TODOS MIS FANTASMAS
Si no todos, gran parte de ellos se reúnen en este espacio atestado de gente.
Los descendientes de quien me puso en silla de ruedas. Los culpables de unos crímenes que nos tienen en vilo todo este maldito verano que nos tiene abrasados. Y la ausencia de mi compañera, mi mejor lugarteniente.
La he mandado al otro evento porque tiene que encabezar la búsqueda allí. Los dos aquí no pintamos nada. De hecho, yo tampoco pinto nada aquí. Tan solo estoy para observar cómo Toribio y Amaya le ponen los grilletes a los hijos de Andrade y de Rivas.
Al parecer Matilde piensa que pueden haber intimado.
Que se han convertido en una especie de Bonnie and Clyde.
Aunque eso lo descarto porque esos dos tenían algo de glamur.
Con el debido respeto a sus víctimas, claro.
Estos solo han dejado un reguero de violencia de la más repugnante; de la que mata solo por placer; de la que se cree superior al otro ser humano.
Estoy en estas reflexiones cuando Lucas viene y me indica que le siga al puesto de mando. Delacroix nos espera allí, con las manos frotándose las sienes, como si eso pudiera aliviarle el dolor de cabeza.
—Buenas noches, Jaime.
—No tiene nada de buenas, pero bienvenidos.
—Gracias, le pido que deje a mi equipo estar al mando y que sus hombres de seguridad estén atentos.
—Claro, claro, ya han desplegado más agentes por todo el recinto y hemos colaborado.
—Se lo aprecio, ya que no han querido cancelar, pues es lo menos que pueden hacer.
—Inspector… —inicia el empresario—. Yo no he puesto pegas para cancelar.
Los días previos tuvimos una reunión similar a la de principios del verano, cuando se produjo el primer crimen, la propuesta nuestra fue la misma, la de anular los eventos. La respuesta institucional, también la misma. Con un añadido:
«Ahora que tienen a los responsables, qué mejor forma de atraparlos».
Es decir, están dispuestos a poner cebo humano. Unas veinte mil personas aquí y otras tantas en el otro festival. Descartan el concierto para más de sesenta mil personas en el Metropolitano. Se basan en el testimonio de una prófuga de la justicia con varios crímenes a sus espaldas.
No sé cómo hemos llegado a esta locura, pero ya que estamos aquí, hay que hacerlo lo mejor posible. Lo más importante, es que no haya ningún tipo de estampida. Y eso es lo que nos tiene más preocupados al grupo.
—¿Vamos a llevar las cacharras cuando entremos al foso, jefe? —pregunta Toribio.
—Yo diría que sí.
Amaya y él se miran y resoplan.
—¿Nos prometes que no te vas a mover de aquí? —pregunta Solís.
—No te lo puedo prometer y no te lo prometo.
—Es que te conocemos, y como se te ocurra quedarte solo no vamos a estar tranquilos y no vamos a trabajar bien.
—Qué pesados, de verdad. Solo han sido dos veces las que se me fue un poco de control. Y la primera no fue buscada.
—Tranquilos que yo me encargo de vigilarlo.
Una voz conocida se escucha a mi espalda y los compañeros saludan.
—Coño, Ávila, ya te estaba echando de menos. ¿Te quedas conmigo a mirar cámaras?
—A lo que sea. Tengo a cuatro policías en el otro escenario.
—Yo solo tengo a estos dos, ¿los acompañas y yo me quedo aquí con las cámaras?
Ávila mira a los compañeros.
—No me fío un pelo de ti, Del Olmo.
—Otro… ¿Dónde queréis que vaya? Con la de gente que hay, si no me van a dejar pasar a ningún sitio.
El inspector de Secuestros y Extorsiones se retira un momento y habla por su intercomunicador. Toribio niega con la cabeza y Amaya tiene los brazos en jarra.
Ávila vuelve y me pone la mano en el hombro.
—Como se te ocurra moverte, la vamos a tener.
—Yo me encargo si quieren —dice Delacroix, que estaba algo alejado, pero al tanto.
Lo miro e intento disimular el desprecio.
—Me puede usted hacer compañía, Jaime.
Los policías se largan bajo serias amenazas de muerte si me pasa algo, y Delacroix se sienta a mi lado.
Intento ignorarlo mirando al circuito de cámaras. Habla de que él quería cancelar el festival, de que no le merece la pena lo que está sufriendo, y, finalmente, dice algo que sí que reclama mi atención.
—Y mi hija está entre el público.
—¿No le ha dicho nada?
Toma aire antes de decirlo.
—No quería asustarla, toca una de sus bandas favoritas.
—Podría haberlos visto desde el escenario. Tendrá algún acceso especial.
—Claro, pero no ha querido. Han venido su mejor amiga y quería estar con ella en primera fila.
Me giro y desde la cámara del escenario principal se divisa la primera fila. Además, hay operadores de cámara que graban señal para el vídeo oficial y pasan con frecuencia por allí.
—¿La ha visto en algún momento?
—No, es que está en el otro escenario. La cámara de allí no está tan bien situada.
Giro mi cabeza y busco el monitor en cuestión. Cuando lo encuentro, marco el número de Toribio. No me lo coge. Marco el de Amaya.
—Dime, jefe.
Apenas la escucho.
