¿Hiciste algo que pudiera dar a entender que estabas ebrio?

Quién me acommmpaña en esssta aventuraaaa , había berreado después de subirme a la mesa de madera que se encontraba en el centro del comedor, con decenas de adolescentes bebiendo y bailando a mi alrededor.

—Eh… Sí. Bueno, no lo sé… Quizá…

El abogado de traje negro suspiró. Estaba claramente frustrado por mis respuestas.

—Vamos a necesitar que seas más específico, Connor. Si no colaboras, no podremos ayudarte.

—Yo… —Me sentía perdido.

Pese a saber que tenía que hacerlo, una parte de mí todavía se resistía a darles toda la información.

No quería revivir aquella noche, volver a sentir el peso de mis actos.

Cada vez que lo hacía, la culpa me hundía un poco más en mi miseria.

Pero la otra parte… Estaba tan exhausto que esa otra parte solo quería ofrecerles lo que pedían y terminar con aquello.

Aunque, en realidad, la pesadilla solo acababa de empezar.

—Es por tu bien, Connie. —Mi madre sacó un espejo pequeño del bolso y comprobó el estado de su maquillaje.

—Cuando antes respondas antes podrás salir de aquí —aportó mi padre.

Salir de aquí… y estar a salvo. Estar con Charles.

Agarré la botella de agua, le di un largo trago y me erguí sobre mi silla mientras murmuraba que de acuerdo, lo siento, seré más específico.

Mi cambio de actitud le arrancó a George una media sonrisa. Cabrón. Sabía exactamente qué teclas tocar para hacerme reaccionar.

Que se regodeara todo lo que quisiera en su pequeña victoria. Me daba igual. En ese momento lo único en lo que podía pensar era en irme de ese puto despacho contigo y buscar un rincón de Nueva York en el que nadie pudiera encontrarnos.

El abogado apagó la cámara e, inmediatamente después, volvió a encenderla.

—Empecemos de cero, desde el principio —propuso.

A su lado, la chica de la libreta arrancó la página en la que había estado escribiendo.

Yo asentí.

Me esforcé por dar detalles y ser preciso pese al veneno que me corroía por dentro.

Mis padres me escucharon confesar que era un criminal, el responsable de la muerte de una chica, como quien escuchaba las noticias sobre un país extranjero que acababa de vivir una catástrofe: con una atención desapegada y estéril.

Les sabía mal, pero no les afectaba. No me tendría que haber sorprendido ni afectado.

Llevaban siendo así toda su vida. Sin embargo, me causó un rechazo casi físico.

—¿Quién se subió contigo al coche?

—Marcos, Ronald y… — No lo digas, no lo digas, no lo digas —. Vanessa.

El nombre ardió en mi garganta.

Aparté la mirada de la cámara como un niñato que no quería que sus amigos lo sorprendieran llorando.

—¿Solo ellos tres?

Me apreté los lagrimales.

—Sí.

—¿De quién era el coche?

Parpadeé varias veces, tratando de detener las lágrimas, pero solo conseguí que empezaran a deslizarse libres por mis mejillas.

—Mío.

El Range Rover había quedado destrozado después del accidente. Inservible. Al salir del Presbyterian, Sarah me había acariciado el pelo y me había susurrado que no me preocupara, que me comprarían otro.

—¿Quién conducía?

—Yo.

Gemí la admisión a la vez que un dolor agudo me atravesaba el pecho. Me encorvé sobre mí mismo, deseando que aquello fuera un ataque al corazón. Si me desplomaba allí mismo, sobre la mesa, quizá tenía la suerte de no volver a despertarme.

Cobarde.

—¿En qué asientos iban sentados…? —El abogado alargó el cuello para leer las notas de su compañera.

No se acordaba de los nombres de sus amigos.

¿Qué más le daban? Para él solo eran sujetos en otro de los cientos de casos que iba a llevar a lo largo de su carrera profesional—. Marcos, Ronald y… Vanessa.

—Marcos y Ronald, en los traseros. Vanessa, en el del copiloto.

—¿Estaban ebrios?

—Sí.

—¿Algún otro detalle que quieras destacar?

—¿En plan?

—Algo que dijeron o hicieron que pueda ser relevante.

—No… O sí, espera. Vanessa se negó a ponerse el cinturón. Se lo repetí varias veces pero no me hizo caso. Iba muy borracha.

El abogado murmuró que bien, bien, eso les servía muchísimo para construir, que eran esos detalles los que necesitaban.

—Explícanos qué pasó después —añadió.

—¿Después de qué?

—Después de que os subierais al coche.

Me sequé el sudor de las manos con las perneras del pantalón. Tomé otro trago de agua. Agarré el sándwich. Volví a dejarlo sobre la mesa.

