Todos nuestros silencios FRACTURA
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Todos nuestros silencios

Todos nuestros silencios

Por Patricia Ibarcena

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FRACTURA

FRACTURA

La puerta de la sala en la que me habían encerrado hacía más de dos horas se abrió de golpe.

No me giré para ver quién era. No me hacía falta.

Llevaba años escuchando aquellos tacones de aguja repiquetear contra el parqué del ático de Nueva York y las frías baldosas de la mansión de los Hamptons.

Ese clic clic clic clic insistente que parecía querer enfatizar su paso por el mundo.

Cuando la tuve delante, Sarah Hannaway frunció sus labios carnosos, pintados de un rojo intenso.

—Ay, Connie, tienes un aspecto espantoso —dijo a la vez que depositaba un portavasos de cartón en la mesa.

Ignorando tanto su comentario como su presencia entera, alargué la mano para agarrar uno de los cafés y lo atraje hacia mí.

La superficie helada, en contacto con mi piel, me arrancó un gemido.

Mi madre, que había optado por interpretar el papel de mártir, se aferró a él con su manicura francesa perfecta.

—Ay, Connie —repitió—. No sabes lo que odio verte en esta situación.

Me concentré en el sabor amargo del café y en el hecho de que, por muchos años que pasaran, a mi madre seguía sin importarle que siempre lo tomara americano, sin azúcar, y no con leche y cargado de edulcorante, como me lo había traído y le gustaba a ella.

Compuse una mueca de asco. La interpretó como una señal para seguir con sus lamentos.

— … tan pálido…

Cerré los ojos. Si no la veía, su melena recogida en un moño bajo perfecto, su piel reluciente y tersa por las mil cremas que debía de haberse aplicado aquella misma mañana, su figura esbelta gracias al entrenador personal de turno, podría contener la rabia que me estaba repitiendo el estómago.

— … y el pelo no te brilla como de costumbre…

Inspiré bien hondo, tratando de rebajar las pulsaciones, pero su perfume J’adore me embriagó y mareó hasta el punto de provocarme una arcada.

— … y esas ojeras…

Que se calle , dije para mis adentros. Y después, en un susurro ahogado, porque seguir ignorándola se me estaba haciendo muy muy difícil: cállate .

— … no te he entendido… ¿No has dormido bien?…

Y.

No.

Pude.

Aguantarlo.

Más.

Estrujé el vaso de cartón, provocando que el puto café con leche edulcorado saliera disparado en todas direcciones. Mi madre soltó un «¡Connie!» estridente, como si mi reacción fuera un arrebato de niño malcriado y no una consecuencia de aquella impavidez meditada que rozaba lo obsceno.

La puerta volvió a abrirse.

—¿A qué viene este escándalo?

George Hannaway entró en la sala como quien entra a una reunión rutinaria un viernes de agosto por la tarde.

No tenía ninguna gana de estar allí pero tampoco le quedaba otro remedio.

Vestido con un traje gris marengo y el cabello peinado hacia atrás, se colocó al lado de mi madre y depositó un beso en su mejilla.

La afección nunca había sido lo suyo, pero tantos años de matrimonio fingido habían terminado por asentar costumbres de las que ni él podía desprenderse.

Al ver el café derramado sobre la mesa y mi jersey, sus facciones se endurecieron.

—Haz el favor de ir a limpiarte. —Supongo que esa fue su forma de saludarme—. Los abogados están a punto de llegar.

Sin dirigirles una sola palabra o mirada más, las manos todavía temblándome por la rabia, el shock , la culpa y a saber qué más, me levanté y salí de la sala.

Caminé hasta el baño con la cabeza gacha y los ojos clavados en la moqueta azul marino.

Me negaba a que alguien percibiera lo cerca que estaba de perder la cordura.

Por suerte, el baño estaba vacío.

Abrí uno de los grifos, apoyé las manos sobre el mármol y dejé que el peso de las últimas horas cayera sobre mis hombros, hundiéndome todavía más en mi miseria.

Solo entonces me permití llorar.

Lloré como un crío.

Porque lo era.

Un puto crío que, en el proceso de joderse la vida por su estupidez y orgullo, se la había jodido también al resto.

—Mierda.

Me aparté el pelo rubio de la frente y contemplé mi rostro demacrado en el espejo.

Los ojos inyectados en rojo por la falta de sueño y el exceso de histeria.

Los restos de sangre seca sobre el corte del pómulo.

El moretón que asomaba bajo el jersey negro de cachemira y que marcaba mi cuello, allí donde el cinturón de seguridad se había clavado cuando mi cuerpo había intentado salir disparado por el parabrisas.

Un puto crío.

No me soportaba.

—MIERDA MIERDA MIERDA MIERDA.

