Y LA NECESIDAD
L a necesidad es una mala compañera cuando se quiere rematar un plan.
Rematar.
Volver a matar, según el diccionario.
Ya lo he hecho, hasta por quintuplicado.
El viaje se acaba, y la propuesta final ha de ser apoteósica.
Por fin la prensa se ha hecho eco de mis aventuras. Por fin alguien ha subido algo a redes que no se haya censurado antes de que saltara a todos los medios.
¿Lo peor? Que el responsable de la visibilidad en medios ha sido Jesús.
Y no solo eso, sino que él también ha sido el autor material.
En mitad del trío, decidió que tenía que acabar con la vida de la muchacha.
Al principio pensé que eran celos, sin embargo luego me di cuenta de que no.
Y me lo confirmó su confesión posterior sobre que me había estado siguiendo.
No, esto no es lo peor.
Lo peor es que me he encariñado de este tipo.
Y eso es algo que hacía mucho tiempo que no me pasaba.
Y no me lo puedo permitir. Esto no es Bonnie and Clyde. Esto no es algo que se pueda compartir, porque no hay lealtad entre ladrones y no me creo que, si llega el momento en el que la policía nos eche el guante, vayamos a colaborar para salir lo menos dañados del proceso.
Aunque este sentimiento no se lo cuento por razones obvias. Ahora lo necesito para, precisamente, rematar el plan.
—¿Entonces no crees que sea bueno dividirnos? —pregunta por enésima vez.
—No lo veo claro, quizá podríamos dividirnos pero en el mismo festival. Eso de ir cada uno a uno, no lo veo.
—Ya que la madera estará encima nuestra por la presión mediática, yo creo que sería una forma fácil de dispersar su atención.
Si al final se celebran los festis, no creo que tengan recursos para cubrirlos todos.
Ten en cuenta que hay hasta tres eventos el fin de semana.
Los dos festivales y el concierto en el Metropolitano.
Me llevo la mano a la barbilla y lo medito. No había caído en lo del concierto. Quizá sí sea una buena idea.
—¿Y en tal caso, tú por cuál te decantarías?
—Yo por el del IFEMA.
—¿Por qué?
—Tiene un par de grupos que me gustan.
Me saca una carcajada.
—¿Solo por eso, tío?
Se encoge de hombros y sonríe también.
—Bueno, el ambiente del de Torrejón también me va a gustar menos.
—Mira el homófobo, con lo que te gusta el tras tras por detrás.
Me hace una peineta antes de abalanzarse sobre mí.
Nos comemos la boca y nos desnudamos con la misma prisa que dos presos en un vis a vis. Quizá sea la última vez que follemos. Al menos libres.
—¿Qué necesidad de insultar, inspectora?
—¿Insultar? Llamarte hija de puta es quedarme corta… —grita Olga.
—Relaja, inspectora, te estoy dando los datos…
—Ni relaja ni hostias. Estás jugando con nosotros. Así que no sabes en cuál de los eventos actuarán, pero sí que actuarán en alguno de ellos. ¿No? ¿Y qué hacemos? ¿Nos partimos por la mitad?
—Tenéis un grupo con más gente. Podéis avisar al GEO, que conmigo no era necesario, pero con esta gente quizá sí.
Estamos en la sala de interrogatorios de la Brigada.
Llevamos tres días entrando y saliendo de esta misma habitación de paredes desnudas, con la mesa atornillada al suelo y el aire cada vez más cargado a pesar del aire.
Han pasado tres días desde la detención de Matilde y ha estado jugando al gato y al ratón.
Sí, nos ha dado los nombres y hemos verificado sus datos. Dos personas bastante apartadas de la sociedad: distanciadas de sus familias, aficionadas a la música, y con alguna denuncia por incidentes con animales domésticos. Nada probado, nada grave.
—¿Estás diciendo que pueden actuar en varios de los eventos musicales del próximo fin de semana?
—Eso es lo que digo. Pero tu amiga no lo quiere ver.
