Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) ACTIVANDO EL CAOS
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ACTIVANDO EL CAOS

E l caos.

He decidido activarlo; desatarlo mejor dicho.

Es uno de los festivales más multitudinarios de España. Mediados de agosto. Miles de personas se reúnen en un pueblo que quiere ser ciudad, junto al río. Las calles del centro parecen los San Fermines.

Llegamos sin reserva de hotel porque decidimos venir en el último momento, cuando los alojamientos en treinta kilómetros a la redonda llevaban semanas agotados.

Jesús encontró en internet una parcela de camping del propio festival.

Es decir: el mismísimo infierno. Paramos en una gran tienda de deportes a mitad de camino y compramos los pertrechos necesarios: tienda de campaña, saco, esterilla de las buenas para no deslomarte y, lo más importante, un inodoro portátil.

Conozco los baños químicos de los festivales y sé que prefiero reventar algún intestino antes que plantar el culo allí.

Llegamos al festival ya entrada la noche y nos asignaron una de las peores plazas que quedaban disponibles: junto a los baños, precisamente.

El olor lo confirma de inmediato. A dos metros hay una hilera de cabinas azules con la puerta golpeando cada vez que alguien entra o sale, y desde el interior de la tienda se escucha el ruido constante de pisadas, conversaciones y algún que otro portazo hasta bien pasada la madrugada.

Al menos el suelo no está demasiado duro, por lo que puedo montar la tienda bastante rápido.

Jesús me asiste, porque reconoce su inutilidad para montar algo tan sencillo, y lo agradece con esa sonrisa de cachorro que ya reconozco demasiado bien.

Nos damos una breve vuelta por el recinto nocturno.

Vemos un par de conciertos hasta la mitad y retornamos al camping.

No hay nada interesante en esa primera jornada.

Dormimos mal. El calor del día contrasta con el frío de la noche.

Con ello no contábamos, pero la meseta castellana tiene estas trampas climáticas que no avisan.

Por el día es un infierno específico, distinto al de la costa, más seco y más rotundo.

Por la noche parece el desierto, con temperaturas rondando los diez grados.

Nos acurrucamos el uno contra el otro aunque a ninguno nos apetece hacer nada más que recibir el calor del pecho ajeno.

A las ocho de la mañana ya hay luz entrando por la tela y pájaros y el sonido de otros acampados moviéndose entre las tiendas.

Me quedo un rato despierta mirando el techo y pensando.

El día iba a ser duro, en todos los sentidos.

Entramos al pueblo, que está a veinte minutos caminando, a media mañana.

El centro histórico está tomado desde bien pronto: gente por todas partes, vasos de plástico en el suelo, grupos sentados en cualquier escalón, música saliendo de los bares a las doce de la mañana con total normalidad porque aquí, estos días, todo es normal.

Las calles del casco antiguo canalizan la multitud como arterias y la expulsan por los callejones laterales donde el ambiente se vuelve más tranquilo a medida que te alejas del eje principal.

Jesús tiene los horarios memorizados. A mediodía toca una banda en la plaza del Trigo y quiere estar en primera fila. Iluso. Aquello parece una visita del papa o algo peor. Nos es imposible entrar, como es obvio.

—Vamos al otro escenario —dice.

Yo obedezco, porque mi interés, en esta ocasión, no radica en las bandas.

Yo solo me fijo en las personas: una chica un tanto despistada, un grandullón que no para de rozarse con ella.

Un par de guiris que están bastante borrachas.

Un chico afeminado bailando con unos tacones no aptos para estas multitudes.

Todo tipo de hombres y mujeres con y sin camiseta.

Camino con él hasta que ya no podemos avanzar más. No está como la anterior plaza, pero también hay mucha gente.

—Yo me quedo aquí. Sigue tú si quieres —le digo.

Se gira y me contempla con ojos tristes.

—Solo un poco más, ahora toca otra banda que está bien. Avanzamos cien metros más y ya se ve el escenario.

—Que no. Ve tú, yo me doy una vuelta y cuando termine el concierto, me llamas y quedamos en algún lado.

—Bueno, va, voy contigo, vamos al otro escenario, el del río…

—Que no, hombre. Que vayas a lo que te gusta y déjame un poco en paz.

