CUERPO
CUERPO
Ese día, ir al colegio se convirtió en algo especial.
Porque sabía que, cuando saliera, estarías allí.
Lo que no podía llegar a imaginarme era que aquella dinámica, la de tú esperándome sobre el muro bajo de ladrillo del edificio que quedaba justo delante de la entrada, se repetiría varias veces a lo largo de los años.
El lugar iría cambiando, pero tu ceño fruncido por la concentración, tus rizos enmarañados de tanto removerlos y el libro entre tus manos, siempre serían los mismos.
Ese último fin de semana había estado en tu casa y, antes de marcharme, le había preguntado a tus padres si el miércoles podíamos ir a merendar a uno de mis lugares preferidos de la ciudad.
—Está cerca de mi colegio. —Había dicho dirigiéndome a John, porque aunque tu madre también estuviera allí, sabía que era de él de quien tenía que ganarme la aprobación.
—Los miércoles Charles tiene atletismo.
—Lo sé. —Me había apresurado a añadir—. Yo tengo teatro hasta las seis. Podemos ir después.
Te podría haber preguntado si te apetecía, si te parecía bien, pero no lo hizo.
Para ese entonces, ya me había dado cuenta de que John no se preocupaba por lo que querías o cómo te gustaría ocupar tu tiempo.
Solo le importaba que cumplieras con sus expectativas.
Para él, yo era una distracción en tu camino al éxito.
Una amenaza. Lo había sido desde el principio.
—Venga, John. Deja que los niños vayan a merendar. —La súplica de Gianna se coló entre nuestro intercambio, débil pero cargada de la misma esperanza que yo tenía.
La sonrisa que se dibujó en tu rostro cuando finalmente accedió compensó lo mal que lo pasé más tarde, cuando se me acercó y susurró que como me interpusiera en tus obligaciones, te prohibiría volver a verme.
Desconozco lo que pasó después de que me fuera, si discutisteis o tu padre te mandó directamente a dormir.
No solías contarme mucho de lo que pasaba en tu casa.
Eso vino unos años después, cuando ya no pudiste aguantar el miedo y la rabia y la frustración que llevabas demasiado tiempo guardándote y me lo soltaste de golpe, mientras les dabas de comer a los patos en Central Park.
Pero allí estabas, pasando las páginas de una enciclopedia ilustrada sobre la fauna y la flora de los parques naturales de Estados Unidos. Joana, tu niñera, unos pasos más allá. Nunca te sacaba el ojo de encima.
Cuando me escuchaste llegar, levantaste la mirada. Era como si tuvieras un radar para saber dónde estaba.
—Hola, Con.
—Hola, Char.
Saltaste del pequeño muro y te quedaste así, de pie, abrazando el libro.
—¿Cómo ha ido el atletismo?
—Bien. ¿Tu teatro?
—Bien.
Un silencio. Tranquilo, sencillo, irremplazable. Triple. Infinito.
Y después:
—¿Vamos?
—Vamos.
En la cafetería, abriste mucho los ojos al leer el menú.
—¿No te gustan las tortitas? —En el ansia por enseñarte uno de mis sitios preferidos, no se me había ocurrido preguntártelo.
Negaste rápido dos veces y dijiste que no, no era eso.
—No sé cuáles escoger.
Aquel día aprendí que lo pasabas mal en los restaurantes cuando no sabías por qué plato decantarte porque te apetecían demasiados. Te propuse que pidiéramos varios y picáramos un poco de cada uno, pero volviste a negar.
—No quiero tirar comida.
Al final pedimos unas tortitas de chocolate con leche y fresas y otras de mantequilla y sirope de arce.
Para beber, dos batidos de Oreo. Nos inflamos de azúcar mientras me contabas lo que habías aprendido gracias a tu enciclopedia.
Que Yellowstone era considerado el primer parque nacional del mundo.