—Matilde Maturana, si esperas rebajar tu condena con esta colaboración tan extraña, no creo que el juez que te está viendo detrás de ese cristal interceda por ti si no nos ayudas.
—Ese juez que estará ahí, no será el mismo que instruirá mi caso —Sonrío y ella para de hablar—. Vaya, chicos listos.
—Joder, Maturana, ¿por quién nos tomas?
Se gira hacia el espejo.
—Jueza Torres, ¿por qué no pasa usted, que estamos en familia?
—No vaciles encima, anda —le pido.
Se gira, me clava sus ojos.
—Del Olmo, reúne todos los recursos necesarios y monta todos los operativos posibles.
—¿Y por qué no mejor les pides que aborten el plan?
—Porque ya están fuera de control. No responden desde hace semanas.
—¿Y no los puedes localizar? Supongo que te comunicarías con ellos de alguna forma.
—Claro, pero sus teléfonos culebra ya no dan señal. Se habrán hecho con otros —Olga teclea en su móvil, le pregunto con la mirada— La subinspectora está hablando con Listín, Del Olmo —aclara Matilde, lo que provoca un gesto de rabia en Saavedra, al sentirse pillada.
—No te pases de lista, anda. ¿Vas a colaborar o te mandamos de vuelta a tu celda?
—Estoy colaborando y me vais a mandar igual cuando termine esta charla.
Miro a Saavedra. Me gustaría ponerle una mano en el hombro, pero no estoy lo suficientemente cerca. Sin embargo, cojo mi móvil y le pongo un mensaje. Olga lo lee. Sonríe.
—Matilde. ¿Sabes que a Gallardo le va a caer la PPR? —dice Saavedra.
La periodista intenta disimular que no le afecta la noticia.
—Eso ya lo veremos. Y tú, Del Olmo, deja de mandarle mensajitos a tu compañera, que aquí nos conocemos bien todos.
Inspiro profundo. Muevo mi silla hacia ella. Me pego todo lo posible. Y me acerco a su oído.
—No lo entiendes bien, Maturana. Da igual que le caigan dieciocho años o la permanente revisable.
Va a ir al talego fijo, y nos vamos a encargar de que le toque, no ya en la misma prisión, sino en el mismo módulo de alguien que también conoces —.
Maturana gira su cabeza hacia mí, me clava los ojos interrogativos—.
Hablo de Ortiz-Melgar. Seguro que se alegra de ver al novio de Aire.
En esa ocasión Matilde sí que cambia un tanto su expresión.
—Lo que estás insinuando se salta la legalidad…
Olga da un brinco de su silla y se pasa por encima de la mesa como si estuviera haciendo una coreografía de un baile de musical. Se sitúa al otro lado de Matilde y no le da tiempo a reaccionar.
—Ni se te ocurra levantar la voz, Matilde.
No has querido abogado, al de Triana ese tan bien plantado se lo cediste a tu querido Gallardo; así que ahora te aguantas.
Nos vas a dar muchos más detalles de a quién buscamos y cómo podemos dar con ellos en medio de tanta gente.
O lo que te ha dicho el inspector se va a quedar en anécdota.
—¿Me estáis amenazando? ¡Me estáis…!
—¡Que te calles, Matilde! —Le digo—. ¿Ahora eres una niña pequeña? ¿Le vas a pedir auxilio a la jueza Torres? Tú no sabes la que le diste con el caso de los cuatro elementos. No sabes las ganas que te tiene. Así que colabora, Aire.
La periodista me vuelve a clavar sus ojos oscuros. Toma aire. Respira durante unos segundos y empieza a hablar.
No era necesario del todo, pero es mejor que nos hayamos dividido.
Así hay más posibilidades de sembrar el caos final.
El cabronazo de Jesús ha invertido los papeles.
No es que pueda decir que me domine, pero es cierto que ahora me gusta seguir lo que él pide.
Y ha accedido a irse al festival de Torrejón y que yo me venga al del IFEMA.
