Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) ENTRE EL OLVIDO
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ENTRE EL OLVIDO

La desgraciada de Matilde tiene razón. Jamás voy a poder olvidar lo que me pasó. Lo que me tiene así.

Andrade y Rivas.

Un compañero y un traficante.

Y Matilde dice que sus hijos están detrás de todo esto, manipulados por ella, subvencionados por ella y aconsejados por ella.

Arsenio Andrade era mi binomio cuando estaba en estupas. Un tipo al que consideraba algo más que un compañero. Un amigo. Un hermano.

¿Algo más?

El caso es que a mí, por aquellos tiempos, también me interesaba como hombre.

Mi relación con Sofía no estaba del todo consolidada, llevábamos algo más de dos años juntos, sin embargo, algo no terminaba de cuajar.

No sé si era el sexo, o los periodos alternos de convivencia o, precisamente, esa falta de compartir una vivienda propia. Nuestra.

El caso es que nunca me he sentido del todo heterosexual, y con Andrade empecé a desarrollar un sentimiento más allá de la amistad. Largas horas de tronchas. Borracheras. Confesiones.

Él era un picaflor que se pasaba por la piedra a medio gimnasio y a buena parte de las féminas que conocía del Cuerpo.

Estábamos de lleno en una operación que tenía que descabezar a una banda de traficantes de MDMA en Valencia. Donde estaba destinado por aquel entonces.

La noche en cuestión, no sé si fruto de la adrenalina, o de que preveía que quizá no saliéramos indemnes de aquello —ya que aquella banda primero disparaba y después preguntaba—, se lo dije.

Estábamos en el coche camuflado, aparcados frente al portal donde teníamos que esperar a que Rivas y los suyos hicieran el intercambio. Llevábamos dos horas de vigilancia, dos cafés de máquina y esa tensión que precede a las entradas y que se mastica en el aire.

A los dos nos gustaba mucho el cine. Siempre solíamos charlar de películas vistas y por ver y aquella noche saqué a colación el tema del western. Después de hablar de John Ford y otros mitos, hablé del western moderno, Sin perdón, Django desencadenado y…

—Brokeback Mountain.

—No me jodas, Del Olmo, eso no es un western.

—Sí lo es, y hay amor como en toda buena película del oeste.

—Sí sí, amor se dan, está claro —dijo con sorna.

Lo miré, él estaba pendiente del portal.

—¿Nunca te has preguntado cómo sería?

—¿El qué?

—Estar con un hombre.

—Uy, qué va. Yo no tengo fantasías de esas…

—No hablo de fantasías. Somos personas.

Se giró para mirarme.

—¿De qué estás hablando, compañero?

—De que quizá lo que pasó en Brokeback Mountain pase más de lo que nos imaginamos. Y fíjate nosotros, con las horas de troncha que echamos… quién sabe.

Intenté sonreírle.

Se me quedó mirando sin hablar. Volvió a girar su cuello para fijarse en el portal. Tenía que terminar lo que había empezado.

—Que sepas que si yo me marcase un Brokeback Mountain, sería contigo, Arsenio.

Volvió a girarse.

—¿Estás borracho o qué, Del Olmo? —dijo. Lo miré sin saber qué decir—. ¿Ahora eres maricón?

—Esto… —titubeé. Su agresividad no me la esperaba.

—Déjate de decir porquerías y vamos a centrarnos en la vigilancia, que todavía nos queda un buen rato…

—Yo solo decía que de hacer un Broke…

—Ni Brokeback Mountain ni pollas en vinagre —volvió a mirarme—. Nunca vuelvas a hacer una insinuación así. ¿Me oyes?

Nos miramos durante cuatro o cinco segundos. Levanté las manos como pidiendo perdón. Quise decir algo, deshacer lo dicho, fingir que era una broma. No fui capaz. Eso era incluso peor.

No hablamos más en las dos horas tuvimos que esperar allí. Arsenio siempre meaba en una botella que teníamos por el camuflado si las vejiga apretaba después de tantas horas de espera. Aquella noche prefirió ir a un árbol cercano.

Cuando se la estaba guardando, apareció Rivas.

Operación en marcha.

Salí del coche y él se llevó la mano a la axila. Todo lo que había pasado antes se quedó dentro, en aquel habitáculo, como si pudiéramos recogerlo después. Subimos por la escalera porque el ascensor podía avisarles. Tercer piso. Yo delante, él detrás, cubriéndome. Como siempre. Binomio.

