ÓXIDO Y AMOR
T engo el corazón oxidado, sin amor.
Eso sería lo que diría alguno de mis ex, seguro.
Y la investigación también anda llena de óxido.
Esta mañana he encontrado en el bolsillo de una chaqueta que no usaba desde hace meses una nota de Insausti.
Una de esas notas que escribe en papelitos de hotel, con su letra apretada y hacia arriba.
Decía: "te espero". Sin fecha, sin contexto, sin saber si lo escribió hace tres meses o hace uno.
Me he quedado mirándola el tiempo suficiente para darme cuenta de que no recordaba cuándo fue la última vez que le esperé yo a él, o él a mí, con ganas de verdad.
Luego la he metido en el bolsillo de la chaqueta otra vez, que es la forma que tengo de gestionar las cosas que no sé cómo gestionar.
Después he venido a la Brigada y he intentado no pensar en ello, que es también la forma que tengo de gestionar las cosas que no sé cómo gestionar.
Olivia Delacroix tiene coartada para Bilbao.
Una buena, de esas que no se improvisan: estaba en Londres en una feria de promotores musicales, con vuelos, factura de hotel y cuarenta testigos del sector.
Listín lo verificó en tres horas y el abogado de Delacroix se lo entregó todo plastificado y por triplicado antes de que pudiéramos pedírselo, lo que me dice que llevaban días preparándolo.
Jaime Delacroix nos acompañó hasta el ascensor cuando nos íbamos, con esa cortesía de quien ha ganado algo y quiere que lo sepas sin decirlo.
«Confío en que no será necesario molestar más a mi familia», dijo.
Del Olmo no respondió. Yo dije que necesitaba una lista detallada de todos los trabajadores que repitieron en Madrid y Gandía.
Él tan solo asintió. En el ascensor, el inspector miró el número que bajaba en el display y yo lo miré a él mirando el número, y los dos sabíamos que habíamos perdido el día.
Pero lo de la foto es lo que me tiene en un sin vivir.
Cuando le mostré la imagen a Olivia, algo pasó en su cara.
No fue culpabilidad. No fue el sobresalto de quien se reconoce a sí misma.
Fue otra cosa, más rápida y más difícil de nombrar, como quien ve algo familiar en un lugar donde no debería estar.
Un parpadeo de más. Los ojos que se quedaron un segundo por encima del tiempo razonable antes de devolverme el teléfono.
Y luego el «no sé quién es ni mucho menos soy yo» dicho con una voz que era correcta pero no era natural.
Podría estar equivocada. Llevo semanas con poco sueño y demasiados festivales y una investigación que no avanza, y eso tiene un coste en la capacidad de leer a las personas con precisión. Pero no creo estarlo.
Del Olmo lleva dos días sin mencionar a Olivia Delacroix, que con él equivale a haberla descartado en silencio. A Toribio no le gustó que no encontráramos culpable. Le tocó a él irse al desierto junto con Amaya y Pleite. No rascaron tampoco nada en claro, aunque tampoco hubo crimen.
Pero yo sigo dándole vueltas a esa cara.
Si no es ella, ¿a quién reconoció?
Y hay otra cosa que me escama: no sé si quiero que no vuelva a actuar o que sí. Porque si no lo hace, mucho me temo que no la vamos a atrapar.
Creo que desvarío, porque no concibo que pueda querer un nuevo crimen. No es de buena investigadora. Y mucho menos, de buena persona.
Estoy sola en la sala de reuniones con el mapa y las fotos y los hilos que llevamos semanas tirando.
He apagado el aire porque ya me tiene frita la garganta, así que he abierto las ventanas y el ventilador del techo hace su trabajo honesto y mediocre.
Me he traído un café que ya está frío. Hay un punto de la investigación en el que el café frío deja de ser un inconveniente y se convierte en el estado natural de las cosas.
Repaso lo que tenemos. Un teléfono culebra que estuvo en Valencia y Gandía y luego dejó de existir.
Una imagen de metro setenta con gorra. Cuatro crímenes en cuatro festivales distintos.
Víctimas sin patrón claro de sexo o edad pero con algo que empieza a parecerse a un patrón de carácter: el sumiso, el prepotente, la romántica autodestructiva, el agresor.
Como si alguien estuviera eligiendo arquetipos en lugar de personas.