—Empecé a…

Las palabras se atascaron en mi garganta.

Carraspeé una vez, dos, tres.

—Empecé a conducir…

La voz de Vanessa inundó la sala. Estaba a mi lado, cantando.

Había bajado un poco la ventanilla del copiloto, permitiendo que el aire helado de invierno se colara en el coche.

¡Ey, V! Sube la puta ventanilla . Vanessa soltó una carcajada exagerada y la bajó todavía más.

Marcos y Ronald gritaron sus protestas, enfurecidos con la chica.

Yo les dije que o se callaban o paraba el coche y los dejaba tirados en medio de la carretera.

No me tomaron en serio.

—¿Qué pasó después de que os subierais al coche, Connor?

Ignoré la voz. No necesitaba más distracciones. Ya tenía suficiente con aquellos tres idiotas que no paraban de reír y discutir. Además, debía centrarme en la carretera que, por alguna razón, cada vez era más estrecha y oscura y tenía más curvas.

Vanessa me agarró del brazo y empezó a sacudirme. Otra vez cantaba la maldita canción. Reía y reía mientras se balanceaba de izquierda a derecha, intentando que yo también le siguiera el ritmo.

Y entonces, solté el volante. Lo hice el tiempo justo para empujar a Vanessa contra la puerta del conductor y espetarle que me dejara en paz.

Lo hice el tiempo justo para que un ciervo cruzara la carretera.

Para que Vanessa abriera mucho los ojos y gritara algo que no pude entender, la diversión desvanecida tras una máscara de pánico.

Para que yo devolviera la atención a lo que tenía delante y diera un volantazo agresivo.

Para que el Range Rover impactara contra el guardarraíl.

Para que el silencio lo inundara todo, y solo se escuchara:

la vida del bosque,

la muerte de una chica.

—Vamos a tomarnos un descanso de diez minutos.

El pitido de la cámara al detenerse la grabación. Una mano sobre mi hombro. Un «ya me quedo yo con él». El ruido de la puerta al abrir y cerrarse.

—Connor.

George estaba apoyado contra el borde de la mesa, erguido sobre mí.

Yo mantuve la cabeza gacha. Era un perro arrepentido que se acababa de mear en casa y no sabía hacer otra cosa que esconder la cola entre las patas traseras.

—Connor.

Esta vez, lo dijo con un deje de impaciencia que me recordó a cuando, de pequeño, me negaba a comerme las judías salteadas que Rosita preparaba todos los martes para cenar.

Al principio, era paciente, pero después de unos minutos, empezaba a irritarse.

Connor . Cuando pronunciaba mi nombre de aquella forma, la misma en la que lo estaba haciendo ahora, sabía que había perdido y había llegado la hora de obedecer.

Alcé el rostro y me encontré exactamente con lo que había estado esperando: nada.

—George —pronuncié, a falta de una mejor respuesta.

—¿Necesitas algo?

No haber matado a una persona.

—No.

—Los abogados volverán en unos minutos —comentó mientras se ajustaba los puños de la camisa—. Te harán algunas preguntas más. Después podremos ir a casa. Ellos se encargarán de todo.

—Merezco pudrirme entre rejas.

Sabía que decir aquello no serviría de nada. Aun así, sentí la necesidad de dictar mi propia sentencia. De recordar y recordarme lo que había hecho antes de que los abogados empezaran a trabajar en una forma de exculparme del lío en el que me había metido… Del crimen que había cometido.

Mi padre resopló.

—No seas estúpido. Eres un Hannaway. No vas a pasar en la cárcel ni un puto día.

George era un hombre prudente. Medía cada palabra, asegurándose de que fuera la adecuada según el contexto en el que se encontraba. Y también cada gesto, pues lo habían educado para no mostrar más de lo que debía o se consideraba socialmente aceptado, en especial para un hombre.

Por eso, su arrebato me sorprendió.

—Pero… —balbuceé—. Es mi culpa… Es lo justo…

—Escúchame bien, Connor.

Me agarró del mentón, forzándome a mirarlo.

—En la vida, la justicia no existe, solo el poder.

Cuando me hube quedado solo en la sala ( tienes cinco minutos para recomponerte ) enterré la cabeza entre las manos y esperé a que las lágrimas volvieran a humedecerme los ojos.

Pero por alguna razón, no lo hicieron. Por primera vez desde el accidente, me sentía frío y carente de emoción.

Como si algo dentro de mí hubiera muerto o se hubiera apagado.

Como si, después de todo, mis padres hubieran conseguido lo que siempre habían querido: arrancarme la humanidad y convertirme en un producto más de la enorme cadena de montaje que era su vida.