Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) EN OJOS DE HURACANES
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EN OJOS DE HURACANES

P arece que nos hayamos metido en el ojo de un huracán.

Todo se mueve a nuestro alrededor, la gente se choca, se tira cerveza hacia arriba y cae, caliente, sobre nuestras cabezas.

Pero todo nos da igual porque solo nos importa estar cerca. Juntar nuestros cuerpos, nuestros labios y toda la anatomía que podamos.

Es guapa. Extremadamente guapa.

He conocido muchas chicas así en mi vida. Con algunas he ligado y con otras no.

Con algunas he conectado desde el primer momento, con otras ha costado más.

Esta es de las primeras, en cuanto me agarró de la cintura para ayudarme a recuperarme de la caída lo noté.

Horas antes de ese concierto sentí esa conexión casi eléctrica que te une a otra persona. Gastó todo el agua de su botella para limpiarme la herida. Y me rozó con sus manos con una piel más allá de la suavidad, como si acabase de nacer.

—¿Estás cerca de tu hotel? —pregunta.

No respondo, solo la miro. Ella, entonces, sonríe y muestra una dentadura de las que todavía no han pasado por los brackets y que la hace aún más especial por su ligera desviación de un colmillo superior.

—El camping, ¿verdad? —dice. Asiento—. Vente si quieres.

—¿Y tu gente?

—Me he perdido hace un rato. Se han metido en todo el mogollón y a mí no me gusta tanto eso.

—Igual que a mí.

—¿Con quién vienes?

—Con un amigo.

—Ah —dice cortada.

—Es solo un amigo. ¿Y tú?

—Con dos locas.

Sonríe y le correspondo.

—No quiero molestar.

—No molestas. Llevo todo el día sola y se agradece la compañía.

Acepto, caminamos y llegamos a un bloque de pisos en el otro lado del río. Subimos hasta la segunda planta y me resiento de las rodillas. Ella me abraza para ayudarme a subir, aunque no es para tanto, me dejo querer.

En el pequeño piso está todo desordenado y ella se excusa por ello. Hay ropa por todas partes, tres mochilas abiertas volcadas sobre el sofá, y en el aire se mezcla el protector solar con el olor a tabaco que alguien ha fumado en el balcón y que se ha quedado pegado en las paredes.

—Me preocuparía que estuviera en perfecto orden —bromeo.

Ella vuelve a reír. Busca en la cocina y viene con un bote amarillo de yodo y un papel de cocina.

—No encuentro gasas.

Solo asiento.

Me cura la herida, de rodillas. Me fijo en su escote. Ella levanta la mirada y lo nota. Se aparta.

—¿Mejor?

—Algo.

—Me voy a la ducha. Si quieres te puedes duchar luego.

Me ducharía con ella, aunque no se lo digo. Solo asiento, otra vez.

Espero sentada que termine y miro en el móvil. Jesús me ha vuelto a escribir y, simplemente, no le respondo.

Sale de la ducha solo con una toalla y el pelo mojado no le pueden hacer más sexy.

—Te toca. Si quieres ahora te meto esta toalla, no tengo más.

Me encojo de hombros y asiento.

Me dirijo al cuarto de baño. Mentiría si dijese que hay menos de siete tangas tirados al lado de la bañera. Me pregunto cuál será el de ella.

Me desabrocho el cinturón. Lo retiro del pantalón corto que llevo.

Lo miro. El espejo de encima del lavabo me devuelve una cara que conozco pero que en este momento no termino de reconocer.

La bombilla sin pantalla da una luz blanca y sin piedad.

Me imagino lo fácil que sería ir con él hasta la habitación y pasarlo por el estilizado cuello de la muchacha.

Tirar con fuerza y dejarla tirada encima de la cama de sus amigas para que cuando llegasen de fiesta se encontrasen con el pastel.

Algo me impide hacerlo y sé perfectamente lo que es.

Ella entra cuando me quedo sin camiseta.

—Perdón.

Me da la toalla y solo al salir me dedica una fugaz mirada que me hace sonreír.

Me ducho con la cortina sin correr, deseando que entre otra vez.

A lavarse los dientes, a hacer pis, a enjabonarme.

Lo que sea, pero que entre. El agua moja los tangas del suelo y cuando doy por hecho que no va a entrar, salgo.

Me seco con la toalla y me doy cuenta de que ese mismo tejido ha estado en contacto con su piel minutos antes.

Me entra un temblor en las piernas, aunque consigo controlarme.

Me pongo la misma ropa, algo no demasiado higiénico aunque no me queda otra.

Cuando salgo está arreglada, terminando de maquillarse y está aún más espectacular que una hora antes cuando la vi por primera vez.

—¿Quieres purpurina?

—No, gracias.

Ella sigue con su maquillaje y cuando termina se levanta y veo su generoso escote y sus piernas bronceadas.

—¿Quieres pasar por el camping a cambiarte?

Niego con la cabeza.

Entonces me llega un potente olor a comida desde la cocina.

—Uy, que se me quema la pizza.

Pasa por delante de mí y huelo su perfume. Me llama para comer con ella.

Comemos pizza y charlamos de música y del festival y de los conciertos de por la noche.

—Me tienes que acompañar a este, eh —dice señalando el horario en la pantalla de su móvil—. Se forman unos pogos que flipas.

Sonrío y la verdad es que me llama la atención.

Mi móvil vibra en el bolsillo y lo ignoro.

Terminamos la pizza y nos largamos rumbo al recinto de noche.

Vemos un concierto que empieza a calentar el ambiente.

Nos abrazamos. Y es en una de las últimas canciones cuando me pone la mano en la cintura desde atrás.

Me giro y veo sus ojos brillantes ya después de dos cervezas.

Me acerco y apoyo mi cabeza en su hombro.

Ella me estrecha contra sí. La abrazo yo también y mi mano se mueve en su cadera.

Me levanta la barbilla con su mano contraria y me besa en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios.

Le devuelvo el mismo tipo de beso. Y justo después juntamos nuestros labios para no separarlos ya más en lo que queda de noche.

Termina el concierto y nos movemos al otro escenario, al grupo que ella me ha dicho que no quiere perderse.

Y es cierto que tienen una energía brutal, con multitud de instrumentos: trompetas, saxos, dos coristas, cuatro cantantes…

Los pogos que se forman son enormes, y ella quiere estar en el centro, en ese ojo del huracán, chocándose con todo el mundo y yo no me separo de ella ni de su piel ni de sus labios en un solo instante.

Termina el concierto y no paramos de besarnos ni cuando caminamos en dirección al baño, y cuando estamos a punto de llegar y aparto un momento la boca de la suya para tomar aire, lo veo.

Jesús, con un vaso de cerveza en la mano, el móvil en la otra y una mirada que jamás voy a olvidar.