Eso es lo que no hemos trabajado suficiente.
Arranco el ordenador y con el programa de diseño escribo notas en el mapa interactivo que Luis se encarga de crear siempre que hay víctimas en diferentes partes de la geografía.
Apunto cosas que no sé si son intuiciones o tonterías hasta que alguien me dice cuál de las dos son.
Si las víctimas no son aleatorias, si hay selecciones previas, entonces hay un proceso.
Observación, evaluación, elección. Tiempo.
¿Cuánto tiempo pasa entre que llega al festival y elige?
¿Llega ya con alguien en mente? ¿Y si es así, cómo los encuentra antes de llegar?
Las redes sociales son la respuesta más directa.
Gorka Aguirre, el de Bilbao, tenía el perfil lleno de comentarios que en el mejor de los casos rozaban un límite y en el peor lo cruzaban con ventaja.
Cualquiera que lo buscara sabría en diez minutos qué clase de hombre era.
¿Y los demás? ¿Qué dejaban ver de sí mismos antes de que ella los encontrara?
Anoto: redes sociales víctimas. Cruzar actividad previa al crimen.
Es tarde y la Brigada está casi vacía cuando suena el teléfono. Lo descuelgo sin mirar quién es.
—Saavedra.
—Hola.
Es Sergio.
Reconozco su voz antes de que diga nada más, con esa familiaridad que dan los años y que no desaparece aunque todo lo demás se vaya diluyendo.
Hay un silencio de dos segundos que los dos dejamos estar.
—Hola, Insausti —digo y hago énfasis en el apellido.
—Tenemos un posible positivo.
—¿Posible?
—Ya sabes cómo funciona esto, hasta que no hay detención, no hay seguridad.
—¿De quién estás hablando, Sergio, por la madre del amor hermoso?
—Santiago de Chile. Hace veinticuatro horas. Dos cámaras de una estación de autobuses.
—Que me digas a quién coño habéis visto en la otra parte del mundo.
Él dice el nombre. Me incorporo en la silla. Casi salto.
—¿Sigue activo?
—No. La perdimos en menos de una hora. Pero creemos que sigue en la zona. —Pausa—. Estamos seguros, vaya, es imposible que haya salido por mar, tierra o…
—Aire —Escucho una especie de risita al otro lado—. No te cansas de usar siempre la misma broma.
—Reconoce que es divertido.
—Es una puta mierda, subinspector.
—Esa boquita.
Otro silencio. Tres años persiguiendo a Aire y dos de esos tres persiguiéndola con él, y ahora que hay una identificación positiva estamos como estamos.
—¿Cómo estás? —pregunta.
—Pues con un marrón tremendo, Sergio, con un marrón tremendo
—Eso ya lo sé.
—Supongo que sigues en contacto con los de la Brigada.
—Supones bien.
—Entonces ya sabes lo que tienes que saber.
Lo oigo respirar al otro lado. Pienso en la nota del bolsillo de la chaqueta. «Te espero». Me pregunto si todavía espera o si ha dejado de hacerlo y no me ha dicho nada, que también sería una respuesta.
—Olga.
—Insausti, ahora mismo no puedo. De verdad.
—Solo quería que lo supieras tú primero.
—Gracias.
Cuelgo antes de que ninguno de los dos diga algo que luego no sepa cómo deshacer.
Me quedo con el teléfono en la mano, y Aire en el culo del mundo y cuatro crímenes sin resolver y Del Olmo esperando que le saque las castañas del fuego y Sergio haciendo el equipaje para coger un vuelo transoceánico o escribiendo notas en papelitos de hotel que yo encuentro meses después en los bolsillos equivocados.
El corazón oxidado no es que no funcione. Es que funciona despacio y en la dirección que le da la gana.
Cojo mi móvil y busco el número Del Olmo. Marco, pero cuelgo nada más hacerlo. Tiro el teléfono encima de la mesa y me echo hacia atrás en la silla. Y en ese instante suena y me doy cuenta de que debe de haberle dado un toque.
— Olivia Delacroix reconoció a alguien en esa foto. Y creo que las elige antes de llegar al festival —digo sin darle tiempo a decir ni hola.
Él se queda callado unos segundos, solo unos segundos.
—¿Te vas a ir a Chile?