—Id al otro escenario, ¿me oyes? —Creo que dice algo, pero no la escucho—: ¡Id al otro escenario y buscad en primera fila a Olivia Delacroix!
—Vale, jefe, vale.
Cuelgo y Jaime me mira, preocupado.
—¿Por qué esa orden? ¿Mi hija está en peligro?
—No lo creo, pero es mejor asegurarse. Llámela.
El sujeto coge el teléfono y marca el número de su hija. No responde. Vuelve a intentarlo y en ese momento escuchamos un tono de llamada característico. Jaime se gira y al descubrir a su hija con el teléfono en la mano mostrándoselo, se levanta de un brinco y corre a darle un abrazo.
—Tranquilo, papá, ¿qué ocurre?
—Nada, nada. ¿Ya has visto el concierto?
—Sí, ha estado genial. Y mira a quién te traigo —Olivia se mueve hacia un lado para presentar a la persona que le acompaña—. ¿Te acuerdas de …
—Claro que me acuerdo —interrumpe Delacroix con gesto serio.
Yo me fijo en los ojos de esa tercera persona en discordia y, por instinto, me llevo la mano a la axila.
Todos los fantasmas del inspector Del Olmo van a terminar esta misma noche.
Por mi madre que va a acabar esa pesadilla para él.
No me ha gustado que siga sin contarme cómo acabó en silla de ruedas y la Maturana sí lo sepa; y no solo eso, sino que haya montado todo eso para una supuesta venganza que solo ocurrirá en su cabeza.
Tengo la foto de los sospechosos tan memorizada que podría reconocerlos hasta con veinte pelucas encima; y no paro de mirar a todos lados.
Pleite y Sergio igual. Nos hemos pateado todo el recinto del festival.
Varios compañeros de Seguridad Ciudadana están con nosotros.
El control en los accesos ha sido exhaustivo.
Y sigue siéndolo. Me dan igual las quejas del público.
También hemos accedido a las zonas del backstage, en las que por cierto, me he encontrado con Gabriel, uno de mis cantantes favoritos, pero de puro estado de nervios que tengo, no me han salido las palabras para saludarlo. Tampoco procedía. Ya llegarán mejores tiempos.
Acaba de arrancar, de hecho, su concierto, hay una canción que habla de lobos, y precisamente es lo que busco entre el público: un lobo. Quizá con eso que se suele decir como piel de cordero.
—Jefa, mira a ese individuo —dice Pleite a mi oído.
Me fijo en el tipo en cuestión, tiene una gorra muy calada y unas gafas de sol amarillas enormes.
Está hablando con una chica que no le presta demasiada atención.
La chica parece evitarlo, llega el momento en el que le pide a un amigo cambiarse de lugar.
A pesar de ello, el sujeto no cesa en su empeño.
La chica se encara con él y le dice que le deje en paz. El tipo no se marcha.
—Quédate aquí, Julio.
Sergio y Mansilla están en el otro escenario, y menos mal, porque si no, me juego el puesto a que Insausti hubiera querido intervenir. No me hubiera dejado saltar ni la valla.
Precisamente es lo que hago, y pido todos los perdones posibles a la gente de primera fila que lleva allí horas bajo el sol para ver a sus artistas favoritos y a los que yo molesto.
Me deslizo entre algunos asistentes y cuando llego a la altura de la chica y el de la gorra, se me quedan mirando los dos con la boca abierta.
—¿Te está molestando este tío? —pregunto a gritos.
Ella calla.
—¿Y tú quién eres? —dice el sujeto.
—Quítate la gorra y las gafas.
—¿Y eso por qué?
Saco la placa y se la planto en la cara, cara que le cambia de color en cuanto la ve.
Obedece.
Falsa alarma.
Pero me acerco a su oído.
—No sé si eres su ex o que estás intentando ligar con ella, pero déjala ahora mismo. Voy a estar allí —señalo al foso—, y te voy a vigilar.
El tipo mueve ligeramente la cabeza arriba y abajo.
Me giro para largarme hasta primera fila y es cuando lo noto.
Un fuerte pinchazo en la zona abdominal y un chico joven y muy delgado delante de mí; sonríe y tiene su mano pegada a mi ombligo.
La separa y apenas distingo algo cubierto de rojo antes de notar el mareo y sentir que me fallan las rodillas e inicio una lenta caída.
Esta vez no podré ayudar al inspector Del Olmo.
Olivia Delacroix me saluda con desgana y me presenta a la chica que viene con ella.
—Ella es Vera.
Nos hemos quedado solos en el habitáculo de control de cámaras.
Delacroix se ha excusado para ir a realizar unas gestiones y según él «me deja en buenas manos».
El container es estrecho, con una pared entera ocupada por monitores que parpadean en azul mostrando los distintos ángulos del recinto.
El zumbido de los equipos y el aire acondicionado se mezcla con la música amortiguada que llega de fuera. La única luz es la de las pantallas.
Desde luego las manos de la tal Vera tienen su habilidad, eso hay que reconocérselo. Habilidad dudosa, pero habilidad al fin y al cabo.
Justo la chica me ofrece la mano y, contrariamente a lo que debería, se la estrecho. Me clava sus ojos oscuros. Joder, siento hasta un vacío en el estómago al tenerla tan cerca.
—Vera, aquí no hay bebida, nos vamos al came…