MALA COMBINACIÓN
Crimen y prensa.
Nos hemos vuelto del País Vasco sin nada más que una hermosa filtración a los medios. Sin duda ha sido el personal de la nave, de eso ya no me queda duda, pero tampoco puedo hacer gran cosa.
—¿Estás segura de lo que vamos a hacer? —Pregunto a Saavedra.
—No, pero no nos queda otra.
—Sí, podemos seguir investigando.
—Coinciden dos fechas…
—Y hay cuatro crímenes.
La hija de Delacroix, Olivia Delacroix, tiene geolocalizado su teléfono tanto en Madrid en el primer crimen, como en Gandía en el segundo. Hay reserva en un hotel en la localidad valenciana a su nombre.
—No ha estado en Benicassim ni en Bilbao, jefe —indica Listín.
—Lo sé, pero puede haberse dado cuenta de que dejaba rastro. De Gandía a Benicassim no hay mucha distancia, pudo dejar el teléfono en el hotel y volver.
Lo cierto es que estuvo tres días en Gandía y esa posibilidad es viable.
—¿Y en Bilbao? —pregunta Toribio.
—También pudo ir y venir desde Madrid —replica Olga.
El inspector resopla, Amaya no lo ve tampoco claro por los gestos de su cabeza y Pleite se mantiene callado. Lola Mansilla tan solo mira en la pantalla de su ordenador, junto a Luis.
—Tan solo se trata de una entrevista, no vamos a detenerla —explico al equipo. No tenemos otra alternativa. Hemos enseñado la foto a todo el personal del festival de Bilbao y nadie la reconoce.
El equipo, a pesar de no estar convencido, claudica porque en realidad no tenemos nada mejor a lo que aferrarnos.
El comisario Alamillos está que trina, no tenemos ningún resultado y los plumillas ya están haciendo sonar su teléfono.
Hay multitud de rumores en las redes sociales y algún medio nacional ya se ha hecho eco de los crímenes sin dar datos exactos. Más que nada porque no los tienen.
—Bien, ¿alguna sugerencia más de operativa? Luis, ¿algún otro teléfono al que prestar atención?
—De momento nada, jefe.
—Lucas, ¿qué festivales tenemos para este próximo fin de semana?
—Grandes como los de hasta ahora, ninguno, quizá uno de electrónica en el desierto, en Aragón, ese sí es de Delacroix.
—Bien, pues habrá que ir preparando el operativo.
—Nos vamos a morir si vamos allí, jefe.
—Entonces reza porque Olivia Delacroix sea culpable.
Nos presentamos en las oficinas sin previo aviso. Jaime y Olivia Delacroix trabajan, en teoría, para la misma empresa de eventos. Si la muchacha no estuviera allí, le rogaríamos a su padre que la avisara y esperaríamos lo que hiciera falta.
Los despachos se encuentran en una de las zonas más nobles de Madrid: Azca.
El calor sigue pegando fuerte aunque ha dado una tregua de unos ligeros grados.
Ahora ya no hace cuarenta, «solo» treinta y cinco.
Las noches son ligeramente más suaves y aunque siguen siendo tropicales permiten conciliar algo mejor el sueño.
Las torres de Azca se recortan contra un cielo blanco de agosto, y el cristal de los edificios devuelve el sol como si quisiera multiplicarlo.
Nos identificamos ante el recepcionista, que es un chaval imberbe que apenas abre la boca para decir que esperemos.
—El señor Jaime todavía no ha llegado —dice después de unos minutos de espera.
—Queríamos ver a Olivia —indica Olga.
El chico se queda sorprendido, pero coge el teléfono y hace la llamada pertinente.
—Suban a la novena planta, les espera allí.
Subimos en un ascensor de cristal que da al atrio interior del edificio. Al salir me da un pequeño vuelco el estómago. Nos recibe una chica, que, en efecto, podría parecerse a la del vídeo de la nave de Bilbao.
—Buenos días, mi padre hoy tardará en llegar —dice con una sonrisa en la boca.
Tiene el pelo bastante corto, la piel blanca y una delgadez extrema. La chica del vídeo llevaba gorra, y quizá eso me confunda respecto a su pelo.
—En realidad queríamos hablar contigo, Olivia —dice Olga.
—¿Conmigo? —responde extrañada.
Mi compañera asiente, y después de unos segundos de duda, nos invita a acompañarla a su despacho.
Entramos en una oficina con más luz que la Puerta del Sol, con vistas a los ministerios y decorada con multitud de motivos musicales: pósteres de Led Zeppelin, los Beatles, Muse y varios carteles de festivales.
Hay un tocadiscos, una estantería repleta de vinilos y su mesa parece sacada de una convención de videojuegos: un ordenador de Apple de los grandes y una silla de trabajo de esas que parecen un asiento de un Fórmula 1.
—Ustedes dirán —dice cuando se sienta en esa silla.
—Queríamos preguntarte por tu viaje a Gandía.
Ella se queda callada sin saber qué decir.
—El festival, de hace unos diez días —aclaro.
—Ah, sí, claro. Fui porque me gustaban un par de artistas… —inicia—, y para supervisar todo también.
Esto último lo dice con la misma convicción que un carterista cuando le han pillado y pone como excusa que se la había caído la cartera a la víctima y le estaba ayudando.
—¿No te moviste de Gandía en todo el fin de semana? —pregunto.
—No… Bueno, fui a Valencia a comer con unos amigos.
—¿Y en el festival, con quién estuviste? —dice Olga.
—Con compañeros.
—¿Compañeros?
—Sí, de aquí, muchos viajan para supervisar que todo esté en orden.
—¿Podrías darnos los nombres?
—¿Por qué?
—Necesitamos hacer unas comprobaciones.
—¿Les van a interrogar también? —pregunta, algo molesta.
—Esto no es un interrogatorio —intervengo para tratar de sosegarla porque se está poniendo nerviosa. Miro a Olga, que ha olido la sangre y no quiere que se le escape la presa.
—Supongo que estás al tanto de los crímenes que se cometieron en los festivales que organizáis desde aquí, ¿no?
A ella le cambia la cara y se retrepa en la silla.
—Claro que lo sé, lo que no entiendo es qué tengo que ver yo en todo esto.
—Olivia —inicio—, trabajas en la empresa, conoces al personal, quizá pudieras ayudarnos.
—¿Ayudarles a qué?
—A decirnos quién es esta persona —Olga se harta y le enseña la foto del móvil.
Ella la mira y hace una mueca que no consigo averiguar.
—No sé, ¿por qué?
La muchacha está realmente agobiada.
—Necesitamos que nos des acceso a tu teléfono móvil y a tus ordenadores. También que nos facilites el nombre de todas las personas con las que interactuaste en Gandía y Valencia.
—Pero ