Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) PARALIZANDO TODA UNA CIUDAD
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PARALIZANDO TODA UNA CIUDAD

P aralizamos toda la ciudad para detener a Matilde. Bueno, casi. Porque la verdad es que en agosto en Madrid, y en la zona en la que nos ha contado Gallardo en la que se encontrará la sospechosa, no es que haya mucha gente.

La Casa de Campo.

Donde empezó todo. Al menos para nosotros los investigadores.

El parque en agosto a media tarde es un secarral.

Los pinos no dan apenas sombra y el aire tiembla sobre los caminos de tierra.

No hay turistas, no hay paseantes, solo nosotros y el zumbido constante de las cigarras.

Hay también apoyo de un helicóptero. El operativo está coordinado por Cecilio Ávila, de Secuestros y Extorsiones.

Al que han encasquetado la tarea sin comerlo ni beberlo porque es de los pocos que no está de vacaciones.

Me estrecha la mano en cuanto me ve.

—¿Qué tal, Cecilio? ¿Mal?

—No, todo mal.

La broma absurda que uso con él desde hace poco porque ambos la escuchamos en un programa de radio se ha convertido en nuestro saludo de bienvenida cada vez que nos vemos.

—Ponle tú los grilletes, por favor —le pido.

—¿No prefieres ponérselos tú, amigo?

Dudo por un instante. No estaría mal, quizá cerraría el círculo.

—¿Inspectora? —pregunto.

Olga saca sus esposas de su cinturón y se las muestra a Ávila. Abre y cierra uno de los aros con su sonido característico. El de Secuestros y Extorsiones sonríe.

—Gallardo dice que no opondrá resistencia alguna.

—¿Y dónde dices que está?

—Me ha dicho que cuando lo considere oportuno, me mandará un mensaje.

—Genial, así que tenemos que esperar a que la señora se decida, y mientras aquí esperando.

—Y el pájaro volando, con combustible a cuenta del contribuyente —señalo el helicóptero que justo en ese momento nos sobrevuela.

Tengo a casi todo el equipo repartido por la Casa de Campo.

Amaya y Pleite están en un camuflado en la zona del Lago.

Toribio con Mansilla patrullando entre el Parque de Atracciones y el Zoo.

Y el resto del perímetro está vigilado por agentes de Seguridad Ciudadana junto con los compañeros de la UIP.

Los GEOS están en una furgoneta a escasos metros de donde nos ubicamos nosotros, en la zona del Puente de los Franceses.

Pasan los minutos y el aviso del objetivo no llega. Olga, raro en ella, da muestras de su nerviosismo, y justo cuando está a punto de abrir la boca, mi teléfono suena.

Número oculto. Lo cojo.

—¿Quién es?

—Hola, amigo.

Tomo aire. Me entra un revoltijo en el estómago propio del adolescente que siente la amenaza del matón del instituto. Me gustaría decir que ya no soy su amigo. Al menos yo no lo considero así. Solo me salen las palabras que más necesito en este momento.

—¿Dónde estás, Maturana?

—¿Puedo confiar en ti, amigo?

Vuelvo a tomar aire. Olga me mira con los ojos muy abiertos al igual que Ávila.

—No estás en disposición de exigir confianza.

—Lo sé, pero si quieres que no haya un desastre en algún otro festival, tienes que confiar en mí.

—Buena forma de pedir confianza, amenazar…

—Del Olmo, por favor, no es una amenaza…

—Dime ahora mismo dónde estás —la interrumpo—, y deja de jugar con los recursos de la policía.

—No era necesario el helicóptero, hombre. Ya te dijo Quique que no voy a oponer resistencia.

—Deberías saber que lo que diga un detenido tiene una relevancia relativa. Y menos uno como Gallardo.

Escucho un suspiro al otro lado del teléfono.

—Ve a la torre del teleférico de la Casa de Campo. Te volveré a avisar cuando tengas que montarte. Hay ascensores y facilidad de acceso para PMR.

—Manda cojones que uses siglas para referirte a mí.

—Chico, qué susceptible. Llámate a ti mismo como quieras, inválido, tullido como decías al principio. Pero precisamente vengo a ofrecerte algo interesante al respecto. Además de entregarte a los responsables de las matanzas de los festivales.

—¿Responsables? ¿En plural?

—Haz lo que te pido y sobre todo, ve solo. Ni Saavedra puede venir.

Cuelga y no me deja responder. Saavedra me pregunta con los ojos. Ávila resopla.

Diez minutos después tomo el ascensor de la torre oeste del Teleférico, la que está en la misma Casa de Campo.

La estación está vacía y en penumbra, con las luces de emergencia encendidas y el zumbido del mecanismo de las cabinas como único sonido.

Allí no hay taquillas ni turistas, solo puedo acceder porque somos policías.

—Voy a subir en el siguiente —afirma Olga—. Ávila vendrá conmigo y el compañero también.

El compañero es uno de los francotiradores más expertos del Cuerpo. Veinte años a sus espaldas y dos intervenciones de éxito. Tanto éxito que no causó la muerte de los amenazantes, solo los desarmó y los dejó listos para ponerles los grilletes. Ávila estuvo en uno de esos momentos.

—Me parece bien.

—A mí no, pero sé que no me vas a dar otra opción.

—Ni yo ni la jueza Torres que ha aprobado la irregularidad —Marco las comillas con los dedos.

—A saber lo que te traes tú con su señoría.

—No te pongas celosa, anda.

Olga resopla y me hace un gesto de desidia con la mano

Un operario de la atracción turística espera a que le demos la instrucción.

Las cabinas siguen pasando sin que haya nadie en ellas.

Se balancean ligeramente al doblar el mecanismo de la estación, vacías, una detrás de otra.

Es obvio que cerramos la atracción horas antes.

No sé cómo se las va a apañar Matilde para subirse conmigo si esas son sus intenciones.

La otra parada, la del Paseo de Rosales, está infestada de compañeros.

Recibo una nueva llamada que tan solo dice que suba en la siguiente telecabina y cuelga en el acto.

Le pido al operario que proceda.

Cuando está todo listo para embarcar, Olga me detiene.

—No te voy a convencer, pero prométeme que esta vez la pistola no se va a encasquillar y que la llevas controlada.

—No te lo prometo.

Sonrío, aunque ella no me corresponde.

—Montamos detrás —es lo único que responde.

Accedo a la cabina y el operario cierra la puerta detrás.

No miro a mis compañeros, aunque noto sus miradas en la nuca.

La cabina avanza y se precipita al vacío suspendida de los cordeles de acero que evitan una muerte fatal.

Madrid se abre debajo de mí: el verde reseco de la Casa de Campo, el río más adelante, la ciudad temblando en la calima del fondo.

La cabina se balancea con un crujido metálico.

Poco después.

—¿Cómo coño te vas a subir conmigo? ¿Volando como Batman?

—Batman no vuela, hombre. Tú mejor que nadie debería saberlo.

—Responde

—Tú me vas a ayudar a ello.

—¿Yo?

—Sí, porque vas a pedir a tus compañeros que me dejen acceder a las instalaciones del Paseo de Rosales.

Resoplo. Así que está allí. Cerca. Quizá escondida en algún piso turístico. Con todo planeado.

—¿Y a cambio me vas a entregar a esos responsables de las matanzas de los festivales?

—Sí, y también te voy a entregar algo mejor.

Miro hacia abajo lo que mi altura me permite asomarme por las ventanas. Hay una distancia considerable hasta el suelo. Paso en esos momentos por encima del río Manzanares, un hilo de agua marrón entre dos orillas de cemento.

—¿El qué?

—A quien te dejó en silla de ruedas.