EN RELOJES QUE FUNCIONAN DE MANERA INVERSA
O jalá los relojes funcionasen de manera inversa.
Con el tiempo hacia atrás, como en la película Memento, y así pudiéramos llegar antes de que se cometiera el crimen, como en otra película: Minority Report.
Pero, por desgracia, funcionan como deberían funcionar.
Marcan los segundos y avanzan hasta que, inexorablemente, marcan las doce del mediodía.
La hora fijada por la jueza Torres para acceder a la vivienda.
Calor.
Otra vez mucho calor.
Y un lugar que visitar que me trae muy malos recuerdos del pasado y que no me apetece visitar.
Un calle de un barrio de Madrid en agosto es algo parecido a un desierto, y más con el sol en todo lo alto.
La casa permanece precintada por orden judicial desde hace tres años. Y una vez que llega el secretario de Torres, que es el que ha traído las llaves custodiadas, accedemos a la vivienda.
Al entrar huele a encierro y a nada más. Así que descarto del todo que haya recibido visitas inesperadas. La casa dejó de monitorearse un año después de lo sucedido. Era inviable que regresase allí.
Accedo al salón y, después de que Toribio levante las persianas, contemplo todo con tanto pesimismo como tristeza.
Lo que queda de Matilde cabe en lo que no se llevaron: una estantería con libros que nadie reclamó, una alfombra de colores que siempre me pareció horrible y que ahora me resulta lo más vivo que hay en esta habitación, y las marcas rectangulares en la pared donde estuvieron los cuadros.
El resto es polvo y silencio de tres años.
No, Matilde Maturana no está en ese salón con una bolsa de patatas fritas y una cerveza o una coca-cola que me ofrece. Matilde Maturana es la mujer que, al parecer, ha estado en tres de los cuatro festivales en los que se ha cometido un crimen este verano.
—Tómate tu tiempo, jefe —dice Lucas, que mueve una silla y se sienta a mi lado.
La verdad es que no sé por qué hemos venido hasta aquí, quizá haya sido un capricho mío, pero me ha parecido procedente revisar de nuevo la casa de la que fue mi mejor amiga y la autora intelectual de unos crímenes demasiado truculentos y mediáticos que hace tres años removieron la conciencia colectiva del país.
Los crímenes de los cuatro elementos. En los que tres empresarios fueron ajusticiados con un elemento diferente: agua, fuego y tierra, y del que restante, Aire, fue la autora, al menos intelectual.
—¿Cómo coño ha vuelto, jefe? —pregunta Toribio, otra vez.
—Con billetes no es tan difícil, Lucas, ya te lo he dicho.
—Pero ¿por qué se ha infiltrado como personal de comunicación en los festivales?
—Para tener acceso a cualquier lugar. Pero ya ves lo que ha dicho Delacroix, nadie la recuerda. Nadie ha trabajado con ella en estas semanas.
—Es lo que no concibo, no entiendo nada.
—Yo tampoco lo entiendo bien, pero supongo que simplemente se ha acreditado para poder entrar y luego hace lo que quisiera. Además ya has visto en las fotos el aspecto tan cambiado que tiene.
—¿Estamos seguros de que es ella, jefe?
—Joder que si lo estamos. No solo yo, su señoría también. Si no, no nos deja entrar aquí.
—¿Qué te ha contado Saavedra cuando la has llamado?
Me aclaro la garganta. Doy un vistazo en derredor y me encuentro con la misma desesperanza que al entrar: no queda ni rastro de la Matilde que conocí.
—Jefe, los de inspecciones oculares están aquí —dice Pleite.
—Pues pídeles que empiecen y si molestamos, que nos lo digan.
Julio se larga a hacer su cometido, los compañeros de Criminalística acceden a la vivienda con Esther Manso a la cabeza.
—No se te ocurra decir ni pío, que te veo venir —advierte Toribio.
—No tengo el cuerpo ni para una miserable broma, Lucas.
Suspiro y le pongo la mano en el hombro al inspector. Él me mira y con su gesto me muestra su apoyo.
—¿Cuál es el plan?
—No lo sé, amigo, no lo sé. Voy a esperar que aterrice Saavedra con el detenido y a ver qué le podemos rascar.
—¿Le achuchamos a Julio?
—No creo que la amenaza física sirva para algo. Estoy pensando en la pepinillo.
—¿Mansilla? ¿Por qué?
—La chavala tiene algo que me recuerda mucho a Olga. Quizá nos dé una sorpresa.
—¿Y mientras?
—Mientras seguimos esperando que Luis nos dé alguna alegría. Me voy a largar y voy a darle apoyo, porque solo se ha quedado Amaya y están a tope. Tú quédate con… con la subinspectora y me cuentas si encuentran algo, que lo dudo.
Lucas se levanta y me aprieta el hombro.
Saludo a Esther Manso, y enfilo el pasillo de salida. El pasillo es largo y estrecho y huele igual que el salón. Hay una percha junto a la puerta con algo colgado que no quiero mirar de cerca. Suena mi teléfono cuando estoy a punto de salir y lo cojo con ansia, sin mirar.
—Dime, Olga.
—Aquí Solís.
—¿Qué pasa, Amaya?
—Pasa que alguien se ha empeñado en formar un puto caos en los festivales de este país. Dos crímenes, cerca de Burgos.
—¿Dos? ¿En el mismo festival?
—En el mismo, jefe.
Cuelgo sin despedirme. Giro la cabeza y me encuentro con Lucas, que ha salido detrás de mí. Delante tengo a Pleite. Por primera vez en mucho tiempo, me siento incapaz de liderar a mi grupo de Homicidios.