Todos nuestros silencios FRACTURA
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FRACTURA

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—Has venido.

De alguna forma, había conseguido llevarte, llevarnos , lejos. Del vestíbulo, de la sala, de mis padres, de los abogados. No sé qué pretexto había dado, solo que teníamos poco tiempo.

—Estás aquí —repetí.

Te toqué el hombro, como si quisiera asegurarme de que eras real y no una construcción de mi mente.

La última vez que te había visto había sido en el hospital, en la habitación donde me habían hecho todos los exámenes y pruebas y donde te había confesado que había matado a alguien.

Tú te habías quedado mudo y yo paralizado, porque ¿y si acababa de rompernos?

Antes de poder preguntarte nada, te habían arrancado de mi lado.

No había vuelto a saber nada de ti.

Hasta ahora.

Quise quedarme así, mi mano sobre la tela empapada de tu chaqueta, pero te sacudiste y diste un paso atrás.

Tu espalda chocó contra la puerta del despacho en el que nos había encerrado.

Esa reacción, como si mi contacto te generara rechazo, activó todas mis alarmas y me aterrorizó más que la idea de pasar los próximos años entre rejas.

Quería preguntarte si me odiabas, si lo que había hecho lo había cambiado todo entre los dos (¿nos he roto?), pero no me atrevía a hacerlo por miedo a tu respuesta.

Me mordí el labio reseco, buscando un coraje que nunca había tenido.

Falto de palabras, me limité a mirarte y encontrar en tus ojos la respuesta que necesitaba.

Pero no me la diste.

Yo, que siempre había sido capaz de interpretar hasta tus gestos más sutiles, ahora no podía entender lo que estaba pasando por tu cabeza.

—¿Cuál es el plan? —Seco, esquivo.

Mi pecho se hinchó de rabia. Toda dirigida hacia mí y mi estupidez y la forma en la que había permitido que aquello sucediera, y por qué no te había hecho caso cuando me habías dicho, más bien suplicado, «por favor, Con, no lo hagas», y cómo había jugado con tu preocupación y me había regodeado en la sensación de, por una vez, ser el que tenía el poder sobre nosotros. No tú. Yo.

Implosioné.

—¿Plan? ¿Qué plan? ¡No tengo un puto plan, Charles!

Mi arrebato te sobresaltó. Te llevaste una mano a los labios, pidiéndome que bajara el tono y me calmara. ¿Pero cómo iba a calmarme si tú me mirabas y hablabas de aquella forma?

—Vale, vale… Tranquilo. —Recuperaste parte del espacio que habías interpuesto entre los dos—. Lo que quiero decir es que… —Te sacaste las gafas y frotaste los ojos. Era evidente que estabas agotado—. Joder, vale. Escucha. Todo va a salir bien.

—¿Todo va a salir bien? —repetí, incrédulo.

Asentiste. Dios, qué mal se te daba mentir en aquel entonces.

—¡He matado a una persona! —Te recordé la verdad que, ahora sí, conocías. El motivo por el que seguramente estabas tan distante y ya no querías saber nada de mí. El pensamiento hizo que mi voz se quebrara. También mi cuerpo. Perdí la fuerza de golpe, desplomándome sobre la silla que tenía al lado.

Aquello era una pesadilla. Sí, era eso. Estaba soñando y, cuando menos me lo esperara, me despertaría y todo —la fiesta en la montaña, el accidente, las ambulancias y la policía, mis padres y sus advertencias, aquel jodido bufete de abogados— habría desaparecido.

—No, Connor, no estás soñando.

Te habías arrodillado frente a mí. Ahora que te tenía cerca, pude ver las pequeñas gotas de agua que te resbalaban por el rostro y desaparecían bajo el cuello de tu jersey negro.

¿Habías adivinado lo que estaba pensando o lo había dicho en voz alta?

Definitivamente, se me estaba yendo la cabeza.

A cada hora más. Y seguiría así hasta que me volviera loco y no solo tendrían que encerrarme en una cárcel sino también en un psiquiátrico.

En una cárcel-psiquiátrico. No sabía ni si aquello existía pero…

—¡Connor!

Chascaste los dedos a escasos centímetros de mi nariz.

—Deja ya de balbucear estupideces. —Tus facciones, siempre amables, volvieron a endurecerse.

Nunca te había visto así. Más tarde entendí que te habías vuelto fuerte por mí, porque yo me había dejado llevar por el pánico y, si no te armabas tú de valor, acabaríamos cayendo los dos. Pero en ese momento solo percibía frío y, viniendo de ti, me asustaba.

—No estamos en una de tus películas italianas —seguiste. Gesticulabas de forma exagerada, como si dudaras de que estuviera entendiéndote cuando, en realidad, cada una de tus palabras se me estaba clavando en el pecho—. Esto es real. Está pasando. ¿Me oyes?

Cuando no me moví, me sacudiste con fuerza.

