Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) CERROJOS SIN LLAVE
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CERROJOS SIN LLAVE

T engo tres llaves y ni una abre los malditos cerrojos.

Estoy en la casa de mi familia en la sierra de Madrid. Me he venido después de los días del norte.

Tengo que pensar, tengo que terminar de componer la canción. Estoy convencida de que va a salir algo bueno.

He dicho que me he venido, en singular, pero en realidad debería haber usado el plural.

Jesús está detrás de mí, con la mochila en el suelo y las manos en los bolsillos, mirando la fachada de la casa con esa expresión suya de encontrar interesante cualquier cosa que se ponga delante.

La casa es de piedra, dos plantas, con la enredadera crecida hasta donde no debería y el jardín convertido en algo que ya no merece ese nombre.

Nadie viene aquí desde hace dos años por lo menos.

Mis padres prefieren el apartamento de la playa y yo prefiero no venir con ellos.

—¿Ninguna? —pregunta.

—Ninguna.

Pruebo otra vez la que tiene el llavero de madera. Entra en el cerrojo pero no gira. Oxidado, probablemente. O cambiaron la cerradura y no me dijeron nada, que también es posible dado el estado general de nuestra comunicación familiar.

—Hay una ventana entreabierta en el lateral —dice Jesús, que ha estado paseando por el perímetro mientras yo maldecía en voz baja.

—¿Dónde?

—Segunda planta. Pequeña, de baño seguramente. Creo que yo quepo.

Le miro. Es delgado, eso es verdad, pero la ventana de baño de la segunda planta de esta casa tiene el ancho de un diccionario.

—No cabes.

—Creo que sí, solo necesito que me ayudes a agarrarme a la repisa.

Le acompaño y pongo las manos a modo de escalerita.

Él se descalza (qué mono) y se apoya. Con un gesto ágil, se encaramar a la pared aprovechando el hueco entre dos piedras, llega al alféizar de la ventana del primer piso, la usar de trampolín hacia la de arriba, y desaparece al otro lado con un ruido metálico y una palabrota que llega amortiguada por las anchas paredes.

Dos minutos después, la puerta principal se abre desde adentro y Jesús está ahí, con una telaraña en el pelo y una sonrisa de quien acaba de hacer algo que le ha gustado más de lo que esperaba.

—Quepo —dice.

Y no me queda más remedio que sonreír.

Dentro huele a cerrado, a madera vieja y a ese silencio particular que se instala en las casas cuando llevan demasiado tiempo sin voces.

La luz entra en diagonal por las persianas entreabiertas y corta el polvo en suspensión en franjas que se mueven cuando caminamos.

La cocina está tal como la dejaron: los azulejos azules de siempre, la cafetera italiana en el escurridor, un calendario de dos años atrás con una foto de la Alhambra en la pared.

Jesús lo toca todo con las puntas de los dedos, despacio, como si estuviera en un museo.

—¿Has sido feliz aquí? —pregunta, mirando el calendario.

La pregunta me pilla sin defensa preparada.

—No vengo a ser feliz. Vengo a pensar.

—Eso no responde a lo que te he preguntado.

—Ya lo sé.

Abro las persianas de la sala. El jardín salvaje aparece detrás del cristal con toda su desvergüenza vegetal: la buganvilla que nadie ha podado en años, el pino que ha crecido torcido hacia la luz, la mesa de piedra bajo la que solíamos comer en agosto cuando éramos los suficientes.

El recuerdo llega y se va sin dejarme nada útil.

Eso es lo bueno de los recuerdos de infancia: si los miras directamente, se disuelven.

—Yo te puedo hacer feliz —dice Jesús, y sin mediar palabra, me abraza por detrás y aprieta su anatomía contra mi cuerpo. Lo noto todo. Y sí, su anatomía me ha hecho feliz estos días.

Me separo.

—No vayas tan rápido, «Billy».

Le miro. Él se encoge de hombros y se va a abrir la nevera, que lógicamente está vacía y desenchufada.

La enchufamos. Abrimos todas las ventanas.

Sacudimos las sábanas en el jardín levantando nubes de polvo que el sol de la sierra convierte en oro por un momento.

Encontramos en la despensa dos latas de conserva, un bote de pimientos en conserva, media botella de aceite y un paquete de pasta caducado tres meses atrás.

Hacemos una comida frugal con ello, y comemos de pie, en la cocina, con los platos directamente en la encimera porque la mesa aún está húmeda de haberla limpiado.

Es, pienso mientras le veo comerse los últimos macarrones, la cosa más doméstica que he hecho en años.

La tarde pasa despacio en la sierra. El calor es diferente aquí: seco, con olor a jara y a pino caliente, sin la humedad pegajosa del norte ni el asfalto de Madrid.

Jesús se sienta en la mesa de piedra del jardín con la guitarra y toca sin destino, acordes sueltos que van y vienen.

Yo me quedo en la sala con el cuaderno, releyendo todo lo que tenemos.

Las estrofas, el puente, las páginas con tachaduras y flechas y palabras escritas en los márgenes.

La canción está casi completa. Le falta una cosa: lo que cierra, lo que hace que todo lo anterior tenga sentido. El estribillo.

Los estribillos son los más difíciles. Cualquiera puede escribir una estrofa. Las estrofas son el argumento. El estribillo es la verdad.

Cuando el sol empieza a bajar, Jesús entra con la guitarra en la mano.

—¿Algo? —pregunta.

—Nada todavía.

—¿Puedo leer lo que hay?

