Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) A LA DISTANCIA EXACTA
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A LA DISTANCIA EXACTA

L a distancia exacta que separa el bien del mal es difícil de medir en metros.

La distancia que hay entre Matilde Maturana y yo es de apenas cincuenta centímetros.

—Te veo bien, amigo.

—Deja de llamarme amigo, haz el favor. Tú y yo ya no somos amigos. A los amigos no se les miente, ni se les traiciona, ni se les pone en evidencia.

Ella calla y me mira mientras espera que siga hablando, aunque no lo hago.

—¿Has terminado?

—Dime lo que has venido a decirme, cómo cogemos a los autores de esta matanza sin sentido.

—Te equivocas, am... Inspector. Todo tiene un sentido.

—Dime lo que tengas que decir, y terminemos con todo esto.

—Del Olmo, sigo siendo yo, Matilde.

Me mira a los ojos y, por primera vez, no se los aguanto. Muevo ligeramente mi tronco para cerciorarme de que Olga, Ávila y el francotirador nos siguen en la siguiente telecabina. Ella capta mi movimiento y gira la cabeza, levanta la mano a modo de saludo.

—Ya ves que me han registrado a conciencia tus compañeras. Además, llevas tu cacharra ahí bien a la vista —dice mientras señala mi axila izquierda.

—¿Vas a hablar o no?

—¿Por dónde quieres que empiece?

—¿Quién es el responsable de las matanzas de los festivales?

Ella se echa hacia atrás y resopla. La telecabina se balancea con el movimiento y por un instante el suelo de Madrid aparece y desaparece bajo el cristal.

Mira distraída hacia la ventanilla. Sigue atractiva, ha cambiado bastante su aspecto, el pelo muy corto, está mucho más delgada y, a pesar de que se oculta tras unas enormes gafas de sol, percibo que sus ojos siguen tan vivos como tres años atrás.

—Es alguien que te va a alegrar.

—¿Cómo pretendes que me alegre de toda esta masacre? ¿Cómo puedes haber cambiado tanto?

—Yo no he cambiado, inspector. Yo he hecho lo que se debería haber hecho hace mucho tiempo…

—¿Qué coño estás diciendo, Matilde? Las muertes de los empresarios, aunque estuvieran mal, puedo intentar entender un motivo detrás. Pero ¿los jóvenes que han muerto ahora? ¿Me puedes decir qué mal han hecho?

—Dos de ellos eran agresores reconocidos y fichados.

—¿Y los otros?

Matilde calla. La cabina pasa en ese momento por una de las torres y el crujido metálico llena el silencio que ella ha dejado.

—Se ha ido un poco de las manos, lo reconozco.

—¿Un poco de las manos? —protesto y me, remuevo en mi silla—. Así que una vez más eres inductora de crímenes.

—¿Una vez más? Lo dices como si tuvieras todo muy claro.

—No me jodas, Maturana, no me jodas. Además, mucha causa noble sobre el cambio climático y bla bla bla, pero bien que te lo llevaste calentito.

Ella se echa hacia atrás y resopla.

—Lo primero, eso que dices no es cierto. Y cuando llegue el debido momento entenderás que yo no soy una ladrona. Y lo segundo, yo no te jodo, querido. Yo estoy aquí para ayudarte. Ya que veo que andas un tanto estancado…

—Lo que me faltaba, que encima hagas de salvapatrias. Si vas a colaborar, colabora. Si no, nos vamos directos a la Brigada.

—No entiendes nada, Del Olmo. Tu rencor te ciega.

—¿Rencor? ¿Tú te atreves a hablarme de rencor? ¿Tú, que has inducido a matar al menos a diez personas?

—No entiendes nada porque soy de las que justifica los medios por un bien mayor.

—¿Y ese bien es asesinar a personas a quienes tú te has encargado de juzgar y condenar?

—Tú, que tantas veces has visto salir a la calle a los pocos años o incluso meses a muchos de los indeseables que has metido entre rejas no deberías pensar así.

Años de documentar los peores crímenes de este país me han otorgado una capacidad de decidir sobre lo que está bien o está mal.

No te atrevas a poner en entredicho mis juicios.

—Los pongo en entredicho porque en el momento en el que uno se salta el estado de derecho otorga al resto la capacidad de tomar las represalias pertinentes. ¿Qué te parecería que las familias de Porta, Pereira y Roger acabasen con Gallardo y contigo?

—Supongo que sería entendible.

Resoplo.

—Tienes respuestas para todo, ¿no, periodista?

—Tengo respuestas para dos cosas importantes.

—Pues suelta la que te he hecho.

—Está bien, sí, he manipulado a esa persona para…

—Antes habías dicho que eran varias personas.

—He mandado a alguien para supervisar las tareas.

—¿Para supervisar? ¿Te das cuenta de la barbaridad que estás diciendo?

—Soy consciente. Y reconozco mis errores. ¿Quieres saber quiénes son?

—Dímelo ya.

—Son hijos de los responsables de que estés en esa silla.

Cierro mi boca. Cierro hasta los ojos. Madrid sigue girando despacio bajo la telecabina, el río, los pinos, la ciudad temblando al fondo. Creo que el bamboleo de la telecabina me está mareando. O quizá sea otra cosa.

—Sí, Maturana, sí. Has venido a joderme pero bien jodido.

Entonces ella se acercó un tanto a mí.

—Del Olmo, te estoy entregando a la hija de Andrade y al hijo de Rivas.

—No, joder. Matilde, me estás jodiendo porque has desenterrado algo que ya tenía casi olvidado.

—Tú lo has dicho, Del Olmo: casi. Y ese casi nace de que eso nunca lo vas a olvidar. Nunca.