ME SUMERJO
Llevamos aquí más de dos semanas y, por desgracia, estoy demasiado cómoda para moverme a otro lugar.
No sé qué me está pasando. La verdad es que empiezo a pensar en lo que he hecho y a veces me da la sensación de que todo ha sido una pesadilla. Nadie ha tocado la puerta. Nadie ha llamado a mi teléfono —el oficial—, nadie me busca.
El agua del río está fría a pesar del agosto y eso, aquí en la sierra, es lo más parecido a la cordura que he encontrado en semanas. Me quedo un momento quieta con el agua hasta la cintura y las cigarras sonando en los pinos y el calor blanco cayendo sobre las piedras de la orilla.
He encontrado la calma que al final me faltaba en la vida.
¿Y lo mejor de todo? Tengo la canción casi terminada.
He alquilado un teclado y he contratado por internet unos arreglos de bajo y de batería, y creo que tengo una canción bastante decente.
No será el próximo premio Grammy, pero después de tantos años de frustración, creo que por fin lo he conseguido.
Jesús me insiste en que la lance por mi cuenta a las diversas plataformas. Que lance vídeos a redes y a Youtube y a otras plataformas de vídeo. Y de streaming de audio.
Que me deje ver, en definitiva.
Y yo, lo que menos quiero, es dejarme ver.
No ahora.
No ahora que leí una noticia que alertaba de que se había producido una muerte violenta en el festival de Bilbao y que la Policía o la Ertzaintza lo estaba investigando.
Quizá era esto lo que necesitara. Quizá esta ola de maldad es lo que necesitaba para, por fin, componer música decente. Y ahora que lo he conseguido, quizá, lo mejor sería parar. Por eso no he vuelto a actuar.
Ahora lo que toca es actuar de otra forma.
Regresamos a la casa y Jesús se pone a trabajar en el ordenador.
El teclado está en el salón, junto a la ventana que da al jardín salvaje.
Lo alquilamos la primera semana y desde entonces no ha habido una hora del día en que no hayamos tocado algo en él.
Ahora está en silencio y eso me resulta extraño, como una ausencia.
—Ya está —dice Jesús minutos después, y suelta el ratón.
Me pongo los cascos.
La escucho por enésima vez. A veces se pierden las perspectivas de lo que uno crea si lo lee, lo escucha o lo visiona tantas veces.
—Necesitamos una tercera opinión —digo.
—¿De quién?
—No lo sé, pero la necesitamos.
—De tu padre.
—No empieces.
—¿Nunca me vas a contar qué te ha pasado con tu familia?
Me levanto y me voy al sofá, cojo el cuaderno de notas y me pongo a hojearlo, despistada.
Jesús es capaz de sacar lo mejor y lo peor de mí.
Estas dos semanas en la casa de la sierra han sido un cúmulo de sensaciones: orgasmos, música, chismes.
Le he contado parte de mi vida: que me he peleado con mi familia y con casi todo el mundo.
Él me ha contado parte de la suya: que ha huido de su pueblo porque no lo soportaba más con los pocos ahorros que tenía.
Y juntos hemos formado una extraña pareja. He descargado mi violencia en la cama, él acepta todo tipo de juegos, hasta los más extremos, ha aceptado incluso que lo estrangule, y yo, a pesar de tener la tentación de llevar la cosa hasta el final, me he parado.
No sé por qué, pero paré.
O mejor dicho: no quiero saberlo.
Incluso esta misma mañana he ignorado un mensaje importante de una persona importante que quizá fuera la que me inició en esta aventura. Seguro que se ha enfadado pero, sinceramente, me da igual.
—¿Te importa si se lo mando a un conocido que es periodista musical?
—¿Quién es?
—Se llama Jose, trabaja para Indie FM Radio.
—¿Es de confianza?
—Creo que sí. El tipo es un erudito musical. Y no se corta a la hora de criticar, no como otros.
—Pero no le digas quién soy yo.
—Si ni siquiera yo sé quién eres.
—¿Qué dices?
—Que no tienes nombre.
—¿Cómo que no?
—Nombre artístico.
Me quedo en silencio.
—Mándaselo y no des más datos, simplemente pídele su opinión.
—¿Y qué le digo de quién es?
—Tío, pues dile que de momento prefiero mantener el anonimato. Mándale solo una parte.
Jesús asiente, se va al ordenador y le manda un fragmento de la canción por email a su conocido.
Cuando termina se viene hacia mí y me mira a los ojos.
Yo al principio le rehuyo la mirada. Pero empieza a acariciarme como él solo sabe.
Y de repente, tiro el cuaderno y le doy una bofetada, de las fuertes.
Él no reacciona, y me sigue acariciando. Le doy otra bofetada, y entonces se levanta, me coge de la mano y me lleva al cuarto. Por el camino, sigo golpeándolo.
Tenemos una sesión de sexo intensa, y larga.
Al terminar, mira su teléfono. Arruga las cejas y hasta la boca.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No, dime qué pasa.
Trato de cogerle el móvil, pero él se revuelve.
—Que me digas qué pasa.
—Mi conocido.
—¿Ya te ha contestado?
—Sí.
—Qué rapidez.
—Ya.
—Dime qué te ha dicho, tranquilo que sé soportar las críticas.
—No sé.
—¡Que me lo digas!
El chillido le coge de sorpresa y me entrega el móvil para que lo lea. La crítica no es en sí mala, pero la condescendencia con la que la escribe me irrita.
En resumen, dice que la canción no está mal, pero que le falta algo para ser buena.
Llevo mis manos a la sien, me acaba de entrar un dolor de cabeza que me ha arruinado el polvo.
Dejo el móvil sobre la cama y me dirijo al baño ignorando las palabras de Jesús a mi espalda.
El baño es pequeño, con una bombilla sin pantalla que da una luz dura y sin piedad.
Me detengo delante del espejo. Tengo ojeras y el pelo húmedo de cuando me bañé en el río esta mañana y una expresión que no me reconozco del todo, o quizá me reconozco demasiado.
—Así que le falta algo, eh —me digo mientras aprieto con fuerza los bordes del lavabo—. Entonces habrá que darle ese algo que le falta.