Dudo. Nadie ha leído este cuaderno. Nadie ha estado suficientemente cerca para pedírmelo. Solo le he contado y cantado las estrofas. Me rindo y se lo paso.

Lee despacio. Su cara cambia a medida que avanza, pero no de la forma que esperaría. No hay confusión ni incomodidad. Hay algo parecido a la concentración. A la que pone cuando busca un acorde difícil.*

—¿Quiénes son? —pregunta, sin levantar los ojos.

—¿Quiénes son quiénes.

—Las personas de las que escribes. El que tiene un mundo de trampas. La que ancló el alma en la garganta. El de los muros que caen.

—Nadie. Todo el mundo. Los que me he ido encontrando aquí y allá.

—Están muertos, ¿verdad?

Lo dice con la misma naturalidad con que diría que va a llover.

—¿Por qué lo dices?

—Porque escribes de ellos como se escribe de alguien que ya no puede contradecirte.

El pino del jardín mueve las ramas con el viento de la tarde. Jesús me devuelve el cuaderno.

—Es muy bueno —dice—. Pero le falta el centro.

—Lo sé, pesado.

—El centro no va a salir sentados así.

Lo miro. Él sostiene la mirada sin la timidez de los primeros días, con esa nueva profundidad que ha ido construyendo despacio, sin que yo lo autorizara del todo.

—¿Qué propones?

Él no responde con palabras.Vuelve a pegarse a mí, esta vez de cara y me muerde en el cuello y, joder, me da un escalofrío que llega hasta la entrepierna.

Me toma de la mano y, contrariamente a lo que ha venido sucediendo los últimos días, me dejo llevar.

Subimos a la habitación que fue de mis padres, la única con cama de matrimonio.

Las sábanas huelen a lavanda artificial y a tiempo detenido.

Jesús deja la guitarra en la silla. Yo abro el armario porque sé lo que hay: lo mismo que hay siempre cuando uno se prepara, que no es lo mismo que prepararse para lo de siempre.

Las cuerdas primero. Finas, de escalada, de las que no cortan pero sí marcan. Jesús las mira sin apartar los ojos, sin el gesto instintivo de retroceder que tienen la mayoría. Me pregunta con la mirada si estoy segura y yo le respondo con la misma moneda.

Lo que pasa después tiene poco de convencional y mucho de honesto.

Las cuerdas hacen su trabajo y el cuchillo, que es pequeño y de hoja plana y está pensado para rozar y no para herir, hace el suyo.

Jesús no se arredra. Eso ya lo sé, pero esta vez es diferente porque esta vez no estamos en un hotel de paso sino en una casa que tiene historia y las casas con historia amplifican todo.

En algún momento, en el espacio entre una cosa y la siguiente, le miro y pienso: podría decírselo.

No la verdad entera. Pero sí suficiente.

Le podría hablar de los festivales como se le habla a alguien de un proyecto que va bien.

Le podría enseñar el cuaderno de otra manera, sin metáforas, sin «nadie y todo el mundo».

Podría decirle que las personas de las que escribo estaban vivas cuando las elegí y que ahora no lo están y que eso, precisamente eso, es lo que hace que la canción sea única.

Me pregunto qué haría.

No creo que saliera corriendo. Eso es lo que me inquieta.

Cuando terminamos, la habitación ha dejado de oler al pino que entra por la ventana abierta y huele a nosotros, a nuestros fluidos. Jesús está boca arriba con los ojos en el techo y yo tengo el cuaderno en el regazo aunque no he escrito nada todavía.

—¿En qué piensas ahora? —pregunta.

—En el estribillo.

—Cuéntame.

—Tiene que ser lo que resume todo. Las personas, la música, lo que queda después. Tiene que ser el título.

—¿Cuál es el título?

—No lo sé todavía.

Mentira. Lo sé desde hace días. Pero decirlo en voz alta es hacerlo real de una forma diferente.

—Todos mis fantasmas —confieso pasados unos segundos.

Silencio. El pino mueve las ramas.

—Sí —dice Jesús, despacio—. Eso es.

Se incorpora, coge la guitarra que tiene al lado de la cama. Busca los acordes del estribillo, los que hemos estado rondando sin encontrar. Esta vez los encuentra rápido, como si hubieran estado esperando ese nombre para aparecer.

Tocamos y escribimos durante horas, en la cama, con el cuaderno entre los dos y la guitarra llenando la habitación. Cuando el estribillo aparece completo, ya es de noche y las estrellas de la sierra, que no tienen competencia de ciudad, están todas.

Todos mis fantasmas bailan esta noche,

les puse nombre, les enseñé mis cantes

Todos mis fantasmas saben lo que cuesta

convertir el pulso en algunas obras de arte .

Jesús lo toca entero, de principio a fin, sin parar. Las cuatro estrofas, el puente, el estribillo. La canción dura casi tres minutos y en esos tres minutos están cuatro personas que ya no existen y una historia que nadie va a entender del todo excepto quien la escribió.

—Es la mejor canción que he tocado en mi vida —dice, cuando termina.

—Qué exagerado…

—En serio, y no solo yo: es la única canción que has tocado en tu vida que vale algo.

Se ríe. Yo también, y eso me sorprende tanto que paro antes de que se note demasiado.

—¿Qué pasará con ella? —pregunta—. ¿La publicaráss en plataformas?

—A su tiempo. Hay que remezclarla, meterle algún instrumento… ya sabes.

—¿Cuándo será eso?

—No lo sé, cuando la termine de del todo.

Él me mira.

—¿No está terminada?

Apago la luz de la mesilla.

—Todavía le falta un último arreglo.