Él se queda callado, mirándome con los ojos abiertos. Una pareja que está a nuestro lado nos observa. Yo capto sus miradas con el rabillo del ojo. No me apetece nada seguir allí. Así que me doy la vuelta y me escabullo entre la gente antes de que Jesús pueda protestar.

Cuando la calle da a otra plaza y se despeja tanto agobio de gente, miro hacia atrás. No hay ni rastro de Jesús. Miro el móvil por si me ha escrito y tampoco.

—Pues mejor —musito.

Y enfilo camino del río en busca del otro escenario mucho más relajado.

El Duero aparece al doblar una calle que baja en pendiente suave hacia la ribera.

El agua lleva poca corriente en agosto y brilla con el sol de mediodía.

Hay chopos a ambos lados del paseo y debajo de ellos grupos de gente sentada en el suelo con cervezas y bolsas de plástico, aprovechando la sombra.

El escenario está montado más adelante, con el sonido llegando amortiguado y mezclado con el murmullo del agua.

Ando paralela al cauce y cuando estoy llegando, lo veo. Sentado a unos treinta metros del escenario, con una litrona de cerveza y liándose un canuto, o quizá tabaco de liar.

Me detengo a unos pasos detrás de él y finjo consultar el móvil.

No tarda ni un minuto en girarse y lanzarme una sonrisa.

También un ofrecimiento: un porro, sin duda, y me hace una señal por si quiero fumar.

Me encojo de hombros y me acerco. Me sonríe y saluda, yo simplemente cojo el canuto y le doy dos caladas.

Tres. Se lo entrego de vuelta y me despido de él.

En lugar de dirigirme hacia el escenario, me voy de nuevo hacia la ribera del río.

Los matorrales empiezan donde termina el paseo.

Hay sombra y hay silencio relativo y desde fuera es difícil ver lo que ocurre detrás.

Sé que me mira. Así que me giro antes de rebasar la altura de los arbustos.

Él sonríe y yo, por primera y última vez, le devuelvo la sonrisa.

Es rápido. Más de lo habitual porque el entorno lo exige. El tipo fumó hasta casi la inconsciencia y eso facilita mucho las cosas. Yo creo que hasta disfrutó de la privación de oxígeno.

He aprovechado un momento de confusión al terminar el último concierto de este escenario. La gente se ha ido en manada hacia otros lugares y yo, desde la privacidad relativa que me proporcionan los arbustos, le he estrangulado con el cinturón en menos de dos minutos.

Lo dejo apoyado sobre la tierra, con las piernas estiradas y la cabeza girada hacia un lado, en la postura universal del que ha bebido (o fumado) más de lo que debía.

Nadie lo ha visto. O si alguien lo ha visto, habrá visto a una pareja solazándose y cayendo rendidos. Aunque apenas me ha tocado, solo lo justo que necesitaba para embaucarle.

Me largo de allí sigilosa y una vez que me creo a salvo, consulto el móvil. Hay como catorce llamadas de Jesús y más de diez mensajes. En el último dice que se va para el camping, que me espera allí para ir por la noche al recinto.

Me entra hambre y le pregunto si ha comprado comida. Responde en el acto y dice que unas latas, pan y algo de fruta. Le mando el emoji del pulgar hacia arriba y me dirijo al camping con celeridad.

Tengo prisa y no sé por qué. Al pobre desgraciado fumeta van a tardar en localizarlo porque parece uno de los muchos borrachos que hay tirados por todo el césped de la ribera del río.

La tarde ha perdido el pico de calor y el sol pega de lado ahora, alargando las sombras de los chopos sobre el sendero.

La gente fluye de vuelta hacia sus lugares de descanso.

Yo camino con el paso más rápido de lo que debería. Y como estoy andando tan deprisa y dándole vueltas al asunto, tropiezo. No un tropiezo cualquiera, uno que me lleva las rodillas al suelo y me provoca un dolor que hacía tiempo no sentía. Doy un grito y eso hace que alguien se acerque a mí.

Alguien que me toca, que me ofrece la mano y, al notar su tacto suave, siento algo.

Levanto la cabeza y la veo.

Y no sé si estoy viendo a una persona o a alguien divino.

Tenía un objetivo esta mañana cuando me levanté y decidí desatar el caos: acabar con una vida por el día y otra por la noche.

Y ahora ya no sé si voy a ser capaz de cumplirlo.