EPÍLOGO (SIEMPRE TÚ)
U na mujer yace en una cama de hospital. Tiene un daño importante en el bazo y en el intestino. Más de ocho horas de intervención quirúrgica le salvan la vida.
Otra mujer yace en otra cama de otro hospital. Ha perdido mucha sangre. Pero también han conseguido estabilizarla y salvar su vida. Lo peor en este caso viene en forma de anuncio por parte de un médico.
—Lo lamento mucho, debido al shock hipovolémico el feto no ha podido superar la crisis. Acabo de programar una cirugía para dentro de dos horas y se lo extraeremos.
Ella se queda con la mandíbula desencajada e incapaz de pronunciar las palabras que quieren salir de su boca:
«¿Feto?»
—Es usted joven y tendrá oportunidades de volver a intentarlo. Ahora lo principal es que se recupere de la herida en la pierna.
El médico lo ha intentado evitar, pero en el último momento no puede evitar mirar a su brazo derecho, el cual está amarrado a la camilla por unas esposas. Mis esposas para ser más correctos.
Soy testigo de esta escena porque estaba esperando que Vera Andrade se despertase para hacerle unas cuantas preguntas.
La habitación está en penumbra, con la persiana medio bajada y el pitido acompasado del monitor cardíaco como único sonido.
Huele a desinfectante y a sábana limpia.
Un policía de uniforme monta guardia sentado en una silla en la puerta.
Al escuchar la comunicación del médico, que no se ha percatado de que no me he largado de la habitación, prefiero dejar esas preguntas para otro momento.
La situación fue la siguiente: Vera se abalanzó sobre mí y yo no estaba dispuesto a darle un disgusto a mi familia ni a mis compañeros, en especial a Olga Saavedra.
El caso es que yo ya tenía la cacharra apuntada a su rodilla.
Tardé quizá unas fracciones de segundo en reaccionar y por eso la bala impactó en su muslo y, por consiguiente, le hizo pupita en la arteria femoral.
Gracias al personal médico del festival no se produjo un «Paquirri en Pozoblanco» y llegó al hospital estable.
Estable pero con el mencionado shock hipovolémico.
¿Consecuencia? Ha perdido un hijo que ella no esperaba.
En realidad nadie lo esperaba.
Mucho menos el personaje que camina por el pasillo hacia donde yo estoy en estos momentos. Sigo teniendo la cacharra a mano. Aunque parece que viene en son de paz. Se detiene a dos metros. No sé si porque le bloqueo la puerta o porque quiere examinarme o porque está pensando qué decir o qué hacer.
Pulso el botón de avance y le dejo paso. Pero él sigue sin moverse. Me mira de hito en hito. Se toca la cara. Mira hacia otro lado. Finalmente se decide a entrar, pero antes de que lo haga le hablo.
—Andrade —Se detiene en el vano de la puerta, pero no me mira—. Estaba embarazada. Lo ha perdido —Le doy la noticia, quiero ser yo el que lo haga para ahorrarme disgustos luego, por si quiere pelea ahora que lo resolvamos lo antes posible.
Me fijo en que aprieta el marco con tal fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Quizá espera un «lo siento», pero no lo pienso decir.
—Gracias —dice al final, y cruza la puerta.
Me quedo mirando hacia la puerta. Dudo.
Finalmente me decido y me asomo. Veo la espalda de Andrade y a su hija tumbada en la cama. Se miran, pero no dicen nada. De repente Vera gira sus ojos y los clava en los míos. No veo odio ni rabia. Al contrario, creo intuir una leve sonrisa. ¿De agradecimiento?
No tengo tiempo para descifrarlo porque Andrade se gira y como no quiero verle de nuevo la cara, pulso los botones necesarios de la silla para dar media vuelta y me dirijo hacia la salida. Allí me esperan Toribio, Solís y Pleite.
—¿Todo en orden, jefe?
—Más o menos.
Me subo a la parte trasera del camuflado apto para personas con movilidad reducida y enfilamos directos hacia el otro hospital.
Por el camino llamo a Sofía. Aprovecho para hablar con los niños.
Están de maravilla en la playa, que se han ido unos días con mi cuñada.
Me echan de menos, o al menos eso dicen.
Decido creerlos a pesar del tono pesaroso de mi mujer.
Prometo reunirme con ella en tres días. Ambos sabemos que serán al menos cinco.
Tengo que rellenar yo solito todo el atestado, porque la secretaria del caso está en una cama de hospital.
Y no es poca cosa lo que hay que documentar.
Hay que dejar negro sobre blanco quién hizo qué, y eso es lo más enrevesado de todo.
