Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) GIRANDO EN TORNO A TI
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GIRANDO EN TORNO A TI

N o todo gira en torno a ti.

Eso es lo que me digo a mí mismo cuando voy camino a recoger a Saavedra al aeropuerto.

He mandado a Toribio y a su amiga con otro compañero de criminalística a Burgos.

Le acompaña Pleite. No es que no me fíe de los científicos de por allí, pero prefiero curarme en salud, que a mí me toca una papeleta tremenda y prefiero estar tranquilo.

—¿Cómo estás, inspector?

Mansilla conduce y, la verdad sea dicha, lo hace muy bien y consigue aportarme esa calma que necesito.

He querido que venga ella y Amaya se ha quedado trabajando con Listín en la Brigada.

La oficial está un poco suspicaz porque la estoy dejando un tanto relegada a trabajo de oficina.

Lo cierto es que estoy reservando sus energías para lo que pueda venir.

Pasamos los controles pertinentes para dejar el camuflado lo más cerca de la pista posible.

El asfalto devuelve el calor en oleadas que distorsionan el aire a ras de suelo.

El charter en el que viene la inspectora con el detenido no pasará por la terminal y desde la pista de aterrizaje lo meterán directamente en una lechera que ya está preparada junto a un convoy de otras dos furgonetas y varios patrullas.

Esperamos por más de media hora en la que apenas cruzo dos palabras con la pepinillo. Ella sabe respetar mi silencio.

El comisario no se ha dignado en aparecer por aquí.

No sé si es el verano y la jubilación próxima la que lo tiene un tanto distante de sus funciones de control y supervisión.

El caso es que ya ni me preocupa. En menos de un año llegará un nuevo comisario a reemplazarle y espero que la cosa fluya mejor.

Nos avisan por transmisiones de que el avión acaba de aterrizar y el convoy se moviliza.

—Vamos, Mansilla, empieza lo bueno.

La novata sigue a las lecheras y cuando llegamos al avión veo a Olga llevando del brazo a Enrique Gallardo.

El sol cae a plomo sobre la pista y las luces giratorias del convoy parpadean en azul aunque a esta hora apenas se distinguen contra la claridad.

El tipo le hace honor a su apellido, igual de alto que la inspectora, mucho más corpulento, una buena mata de pelo en la que no hay ni una sola cana, teñido, por supuesto, y una mandíbula bien delineada.

—Inspector Del Olmo —saluda Olga. E inicia las diligencias para entregar al detenido a los compañeros de la UIP que lo meterán en la lechera camino de la Brigada.

El tipo no me rehuye la mirada. Es más, incluso se permite una ligera sonrisa cuando la inspectora termina de recitar la perorata protocolaria y es conducido al furgón.

Olga se queda mirándolo, y yo le pongo la mano en el brazo. Se sobresalta.

—¿Qué tal el vuelo?

—Largo.

—Ven con nosotros, nos lleva Mansilla.

—¿Y los demás?

—Trabajando. Tú, yo y la pepinillo tenemos faena.

Me mira con ojos curiosos y le sonrío. Al momento llega Insausti y rompe el momento.

—Inspector jefe Del Olmo —dice sonriendo.

—Coño, el otro hijo pródigo. Pensaba que te habrías quedado en Chile haciendo alpinismo como los de Viven.

—No se te acaba nunca la maldad, Del.

El subinspector me estrecha la mano con fuerza y me pone la otra mano en el hombro. No es que fuera alguien a quien apreciara de verdad cuando estaba en mi grupo, y cuando se marchó con Olga le puse una cruz, pero tengo que reconocer que no es mal tipo y un buen policía.

Me pide un momento a solas con Olga y decido concedérselo, me retiro al camuflado donde Lola me espera apoyada en el capó, pero enseguida noto a Olga a mi espalda.

—¿Ya?

—¿Ya qué?

—¿Ya os habéis despedido?

Ella no responde, giro mi cabeza hacia atrás y me encuentro con Sergio Insausti, un morlaco de casi metro noventa y fuerte como un culturista, con los hombros tan caídos que parece un bróker de Wall Street que ha perdido toda su fortuna.

El trayecto en el coche es un debate a tres sobre la estrategia a tomar en el interrogatorio.

—Y dices que no ha contado nada después de la detención allí en Chile —repite Lola.

Olga pone los ojos en blanco y yo le pido paciencia.

—Ni durante las doce horas de avión, ya lo he dicho como tres veces. Mansilla, lejos de arredrarse, hace una mueca con los labios como si le picase la nariz.

—Parece claro, entonces, que se ha dejado detener y que quiere jugar —suelta al fin la pepinillo.

Olga abre la boca y se la queda mirando.

—¿Qué dices?

—Que el sujeto ha provocado la detención. Que sabía que ibais a ir para allá en cuanto avistarais a Aire. Pero Aire ya no está allí, ¿verdad, inspector?

Intento que no se me note la tibia sonrisa que empiezo a esbozar. Olga me mira.

—¿Se refiere a lo que me has contado de Maturana?

Asiento con la cabeza.

—¿Y cómo se supone que va a estar en España y en Chile a la vez? —Pregunta Olga a Lola.