—¿Me oyes? —repetiste, más firme, más frío.

Asentí a cámara lenta, luchando por seguir respirando.

—Estás a punto de entrar en una sala llena de abogados. Te van a hacer preguntas sobre la fiesta y el accidente. Tienes que responder. Cuanta más información tengan…

No se atrevió a terminar la frase.

—No lo entiendes —conseguí articular, aunque de forma ahogada—. Cada vez que cierro los ojos… Lo revivo todo.

La gente bailando, las botellas de alcohol tiradas por cualquier esquina, tus manos aferrándose a la ventanilla bajada del coche («es peligroso»), la puta canción en bucle, la carretera desierta, Marcos y Ronald discutiendo en los asientos traseros, la carretera borrosa, la puta canción en bucle , la carretera, un ciervo cruzándola. Gritos. Sangre. Cuerpos.

Tomé aire. Me dolía respirar.

—No puedo… No quiero… ¿Cómo voy a vivir así?

—No lo sé. Pero tienes que hacerlo.

Fue allí, en esas últimas cuatro palabras, donde te volví a sentir. Mi estúpido corazón reaccionó al instante. Entonces, ¿no me odiabas? ¿No me resentías? ¿Significaba eso que tú también podías vivir con lo que había hecho?

—Sé que ahora mismo lo único que quieres es salir corriendo. Pero tienes que entrar en esa sala. Tienes que seguir adelante. —Apoyaste la mano sobre mi rodilla—. Hazlo por mí.

Me manipulaste. Tú, que siempre huías cuando más te convenía, me estabas pidiendo que hiciera justo lo contrario. Te estabas aprovechando del poder que, sabías, albergabas sobre mí. No tenía ninguna intención de caer en el juego de mis padres y, aún así, doblegaste mi voluntad para que lo hiciera.

Como un niño perdido, tomé la mano que me tendiste y obedecí. En algún punto entre el despacho y la sala, me soltaste. Pero yo te seguí igualmente. Me encontraba en una especie de trance, drogado por el trauma de las últimas horas, la falta de sueño y tu presencia.

A mi alrededor, todo eran voces.

—¿Qué le pasa?

—Nada, solo está cansado.

—George, Sarah, tenemos que empezar ya con la declaración.

—Necesita agua y algo de comida. Si pasa más horas sin ingerir nada, acabará desmayándose.

—¿Podrá declarar?

—Sí.

—Ay, mi pobre Connie…

—Necesitamos que esté lúcido. De lo contrario, estamos malgastando el tiempo.

—Quizá mañana…

—No.

—Tiene que ser hoy. Ahora.

—Ve a buscar un vaso de agua y algo de comer.

—Hijo, ¿me oyes?

—Parece ido.

—Es el shock . De verdad, tiene que comer algo…

—Cuanto antes tengamos la declaración, antes podremos empezar a hacernos una idea de lo grave que es la situación.

—Ahora vuelvo.

Pam . El ruido seco de la puerta cerrándose.

De alguna forma, supe que ya no estabas allí, a mi lado. Me giré para buscarte, pero mi padre me llamó, obligándome a centrarme en él. ¿Dónde te habías ido?

Cinco pares de ojos me observaban desde el otro lado de la mesa. En el centro, sujeta por un trípode, una cámara de vídeo me enfocaba. Un hombre vestido con un traje negro extendió la mano y le dio al botón de grabar.

—Estamos listos —dijo.

Le hizo un gesto a la chica que estaba sentada a su lado y esta abrió una libreta, dispuesta a tomar notas de lo que iba a relatar a continuación.

Entendí que lo que estaba a punto de suceder no tenía nada que ver conmigo o con lo que yo quería.

Una vez más, era una marioneta, una barcaza de madera a la deriva, sin rumbo ni control sobre su propio timón.

Por mucho que quisiera, ya no podía detener ni cambiar el curso que estaba tomando mi vida.

En realidad, nunca había podido. Desde que había nacido, todos mis pasos o decisiones habían estado cuidadosamente planeados por mis padres.

Lo único que no habían podido doblegar era mi corazón: lo que sentía y por quién latía.

Sabía que, si tenía que escoger entre mi cuerpo, cabeza y corazón, siempre escogería mi corazón. Siempre te escogería a ti.

Así que me resigné.

Acepté que había vuelto a perder.

Que, una vez más, tendría que interpretar el papel que George y Sarah llevaban imponiéndome desde que me habían concebido.

—Empecemos por el principio. ¿Sobre qué hora llegaste a la casa de la montaña el pasado doce de diciembre?

La gente bailando.

Las botellas de alcohol.

Tus manos en el coche («por favor, Con»).

La canción.

La carretera.

El ciervo.

Gritos

Sangre.

Cuerpos.

Joder.

Sí, había vuelto a perder y, al hacerlo, había caído en un hueco profundo del que, temía, ni tú podrías rescatarme.