Vera Andrade se acreditaba como fotógrafa y firmó la mayoría de los crímenes: el chico del autobús en Madrid, el de la corbata en Gandía, la chica de Benicàssim, el de Bilbao y al menos uno de los dos de Aranda.
Jesús Rivas entró más tarde en escena, cuando ella se lo encontró en el norte, lugar al que acudió enviado por Matilde.
Él fue quien mató a la chica del piso de las amigas, y confesó después que llevaba semanas siguiéndola por encargo de Maturana.
El segundo cuerpo de Aranda y el reparto exacto de los últimos días tendrá que afinarlo la autopsia y los cruces de geolocalización, porque entre tanta gente y tanto festival, atribuir cada muerte a su autor va a ser un rompecabezas.
Por otro lado está Gallardo y la propia Maturana.
Enrique Gallardo fue el primer brazo ejecutor de Matilde, uno de los autores de los crímenes de los Cuatro Elementos de hace tres años; este verano su papel fue logístico, hacer de enlace, mover dinero y dejarse atrapar en Chile para arrastrarnos hasta allí mientras aquí seguía el caos.
Probarle un homicidio de este verano será difícil; lo de hace tres años, en cambio, lo tiene más crudo.
Demasiados nombres, demasiadas piezas, y solo yo para encajarlas en un documento que tiene que sostenerse ante un juez.
Aunque los compañeros seguro que me ayudan.
Subimos los cuatro. Solo Mansilla y Listín se han quedado en la Brigada con la promesa de ir por la tarde cuando terminen sus quehaceres. Tienen mucho texto que escribir.
Entramos los cuatro y nadie se sorprende cuando vemos allí a Sergio Insausti. Como si fuera un guardián de cemento. Él es el que sorprende porque entramos con sigilo de ladrón.
—Coño, me habéis asustado.
—Anda que vaya vigilante, la nuca la tendrías ya hecha mixtos —dice Toribio que le da una colleja amigable antes de darle un abrazo.
—Calla, hombre, que la vas a despertar.
—Estoy despierta, pero me hago la dormida para que no me des la brasa —Las palabras de Saavedra son veneno mezcladas con una sonrisa que el pobre Sergio no sabe cómo interpretar.
Pero acto seguido la inspectora le hace un mohín para que entienda que bromea.
Yo no tengo tan clara sus intenciones. La habitación es más luminosa que la de Vera.
Tiene una ventana grande por la que entra el sol de la tarde, una bandeja con la comida sin tocar y un ramo de flores que alguien, supongo que Insausti, ha colocado en el alféizar.
Amaya le da un beso en la frente, y Saavedra se la devuelve en la mejilla. Pleite le aprieta con suavidad el brazo y Toribio le planta otro sonoro beso en la coronilla.
—Para la próxima te regalo una cota de mithril.
—Creo que un chaleco de kevlar bastaría.
—Trato hecho, inspectora.
Falto yo por mostrar mi apoyo a Olga.
—¿Cómo está la inspectora encargada del Grupo de Homicidios…
—Como termines la frase me va a doler el abdomen.
—¿Y eso? —pregunto.
—Del guantazo que te voy a dar por pesao; con el debido respeto, por supuesto, inspector jefe Del Olmo.
Levanto las manos para pedir calma y perdón al mismo tiempo.
—¿Sabes lo de Vera Andrade?
—Dime que se ha muerto.
—Ella no —respondo.
Olga me mira con interrogantes en los ojos y le cuento lo de la pérdida de su feto. La inspectora, al escucharlo, se lleva las manos a la cara, como si eso sirviera para borrar la realidad.
—Jesús Rivas ha intentado quitarse la vida esta mañana, con una manta, pero no lo ha conseguido —cuenta Toribio.
—Otro que no cae… —dice Insausti.
Nos quedamos todos callados por unos instantes. No está nada bien que unos policías le deseen la muerte a unos sospechosos, pero en aquel instante, cuando una de las nuestras ha estado a punto de palmarla, todo se permite. Por supuesto, aquello nunca saldrá de allí.
—Mansilla dice que han subido una canción a Spotify y otras plataformas, y que están teniendo un éxito moderado —cuenta Amaya.
—Encima les pagarán regalías —replica Olga.
—Bolos no van a hacer, eso ya te lo digo yo —interviene Pleite, que sorprende con su conocimiento de la jerga musical.
—Julito, no te he dado las gracias…
—No son necesarias —interrumpe Pleite.
El compañero no le quitó ojo a la inspectora en todo momento, y en cuanto vio que caía al suelo, pegó un brinco a la valla y con su metro noventa se hizo camino a empujones y llegó hasta Jesús Rivas en menos de diez segundos.
