Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) EN ESA MARIPOSA
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EN ESA MARIPOSA

M ariposa.

Así llamamos a la operación.

El nombre se lo puso un policía chileno porque la cámara que la captó estaba situada en un centro comercial de nombre similar.

Santiago de Chile en agosto es otro infierno distinto al de Madrid.

Aquí la temperatura no alcanza las cifras próximas al punto de ebullición de la carne, sino que ocurre todo lo contrario: aquí tiritas hasta hacerte daño en los dientes.

Y no es porque las temperaturas sean gélidas, cuando nos bajamos del avión harían unos ocho o nueve grados.

Es algo distinto, no sé si la humedad o el viento o que el hemisferio sur sea así.

El abrigo largo no me va a alcanzar y solo he traído una camiseta térmica.

. Detrás quedaron catorce horas de vuelo directo junto a Insausti, los dos con los auriculares puestos la mayor parte del tiempo, durmiendo por turnos, hablando lo justo.

Es a lo que lo he acostumbrado: a estar el uno al lado del otro sin necesitar llenarlo todo de palabras.

No sé si eso es madurez o distancia. Probablemente las dos cosas.

Nos coordinamos con la PDI desde el primer día.

La Policía de Investigaciones chilena tiene su propio protocolo para operaciones con Interpol, y el subprefecto Rodrigo Valenzuela nos recibió en la jefatura de la Brigada de Búsqueda e Identificación de Personas con la eficiencia de quien lleva años haciendo esto.

Hombre de cincuenta y pocos, pelo canoso, modales directos. Me gustó de inmediato.

El avistamiento original había sido en Santiago, en el centro comercial Mariposa, dos semanas atrás. Pero Valenzuela llevaba días con una teoría que compartí desde el primer momento que me la explicó.

—Las personas que huyen de larga duración evitan las capitales —dijo, con ese español chileno que alarga las vocales de una forma que me resultó agradable desde el principio—.

Santiago es fácil para perderse uno o dos días.

Para quedarse más tiempo, es demasiado grande y demasiado controlado.

Hay cámaras en todas partes. Hay policía en todas partes.

Lo que hacen es alejarse, pero no demasiado.

Quieren tener acceso a transporte, a servicios, a la posibilidad de moverse rápido si hace falta.

—¿A dónde, Rodrigo? —Usé el nombre de pila y al hacerlo recibí dos miradas en el acto. Una me gustó la otra no.

—Valparaíso es una posibilidad.

Asintió.

—Un puerto. Salidas por mar. Cerros con decenas de barrios donde nadie te conoce. Y a hora y media de aquí.

Insausti no dijo nada pero le vi asentir también, despacio, con esa forma suya de procesar las cosas antes de comprometerse con una opinión.

Lo que no le dije a Valenzuela ni a su equipo, es mi relación con Aire.

No sé cómo se tomarían por acá el hecho de que en más de una ocasión desayunase con ella o me bebiera unas cervezas en un bar de Madrid.

Tampoco sé qué pensarían sobre sus artículos de periodismo de sucesos.

Y definitivamente no creo que entendieran que una de las personas más buscadas de España fuera amiga del que fue mi jefe durante el breve pero intenso tiempo que pasé en Homicidios.

La unía a Del Olmo una amistad de esas antiguas y sólidas que tienen historia detrás.

Hasta que dejó de serlo. Hasta que se le fue la cabeza, hizo lo que hizo y se convirtió en un expediente con mi nombre encima.

Perseguir a alguien que conoces y aprecias (apreciabas) es diferente. No mejor ni peor. Diferente. Hay momentos en que recuerdo su risa y me cuesta mantener el foco, y momentos en que precisamente ese recuerdo me da una rabia limpia y útil que no tendría si estuviera persiguiendo a una desconocida.

Insausti lo sabe. Por eso a veces me mira de una forma que no es vigilancia sino algo más cercano al cuidado, y yo aparto los ojos y finjo que no lo he visto.

El día del operativo ocurrió dos días después.

Nos desplazamos a Valparaíso antes del amanecer.

La autopista desde Santiago en la oscuridad, con la cordillera invisible a la derecha y el frío pegando en los cristales del vehículo.

Valenzuela conducía. Yo iba en el asiento de atrás con Insausti.