Pero ya no era como siempre.

Lo supe en cuanto Rivas abrió fuego desde el fondo del pasillo y yo me parapeté detrás del quicio de una puerta esperando la cobertura de Andrade para avanzar.

La cobertura no llegó.

Me giré medio segundo para buscarlo. Estaba a tres metros, con el arma levantada, con un ángulo de tiro perfecto sobre Rivas.

Y no disparó. Nuestras miradas se cruzaron en ese medio segundo y vi en sus ojos algo que no era miedo ni duda ni el arma encasquillada que declararía después.

Vi una decisión. Vi a un hombre eligiendo qué hacer con el problema que yo me había convertido para él un par de horas antes.

Eligió no cubrirme.

Rivas aprovechó que yo había girado la cabeza, salió de su posición y disparó. Un solo tiro. Me entró por la espalda, a la altura de la vértebra dorsal novena.

Caí sin sentir las piernas. No las he vuelto a sentir.

Mientras me desangraba en el suelo de aquel rellano, con la mejilla pegada a las baldosas frías, vi a Andrade acercarse despacio. Se agachó a mi lado. Por un momento pensé que iba a ayudarme, que había sido un instante de pánico, que todo tenía explicación.

—Lo siento —susurró.

Y no supe nunca, no lo he sabido en todos estos años, si aquel «lo siento» era por no haber disparado o por lo otro. Quizá había atado cabos. Tanto afecto, esos fines de semana de abrazarnos, las escapadas a la playa… Quizá me había convertido en un «problema» para él. Para su hombría.

Rivas escapó. En el atestado, Andrade declaró que el arma se le había encasquillado, que no pudo reaccionar.

Asuntos Internos lo investigó. El arma funcionaba perfectamente.

Pero una cosa es que un arma funcione y otra demostrar que un hombre eligió no usarla, y la palabra de un policía tirado en una silla contra la de un compañero sin una sola mancha en el expediente no daba para abrir nada.

Lo cerraron como tragedia operativa. Mala suerte. Gajes del oficio.

Yo no declaré en contra de Arsenio. Nunca supe el porqué. Quizá la vergüenza, porque en el Cuerpo todo se sabe y, es más, tendría que saberse para que le culpasen de algo.

A Rivas lo detuvieron seis meses después. Cumplió ocho años. Salió hace cuatro.

Andrade dejó el Cuerpo tiempo después y montó una empresa de seguridad. Le fue bien en la vida, como les va bien a los que saben mirar hacia otro lado en el momento justo. Tiene una hija.

Rivas, al parecer, tiene un hijo.

Yo no lo sabía. Me lo cuenta Matilde, que conoce esta historia porque yo se la conté, y según me cuenta ahora, lo documentó todo e investigó a los dos personajes en cuestión.

Abro los ojos.

El telecabina sigue su descenso lento hacia el Paseo de Rosales.

—La hija de Andrade ha entrado y salido de salud mental varias veces. Es amiga de la hija de Delacroix, íntimas. Va a todos los festivales que quiere porque le dan pases de staff y de fotografía.

—¿Y el hijo de Rivas?

—Un aspirante a músico que se quedó en el camino. Se reconvirtió como chulo de putas. Y lo digo de forma literal. Explota a mujeres en onlyfans. Lo disfraza diciendo que les va a conseguir más seguidores y más ingresos. Proxenetismo 2.0.

Apoyo los codos en las rodillas y la cabeza en los codos.

—¿Cómo coño has podido hacer esto, Matilde?

—Ya te lo he dicho, hay personas que no merecen vivir. Además, Delacroix no es trigo limpio. Se merece que le auditen tus compañeros de la UDYCO, tiene fondos de inversión bastante opacos detr…

—¡Cállate, por favor!

Me llevo las manos a la sien.

Esta mujer, definitivamente, va a acabar conmigo. Noto su mano en el hombro, doy un respingo.

—Del Olmo…

Me llevo la mano a la axila. Ella abre los ojos. Deslizo la mano opuesta hasta el cinturón.

—Matilde Maturana, estás arrestada —saco los grilletes—. Los compañeros te leerán tus derechos en cuanto salgamos de aquí.

El telecabina se detiene. Mi vida, también.