Le retorció la mano que portaba el cuchillo antes de que pudiera asestarle otra puñalada a Olga, aunque según las declaraciones de la inspectora el tipo simplemente se le quedó mirando cómo caía con el brazo inmóvil. Como si ese sufrimiento le bastase.
—Todos te lo agradecemos, Julio —enuncia Insausti, que le pone una mano a Olga en el antebrazo y mira a Pleite. Todos sabemos que se siente culpable de no haber estado con Saavedra en ese momento. Al igual que la inspectora se sintió cuando le pegaron a él el tiro en la rodilla en los Pirineos.
—Tengo novedades —digo, para romper el drama.
Le cuento a Olga que he vuelto a hablar con Matilde y que ha empezado la confesión de los crímenes de los cuatro elementos.
Que también ha iniciado palabras para explicar todo lo de los crímenes de los conciertos.
Sigue insistiendo en que hacía de brazo ejecutor de mi venganza.
Será complicado probarlo todo, y el trabajo de recopilación de evidencias será arduo, porque la verdad no tenemos demasiadas.
Más allá del teléfono usado por Matilde, de su ficha como falsa periodista y del ataque de Jesús Rivas a Olga.
—Pero todo se andará. Su señoría Torres está a muerte con nosotros. Le tiene una tirria especial a Maturana y nos va a facilitar mucho el trabajo para que todo el atestado tenga una base sólida para el juicio.
—Me fío de Torres.
—Yo también —sentencio.
El silencio se vuelve a instalar en la habitación.
—Pues nosotros nos vamos a ir yendo —inicia Lucas—. Que hay trabajo y no vamos a dejar solo al jefe, que su mujer lo mata y después a nosotros.
—Y a ver quién queda para investigar esos crímenes —bromea Olga.
Se despiden todos con nuevos besos y caricias y salen de la habitación.
—Sergio, déjanos solos unos minutos —pide Olga.
Insausti protesta con la mirada, pero no le queda más remedio que aceptarlo.
Cuando pasa por mi lado le sujeto con fuerza del antebrazo. Levanto la mirada y le sonrío. Él, me pone su otra mano en el hombro. Y todo eso es lo que dos hombres en nuestra situación han de decirse.
Cuando todos abandonan la sala, Olga no tarda ni un segundo en hablar.
—Vamos, suéltalo, y no le des vueltas porque no estoy para eso. Lo mismo se me infecta la herida y mañana no estoy aquí.
—¡Qué exagerada!
—Del Olmo, haz el favor…
Suspiro y empiezo a hablar. Le cuento cómo Rivas disparó y Andrade no hizo nada. Y el infierno posterior en el hospital, el momento de contárselo a Sofía y las secuelas posteriores.
Los ojos le brillan a la inspectora. Apenas puede titubear.
—¿Quién, quién…? —inicia—… ¿Quién más lo sabe?
—De la Brigada solo Lucas. Otro compañero de estupas que hace tiempo que no lo veo, León se llama.
—¿Y la inspectora de Valencia?
—No, ella no. Ella no lo supo en su momento y después no fue alguien importante en mi vida.
Una lágrima se le escapa a la inspectora.
—Por favor, Olga, no me hagas esto.
—Lo sé, lo sé. Eres igual de válido o más que si no te hubiera pasado. No lloro por pena o por lástima.
—¿Entonces por qué lloras?
—Por…
Se queda callada.
—Habla, haz el favor.
—Del Olmo, yo… —clava sus ojos, ya claramente llorosos.
—¿Qué?
—Acércate.
Me acerco todo lo que puedo. La silla choca contra la camilla. Por mucho que maniobro y por muy erguido que esté en esta silla de última generación me es imposible acercarme más, ella trata de moverse, pero emite un quejido.
—Joder, no te muevas, mujer, no la vayas a liar.
—Vaya dos…
Nos miramos y sonreímos con ganas. Hasta en esa situación está guapa.
Entonces me inclino hacia adelante todo lo que puedo.
Y ella, sin levantar la voz, dibuja con los labios dos palabras. Lo repite hasta tres veces para que me quede claro al leer sus labios.
Me echo hacia atrás y me sube algo por el estómago que no sé interpretar bien.
Algo tan bonito que no me gusta.
Que no me viene nada bien.
Ella me ofrece la mano por entre las barandillas de la camilla.
Se la tomo. Me acaricia.
Y así, durante un tiempo indeterminado en el que no dejamos de mirarnos, algo cambia. Algo se rompe. Algo nace.
Y todo por sus palabras.
Sus dos palabras.
«Siempre tú»