Alcé los puños a la altura del espejo, adoptando lo que imaginé que era una postura de lucha, y reí: carcajadas desquiciadas que rebotaron contra las paredes del baño porque era capaz de matar a alguien pero no de reventarme los nudillos contra un cristal.

Patético.

Quería escapar. De aquel baño, del edificio, de la ciudad, del mundo, de mi cuerpo, de mí mismo.

Quería escapar y desaparecer y dejar de existir porque no me sentía capaz de seguir adelante con mi vida.

La única forma de hacerlo sería pagar por mi delito, y sabía, estaba convencido , de que si Sarah y George me habían traído a aquel bufete de abogados escasas horas después del accidente era para asegurarse de lo contrario; para que saliera indemne.

No podía permitirlo.

De repente fui muy consciente de que si no intentaba escapar de allí y enfrentarme a mis actos, aquella culpa, la que me estaba corroyendo, me acompañaría para el resto de mis días. Por una vez, tenía que hacer lo correcto.

Sin ningún plan en mente, solo la certeza de que tenía que alejarme de mis padres y sus manipulaciones, salí del baño y enfilé de vuelta el largo pasillo.

Cuando pasé frente a la puerta de la sala donde me habían encerrado como a un cerdo antes de llevarlo al matadero, contuve la respiración y aceleré el paso.

Ya casi , me dije. Ya casi llegas. Ya casi escapas. Del baño. Del edificio. De la ciudad. Del mundo. De tu cuerpo. De ti mismo. Ya casi ya casi ya casi.

Presioné el botón de uno de los ascensores y aguardé.

Con la mirada clavada en los números que indicaban las plantas donde estaban detenidos (uno en la cuarta, otro en la recepción, otro en la segunda).

Ya casi ya casi ya casi. Con el café todavía pegado a mi ropa porque no me lo había limpiado.

Ya casi ya casi ya casi. Con el pulso errático martilleándome en el cuello, la muñeca, el estómago.

Ya casi ya casi. Ya. Casi. Con las imágenes del accidente sucediéndose ante mí como una película de una sola escena. Ya casi ya casi ya…

—¿A dónde te crees que vas?

La mano de George me agarró del brazo, alejándome de las puertas metálicas y arrancándome de mi bucle mental. Cuando me encontré con sus ojos, fríos e impertérritos, se me escapó un sollozo.

—Deja de comportarte como un niñato. —Su ceño, ya de por sí fruncido, se hundió todavía más en la piel—. Eres un Hannaway.

Un puto crío.

Abrí la boca, dispuesto a pedirle, suplicarle , que me dejara escapar porque ya casi ya casi ya casi, pero mis palabras quedaron silenciadas por las de una mujer que apareció detrás de él.

—George. Deberíamos empezar con la declaración de Connor.

Debía tener entre cuarenta y cincuenta años y, por la forma en la que se movía, hablaba y vestía, era alguien importante no solo en aquel bufete, sino en el panorama legal neoyorquino.

Llevaba demasiados años moviéndome entre las altas esferas de aquella sociedad, acudiendo a cócteles, cenas, brunchs y galas, como para no identificar cuando alguien lo tenía . Poder.

Mi padre aflojó la presión sobre mi brazo y carraspeó.

—Connor, te presento a Grace Jeong. Ella y su marido, Heath, son unos viejos amigos de la familia. Han sido tan amables de recomendarnos al penalista que va a llevar tu caso y conseguir que todo esto… desaparezca. Grace, además, se encargará de supervisarlo personalmente.

Así de fácil.

Como si estuvieran hablando de un mero trámite, algo rutinario y sin importancia.

No quería. No podía.

Todo a mi alrededor empezó a difuminarse y encogerse.

Mi padre seguía hablando pero era incapaz de entenderlo.

El ambiente se cargó de cientos de olores (el ambientador, las colonias, la calefacción, mi propio sudor) y todos me llegaron a la vez.

Iba a vomitar. Allí mismo. Sobre la moqueta azul marino.

Vomitaría y después me desmayaría sobre mi propio vómito, que no sería más que bilis, alcohol y algo del puto café con leche porque llevaba horas sin ser capaz de ingerir nada.

Y ya no podría escapar. Estaba seguro. Iba a…

Ping .

De alguna forma, escuché el sonido del ascensor.

De alguna forma, logré girarme.

Las puertas se abrieron y por ellas apareciste tú.

Tu pelo, antes largo y rizado, ahora corto, estaba empapado por la lluvia. Tus ojos, protegidos tras unas gafas redondas empañadas, cargados de mil emociones.

Me miraste y, cuando te miré de vuelta, el mundo entero se detuvo.

—Charles.

Solo entonces, pude volver a respirar.