Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) LA SONRISA INTACTA
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LA SONRISA INTACTA

—¿Se puede saber qué coño has hecho con lo bien que lo estábamos pasando? —exijo unas explicaciones absurdas, porque no he hecho nada para detenerlo.

Cuando le vi en el festival, no se me ocurrió una mejor idea que susurrarle a mi nueva amiga y le apetecía jugar también con él. Ella, bastante pasada, aceptó. Nos acercamos a él y le besé, después lo hizo ella. Y así, esa cara de marido cornudo se le quitó de momento.

Después de mi pregunta retórica, me mira y en su mueca parece contener un abismo sin fondo y es, en sí misma, esa mueca la que responde por él antes de que lo verbalice todo.

—Se ha llevado el mejor orgasmo de su vida.

—¿Qué?

—¿Tú te piensas que yo soy un idiota que lo único que quería era follar contigo, verdad?

Saco mi labio inferior hacia arriba y cubro el superior. Después invierto los papeles y me muerdo el labio de abajo con los dientes superiores.

—¿Cómo has dado conmigo?

Él sonríe.

—Vámonos de aquí antes de que alguien venga a husmear.

Miro a la chica inerte y, por primera vez, le correspondo el gesto con una de mis sonrisas.

Salimos de la nave y cuando voy a cerrar la puerta, él la frena en seco.

—Se queda abierta.

—¿Y eso?

—Tiene que encontrarla alguien, ¿no?

Lo miro con ojos inquisitivos y él tan solo me besa y me muerde y me aprieta contra sí.

Y entonces me recorre una sensación desde la entrepierna hasta el pecho que no había sentido hasta ese momento.

¿Qué será?

Espero que no sea lo que estoy pensando.

—En serio, ¿de dónde has salido tú? —Sonríe—. No puede ser… ¿Te ha mandado ella?

Vuelve a sonreír y vuelve a besarme. Y mientras nos comemos la boca, pasa un grupo de chavales a escasos metros de donde estamos y sueltan una palabra que viene muy al hilo:

—¡Respirad, hombre!

Termina de sacarme la lengua y me deja casi sin aliento.

Casi sin…

—Aire.