CUERPO
CUERPO
—Connie, él es Charles Aster.
Se suponía que mi madre nos estaba presentando, pero solo la veía a ella, de pie frente a una de las robustas columnas que marcaban la entrada de nuestro comedor. Yo estaba sentado ante la enorme mesa, tomando el desayuno solo.
Era domingo.
—Es el hijo de unos muy buenos amigos —siguió Sarah—. Hoy pasará el día con nosotros. Rosita os llevará a Central Park y a comer por allí. —Arrastró la r de Rosita como si se tratara de un arado removiendo la tierra.
Entonces, te vi. Una zapatilla blanca de velcro asomando por detrás de la columna y, más arriba, el contorno de una pierna huesuda y, más arriba, una mano cerrada en un puño.
Como si hubieras sentido mi mirada, te ocultaste por completo. Sonreí.
Ajena a nuestro intercambio mudo, mi madre sacó su móvil del diminuto bolso que llevaba colgado al hombro y tecleó algo rápido. «Portaos bien», nos dijo sin levantar la vista, «volveré por la tarde», nos aseguró ya de camino al ascensor, y después:
—¡Rrrositaaa, me vooooy!
Y se fue.
Me bajé de la silla e, ignorando a Rosita, que acababa de entrar en el comedor con un trapo húmedo entre las manos y me preguntaba si quería más zumo, rodeé la columna.
—Hola —dije. Extendí la mano derecha, esperando a que devolvieras el gesto. Mi padre me había enseñado bien—. Connor Hannaway.
Pero no la tomaste. Te quedaste congelado, de cara a la columna, como si mi presencia te asustara. No sé por qué, esa reacción me hizo sonreír todavía más. Dejando de lado la formalidad, te di un toque en el hombro.
—Oye, que no muerdo.
— Ñarl Aer —mascullaste contra el mármol blanco.
—¿Qué?
Me incliné lo justo para ver tu rostro. Tus mejillas estaban ligeramente sonrosadas. Tras tus gafas, tenías los ojos cerrados.
—¿Sabes? Si no me miras, nunca podrás verme. —Lancé un suspiro exagerado, uno de esos que Sarah soltaba cada vez que mi padre dejaba de escuchar sus monólogos y se levantaba de la mesa para buscar el periódico—. Y sería una pena… Mi madre dice que soy el niño más guapo de todo el Upper East Side.
Por fin, abriste los ojos. Una mirada seria, pero también, y eso me sorprendió, desafiante.
—Eso lo dicen todos los padres de sus hijos —dijiste, todavía medio oculto por la columna.
Así de fácil, me arrancaste otra sonrisa.
—Ya, pero los míos lo dicen de verdad. —Y te guiñé un ojo.
Me aparté un poco para darte espacio. Desde esos primeros momentos juntos, sentí la necesidad de complacerte y respetarte, de acomodarme a tus tiempos.
Pasados unos segundos, diste un par de pasos atrás y me encaraste.
Me repasaste de arriba abajo, como si quisieras comprobar por ti mismo que lo que decía sobre mi aspecto era cierto.
Giré sobre mis talones, con los brazos abiertos y, al hacerlo, no pude evitar reír.
Creo recordar que tú también reíste, aunque solo un poco y flojito.
Entonces, con el rubor todavía tiñéndote la piel, preguntaste:
—Si vamos a Central Park, ¿podemos ir al zoo a ver a los animales?
Yo seguía girando y girando, pero al escucharte me detuve en seco. Frente a ti.
Y me sorprendí a mí mismo pronunciando unas palabras que, ahora me doy cuenta, se convertirían en mi mantra y brújula a lo largo de los siguientes años:
—Podemos hacer lo que quieras.
Como si hubiera hecho aquello mil veces, te agarré la mano y, sin soltártela un solo segundo, te conduje hacia mi habitación.