Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) EN DECISIONES Y CONSECUENCIAS
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EN DECISIONES Y CONSECUENCIAS

L as decisiones acarrean consecuencias.

Sobre todo las decisiones tomadas desde las entrañas, no desde la cabeza.

Aquí estoy, en vilo, esperando que me llame Olga para saber cómo ha ido el operativo de vigilancia y detención de Aire.

Su decisión fue largarse a Chile. ¿Cómo no se iba a largar si nuestra investigación está en punto muerto? ¿Cómo no se iba a largar si lleva casi tres años persiguiendo a Aire y por fin se había producido un avistamiento?

Sé perfectamente que si yo hubiera tenido a tiro a alguien que llevo años persiguiendo habría hecho lo mismo. El problema es que los dos lo sabemos y ninguno de los dos lo dice, que es la forma que tenemos de no pelearnos por ello.

Toribio entra con dos cafés que no le he pedido y los deja sobre la mesa.

—No tienes buena cara, jefe.

—Gracias por la aportación, Lucas. Y quédate el café, que ya sabes que no lo bebo.

—Llevas tres energéticas desde esta mañana.

—¿Y?

—Que igual ya tienes suficiente energía.

Le hago un gesto con la cabeza y él coge los dos cafés y se va sin más argumento. Me quedo mirando la lata que tengo en la mano. Lleva veinte minutos abierta y está tibia. La apuro de todas formas.

Hace casi una semana que Olga se fue a Chile. Cuatro días en los que he hablado con ella dos veces, las dos conversaciones breves y centradas en el trabajo de acá. No me ha dicho ni pío sobre lo de allá. Lo entiendo. No me gusta, pero lo entiendo.

La puerta se abre y entra Listín con el portátil y cara de quien lleva demasiadas horas despierto pero no le importa demasiado.

—Jefe, creo que tengo algo.

—Siéntate.

Se sienta. Abre el portátil.

—La lista de trabajadores que las empresas nos facilitaron, unos setenta nombres entre los dos festivales.

—Pero ninguno de esos nombres pudo estar ni en Benicassim ni en Bilbao…

—Es que también he pedido al festival de Bilbao. Lo que he hecho, es en lugar de ir mirando coincidencias de nombre y de teléfonos, he buscado en sus fotos de su ficha de trabajador, por si existían y había alguna coincidencia.

—Dime que has encontrado dos caretos parecidos.

—Los he encontrado. La misma cara, en Madrid y en Bilbao. Y no lo había encontrado antes porque la persona en cuestión cambia de identidad, y dudo de que estuviera en los festivales del levante.

—¡Joder! —pego un respingo —¿Quién es?

Me enseña una imagen en la pantalla del ordenador. El segundo respingo es aún mayor.

—Pero, pero… —miro al inspector.

Él solo asiente.