En algún momento él apoyó el brazo en el asiento, no sobre mis hombros sino cerca, y yo no me moví ni me alejé, que ya es una forma de decir algo.

Valparaíso a las seis de la mañana tiene una belleza descarnada que no esperaba.

Los cerros con sus casas multicolor bajando hasta el puerto, los ascensores antiguos que suben y bajan, el Pacífico gris y enorme al fondo.

La ciudad huele a sal y a madera mojada y a algo que no sé nombrar pero que suena a distancia.

Los detectives de Valenzuela llevaban tres días haciendo trabajo de campo discreto.

Habían rastreado dos prepagos, teléfonos culebra que, suponemos que podrían ser suyos, aunque no podemos afirmarlo, activados en el Cerro Alegre con pocas horas de diferencia.

El Cerro Alegre es el barrio más turístico de Valparaíso, lleno de hostales y cafeterías y gente de paso.

El lugar perfecto para no llamar la atención.

Nos distribuimos en cuatro equipos. Valenzuela coordinaba desde un vehículo en la parte baja. Insausti y yo fuimos asignados al equipo que cubría la zona del Paseo Yugoslavo, una terraza con vistas al puerto desde la que se dominan tres de las calles principales del cerro.

Esperamos.

El frío de Valparaíso es similar al de Santiago aunque todavía más húmedo, de puerto.

Me alegré del abrigo y de la camiseta térmica lavada en el lavabo del hotel y secada con el secador incrustado en la pared.

Insausti tenía las manos metidas en los bolsillos y miraba el puerto con esa expresión suya de quien está pensando en el trabajo pero también en otras cosas.

—¿Estás bien? —me preguntó, sin mirarme.

—Sí.

—Olga.

—Sergio, estoy bien.

Siguió mirando el puerto. Yo seguí mirando las calles. A las ocho y cuarto sonó el pinganillo.

—Equipo dos. Figura femenina, Cerro Concepción, bajando hacia el puerto. Coincidencia de complexión y altura. Confirmación pendiente.

Nos movimos. Bajamos por las escaleras de piedra que conectan los cerros, mezclados con la poca gente que a esa hora circulaba. Las calles de Valparaíso son laberínticas, llenas de esquinas y callejones que pueden convertirse en trampas o en escapatorias dependiendo de quién las conozca mejor.

Valenzuela coordinaba con calma.

—Equipo uno cierra por el norte. Equipo tres cubre la bajada al puerto. Equipo cuatro se queda en altura. Saavedra e Insausti convergen por Templeman.

Giramos por Templeman. Una calle estrecha con casas de madera pintadas en verde y amarillo, macetas en las ventanas, un gato que nos miró desde un alféizar con indiferencia absoluta.

Al fondo, dos detectives del equipo dos flanqueaban a una figura de espaldas que avanzaba hacia nosotros sin saberlo.

Me detuve.

La altura cuadraba. El pelo oscuro cuadraba. La mochila pequeña cuadraba. La forma de caminar, ese paso ligeramente más largo de lo habitual que he estudiado en cientos de horas de grabaciones, cuadraba.

Insausti me puso la mano en el brazo un segundo, apenas un segundo. Sé lo que significa: cuidado, no te adelantes, deja que sea el procedimiento.

Lo sé. Y aun así el corazón me va a una velocidad que no es profesional.

Los detectives del equipo dos se anunciaron. La figura se detuvo. Se giró lentamente, con las manos visibles, como alguien que sabe lo que hay que hacer cuando te paran en la calle dos personas con placa.

Y entonces vi la cara.

Un hombre. Cincuenta y tantos años, barba de días, expresión de susto genuino y absoluta inocencia.

El silencio en el pinganillo duró tres segundos.

—Falsa alarma —dijo Valenzuela, con una calma que le reproché minutos después.

—Ni falsa alarma ni hostias, seguimos —dije.

Y Valenzuela no replicó nada durante unos segundos, pero a los pocos segundos me reprochó mi comportamiento.

—¿Qué hace, inspectora? No es el objetivo.

—Vaya que sí lo es.

Y menos mal que el tipo echó a correr, que si no, se nos hubiera escapado por culpa de aquel policía tan atractivo como prepotente.