He entrado con mi acreditación falsificada, como siempre, y nadie ha registrado mis pertenencias, como siempre. Me he vestido de guerra y voy a por todas. Hoy no voy a elegir, en realidad eso solo lo hice las dos primeras veces, a dos tipos que quizá se lo merecían.
Hoy me da igual chica o chico. Eso sí, tiene que ser memorable, porque tanto Jesús como yo hemos decidido que después de esto terminaremos la canción y pararemos, al menos por un tiempo.
No podemos jugarnos mucho más el seguir así. La policía tiene que estar persiguiéndonos como cosacos. Las medidas de seguridad en este festival parecen extremas, menos mal que yo no entro por la zona del público como en otras ocasiones.
En los medios ya salimos bastante. Hay incluso un podcast de true crime que nos menciona. Nos llaman Los asesinos del escenario. El nombre es malo a más no poder. Pero bueno, algo es algo.
Me he pedido una cerveza. El IFEMA al atardecer es un hervidero: miles de personas entrando por los accesos, el sol bajando sobre los pabellones y tiñendo de naranja el cielo de Madrid, el calor del día todavía pegado al asfalto.
Los primeros focos empiezan a encenderse sobre los escenarios.
Todavía no ha caído la noche. Voy a esperar a que lo haga para seleccionar a la víctima ideal.
Voy a hacer unas fotos en el foso. El grupo no me interesa mucho, pero el público sí.
Obvio. Y precisamente entre el público la localizo.
La veo. Sí, con su sonrisa y su estilizada figura.
Ya tengo objetivo.
Ella me ha visto también. Me sonríe, y me indica con un dedo que me acerque. Lo hago.
—Hola, Olivia.
Era necesario que Matilde nos diera más detalles.
Los ha ido soltando durante cuatro días.
No le hemos dado opción. Nos ha contado no solo los nombres —algo necesario para conocer el rostro de los sujetos—, sino también su forma de operar: la persona inicial se acreditaba como profesional de fotografía y vídeo, lo que le permite meter una mochila con todo tipo de arsenal: guantes, falos de plástico, etc, etc.
Y lo peor de todo: acceso a cualquier parte del recinto.
—¿Estás seguro, Del Olmo? —pregunta, una vez más, Olga.
—No, no lo estoy. Pero es lo mejor. Toribio y Amaya me cubren de sobra. Y a ti, Pleite e Insausti.
—Y yo también —apunta Mansilla.
—Claro, pepinillo, tú también —afirmo y le dedico una mirada de aprobación— ¿ves como estás bien cuidada?
—Eres tonto, me refiero a ti. Que luego te invita cualquier veinteañera a una copa y se te van los ojos.
—Matas a un gato y ya te llaman matagatos.
Estamos en el parking subterráneo de la Brigada, junto a los camuflados, con los fluorescentes brillan con fuerza sobre nuestras cabezas y el eco de las puertas de los coches al cerrarse llegan a molesta. Sin esperarlo, la inspectora me da un abrazo. Fuerte. Y me susurra al oído.
—En el teleférico te dije lo de tu cacharra, sin que te dieras cuenta te la cogí ayer y fui a la sala a tirar un poco. El compañero hizo la vista gorda porque me conoce: la revisó, la engrasó y está lista para disparar. Espero que no tengas que usarla, pero ahora estoy más tranquila.
Abro mucho los ojos y cuando se retira, me lanza un guiño.
Ella se va a un festival que hay en Torrejón de Ardoz.
Yo a uno que hay en el IFEMA. Hay un concierto de masas en el Metropolitano, y ahí todos los agentes de Seguridad Ciudadana tienen foto de los sospechosos.
También el personal de seguridad. El control de los profesionales de foto y vídeo está muy restringido y es imposible que se cuele nadie con identidad falsa.
Matilde nos ha dicho que está segura de que acudirán a uno de los dos eventos a los que nos vamos a personar.
Miro a Lucas y a Amaya. Ellos asienten. Nos subimos todos al camuflado y Solís arranca en dirección al recinto ferial.
Es hora de enfrentarme a…