—Con toda la pasta que se llevó, puede pagar el jet que haga falta para no tener que pasar controles y viajar de Europa a Sudamérica cuando le venga en gana.

—Entonces, ¿estás diciendo que ella ha cometido los crímenes aquí, ha viajado para dejarse ver por la cámara y que vayamos para allá a por ella, y ha vuelto para cometer otros dos crímenes?

—No, no estoy diciendo eso…

—Está diciendo que tiene a un brazo ejecutor, como en los crímenes de los Cuatro Elementos.

Mansilla me mira por el retrovisor y asiente. Olga cierra la boca y toma el móvil. Apunta a toda velocidad.

Llegamos a la brigada en menos de quince minutos. Llevan al detenido directo a la sala de interrogatorios. En la estancia adjunta, nos reunimos, esta vez sí, con el comisario Alamillos.

—Inspectora, ¿cómo ha ido el viaje? —pregunta.

—Todo en orden, mi comisario. Ahora viene lo más complicado.

—Ya me ha comentado Del Olmo que vais a entrar tú y Mansilla.

—Sí, ya veremos cómo se desarrolla, el inspector estará aquí con usted supervisando por si es necesario intervenir.

Alamillos me mira y asiente, le devuelvo el gesto. Nos deja a solas.

—Está bien, empezará Saavedra y después de su batería de preguntas, en las que el tipo suponemos no dirá nada, entrarás tú en escena como la poli buena.

—La poli tonta, querrás decir, jefe —dice Mansilla.

—Llámalo como quieras, pero eso es lo que vamos a hacer. Él conocerá a Olga por referencia de Matilde, y el hecho de que pongamos a alguien que se hace pasar por novato…

—Es novata, Del Olmo.

—Ya me entiendes, mujer, el caso es que eso puede que le descoloque.

—O puede que se nos meriende vivas porque se crezca —apostilla Olga, poco convencida de la estrategia.

—Ya me has dicho que no se te ocurre nada mejor, ni cuando hemos hablado por teléfono ni en el trayecto hasta aquí.

—Hasta que no lo ablandemos a base de falta de sueño, no. Los chilenos ya le dieron un par de hostias y el tipo las aguantó como un campeón.

—Con el letrado delante tampoco será plan.

—¿Es de los duros o le podremos torear?

—Es de los buenos, Gonzaga De Triana.

—Vaya, el sevillano.

Alzo las cejas y ella resopla.

—¿Qué pasa con el letrado? —pregunta Mansilla.

—Que es perro viejo, pero tampoco de los malos. Sabe de sobra que su cliente está destinado al talego, tan solo intentará cambiar la PPR por 15 años.

—Vamos a ello, entonces —dice Olga, en cuanto ve entrar por el cristal al detenido.

Las dos inspectoras entran en la sala de interrogatorios y allí les espera Gallardo junto a De Triana.

No puedo escuchar lo que dicen, pero entiendo que se limitan a las presentaciones protocolarias y lectura de diligencias.

La sala de observación está a oscuras salvo por la luz que entra del cristal y el resplandor azulado del monitor de audio.

El comisario se ha ido y me quedo solo frente al vidrio.

Le pido al policía encargado de la parte técnica que le dé al botón de escucha y suspiro.

—Enrique Gallardo Pinto —inicia Olga—. ¿Sabe por qué le hemos detenido?

El tipo tiene clavados los ojos en Lola, que tiene una carpeta gigante, casi del tamaño de un Quijote, con todos sus apuntes preparados para atacar al sospechoso.

—Señor Gallardo…

—Del Olmo —interrumpe.

Olga mira al abogado y este permanece en silencio. Después gira su cuello hacia el cristal. La observo.

El tipo sigue con los ojos clavados en Lola, que por primera vez levanta la mirada y se encuentra con algo parecido al vacío absoluto.

—Letrado, ¿su cliente va a declarar o…?

—Llamen al inspector Del Olmo y les diré dónde está Aire.

Lola titubea.

—Enrique —dice Lola—, ¿mató usted a…?

—¡Inspector jefe, Del Olmo! —grita el detenido.

—Controle a su cliente, letrado —exige Olga.

Y en ese momento, Gallardo se gira hacia la ventana y observa. Y no sé cómo lo hace pero encuentra mis ojos. No lo soporto más y a toda prisa, accedo a la sala.

Los cinco metros que me separan de él se me hacen inalcanzables.

Noto las miradas de Olga, de Mansilla, del abogado, todas pendientes de mí.

Al llegar, el tipo sonríe y me hace un gesto con los dedos para que me acerque hasta él.

Olga niega con la cabeza, pero debo hacerlo. Mansilla me mira como asustada.

Recorro los escasos metros que me separan de él y me hace de nuevo el gesto, para que me acerque hasta su mismo lado.

—Abogado, esto es del todo irregular —insiste Olga.

—Mi cliente está esposado, no supone ningún riesgo para nadie.

Antes de que termine la frase, estoy a la altura del detenido, que se inclina y se acerca a mi oído.

—Matilde tiene algo para ti, algo que te va a hacer mucha ilusión.