TODOS MIS FANTASMAS #2
Antes de que termine la frase, Olivia Delacroix se queda callada. Y lo hace porque en ese preciso instante nada más notar el tacto de la piel de Vera Andrade y de mirarla a los ojos, desenfundo mi USP Compact y me retiro un tanto hacia atrás.
—¿Pero qué hace, inspector?
—Largo de aquí, Olivia. Sal y vete a casa. No le digas nada a nadie. ¿Serás capaz de hacerlo?
La cara de Vera apenas se inmuta. Me atrevería a decir que hasta incluso curva los labios hacia arriba.
—Voy a avisar a mi padr…
—¡No! —pego un grito y ella se asusta—. Vete a casa. Te lo pido. Te lo suplico. Sal ya de aquí.
—¿Vera? —pregunta mirando a su amiga.
—Haz lo que te dice el inspector, Olivia. Sé buena, anda.
La chica rompe a llorar y abandona el container.
—¿Tú crees que se irá sin decir nada? —pregunto.
—Qué va, va derechita a las faldas de su padre.
—Eso pienso yo. Mira a ver si esa puerta tiene cerrojo, haz el favor.
La chica se gira y se acerca hasta la puerta.
—Tiene una llave.
—Échala. Y recuerda que te estoy apuntando.
—Sí, eso lo tengo muy presente.
Echa la cerradura y se da la vuelta.
—Toma asiento —le hago un gesto con la cabeza para que se siente en la silla que minutos antes estaba ocupada por Jaime Delacroix.
Lo hace, me mira, y ahora sí, sonríe abiertamente.
—Me suena… no tu cara porque nunca te he visto, pero me suena que he oído hablar de ti.
—¿En serio? ¿Papá te ha hablado de mí?
—No, qué va. Él apenas ha hablado conmigo en toda su vida.
—¿Entonces?
—Mi madre. Los escuchaba discutir y alguna vez mencionaron a un hombre en silla de ruedas que era policía.
—Ese debía de ser yo.
—¿Por eso estoy yo aquí?
—Bueno, por eso y porque te has llevado por delante a varias personas desde el mes pasado hasta hoy.
—Entonces sí, por lo de mi padre estoy aquí.
Asiento y hasta sonrío.
—Maturana es perra vieja y te escogió, pero tú ya venías con un bonito historial.
—¿Quién es Maturana?
—Aire.
Vera, por primera vez, se sorprende. Abre la boca y los ojos.
—¿Ella tiene que ver también contigo?
Le cuento por encima mi relación con Matilde y su confesión de días atrás.
—Todo correcto, pero ella no me ha manipulado…
—Venías manipulada ya de serie, ¿verdad? —la interrumpo.
—¿Qué quieres decir, inspector?
—Tu predisposición a la violencia —aclaro. Sonríe al entenderlo—. Matilde sabe elegir bien a sus peones.
—Yo no soy ningún peón.
—No, está claro que tú eres la reina.
Sonríe. La correspondo.
—¿Entonces se supone que debes vengarte de mi padre matándome a mí?
—Se supone.
—Lamento decirte que a mi padre le doy un poco igual.
—Bueno, yo lamento eso en realidad. Ningún hijo se merece la indiferencia de sus padres.
—Bonitas palabras —me concede—. ¿Qué vas a hacer entonces?
—Matarte, claro.
Dicho esto amartillo la cacharra y estiro el brazo para apuntar mejor.
Ella, por segunda vez, se sorprende. Pone las manos encima de los reposabrazos de la silla y hace el amago de levantarse.
Bajo el arma y sonrío.
—Tranquila, no soy un ejecutor —bajo el arma y la desamartillo—. De momento. Lo que quiero es que me cuentes por qué.
Ella inspira fuerte, y vuelve a sonreír.
—Necesitaba inspiración.
—¿Inspiración? ¿Para qué?
Me cuenta su frustrada carrera musical, las expectativas creadas por su madre, que, al parecer, es profesora de música.
Su refugio en su amiga Olivia y en Jaime Delacroix, que la aceptó como si fuera una sobrina y, al parecer, financió parte de sus intentos de convertirse en música profesional.
Y me cuenta, al fin, lo que necesito escuchar:
—Ya yo tenía el runrún de que la violencia me inspiraba para componer. Me pasaba que justo después mata un gato de niña, escribí un poema muy bonito al que le dieron un premio en el colegio —Levanta los ojos hacia arriba como si tuviera nostalgia—. Y bueno, me pasó más veces con otros animales.
—¿Y cuando mataste a una persona por primera vez te pasó lo mismo?
—No fue algo así instantáneo, como una epifanía. Pero cuando lo dejé reposar sí que noté esa llamada de las musas.
—Entiendo. ¿Y por eso repetiste?
—Por eso y por la facilidad.
—¿Facilidad?
—Es bastante fácil seducir a gilipollas.
Tomo aire.
—Entiendo, ¿y tu compañero?
—Eso fue toda una sorpresa, no me lo esperaba.
Detecto una sonrisa distinta, de esas sonrisas que solo suelen alcanzarnos cuando somos adolescentes.
—Te gusta el tal Jesús.
Me mira y noto una mueca de rubor.
—¿Qué eres, inspector o periodista del corazón?
—Un poco de las dos cosas.
En ese momento me suena el teléfono. Es Pleite. Se lo cojo.
—¿Qué pasa, Julito?
Lo que escucho a continuación me cambia la cara.
Ella lo nota. Tanto que veo sus pies cambiando de posición.
Igual que al principio cuando intentó levantarse.
Lo que escucho me cambia no solo la expresión sino también mis sentimientos y hasta diría que mi juramento como policía. Cuelgo sin replicar a mi compañero.
Vuelvo a amartillar el arma.
—Has dicho que no me ibas a matar —dice y sus movimientos siguen denotando un ansia por abalanzarse sobre mí.
—Quizá te haya mentido.
En ese instante suenan fuertes golpes en la puerta. Y ella, definitivamente, se abalanza sobre mí.
Y yo tengo el arma amartillada y solo basta una caricia en el gatillo para que un proyectil de nueve milímetros acabe con todos mis fantasmas.
O quizá los resucite para siempre.