Que Yosemite albergaba unos árboles llamados «secuoyas gigantes» que tenían más de dos mil años.
Que en la Columbia Briánica había una cascada ocho veces más alta que las cataratas del Niágara.
Que algunas plantas carnívoras (dijiste algo en latín que no entendí) vivían en suelos pobres y comían bichos para compensarlo.
Te soy sincero, si se hubiera tratado de otra persona, le habría dicho que se callara o directamente la habría ignorado. Ya sabes cómo soy. Me interesa lo que me interesa y lo que no, no podría interesarme menos. En este sentido, soy egoísta. Lo sé.
Pero eras tú quien, con los labios embadurnados de sirope, me estabas contando aquello.
Así que escuché cada palabra con una atención inusual, contentándome con ser un actor secundario en lugar de la estrella de la obra.
En un punto de tu detallada explicación, sacaste la enciclopedia de la mochila y pasaste sus gruesas páginas hasta que encontraste lo que querías enseñarme.
—¿Lo ves? —dijiste señalando la imagen de un oso de pelaje marrón oscuro—.
Este es un oso negro americano. ¿Sabías que algunos tienen un gen recesivo que hace que nazcan completamente blancos?
Se llaman «osos espíritu» y son animales sagrados para muchas Primeras Naciones de la costa de la Columbia Británica. Un día iré allí a verlos. Es mi sueño.
Yo me incliné sobre la mesa para estudiar al animal más de cerca.
Mi gesto, tan sencillo, te alentó a seguir pasando páginas. Con cada dato o apunte que me lanzabas, te emocionabas más.
—¡Pueden mover rocas de más de trescientos kilos!
Tu arrebato sobresaltó a Joana que, una mesa más allá, profirió un pequeño grito.
—Lo siento —te apresuraste a añadir, avergonzado—. Mi padre dice que a veces me dejo llevar demasiado por mis tonterías y que no debería… Te estoy aburriendo.
Cerraste la enciclopedia y la guardaste rápidamente en la mochila.
—Lo siento —repetiste.
Tal y como había aparecido, la ilusión desapareció de tu rostro. Me sentí como si hubiera estado viendo una película a todo color y, de repente, alguien la hubiera cambiado al blanco y negro.
Quise replicar que no estaba aburrido, sino todo lo contrario, pero te me adelantaste.
—Es solo que… —Pude percibir tu inseguridad—. No hablo de estas cosas con ninguno de mis otros amigos. Pero contigo… No sé.
No hizo falta que añadieras nada más. Aunque fuéramos unos niños, te entendí. Porque a mí me pasaba lo mismo. Yo también tenía otros amigos. En el colegio, en los Hamptons, incluso en mi grupo de teatro. Mi madre solía decir que, si quisiera, podría hacerme amigo hasta de una piedra.
Pero por alguna razón, tú eras diferente.
Contigo, me sentía de una forma en la que no me sentía con esos otros amigos, o incluso con mis padres. A tu lado, no tenía que esforzarme por ser alguien que no era.
Era simplemente Connor.
Y tú eras simplemente Charles.
Así de fácil.
Agarré el tenedor y dibujé un triángulo de sirope sobre el plato vacío.
—Yo también tengo otros amigos, pero ninguno como tú —murmuré, la mirada clavada en la mesa.
Al lado del triángulo, una redonda pequeña.
—Un día me los enseñas.
—¿El qué?
—Los osos espíritu.
—Pero para eso tenemos que ir a la Columbia Británica.
—Pues vamos.
Entonces, dejé el tenedor, extendí la mano para agarrar tu batido y me lo terminé.
—¿Pedimos otro? —dije, sacudiendo el vaso a escasos centímetros de tu nariz.
Cuando sonreíste, lo hiciste con todos los dientes, incluido el que se te había caído hacía una semana.
Años después, fuimos. A la Columbia Británica.
Tú cumpliste tu sueño de ver a los osos espíritu.
Yo, el de verte a ti allí.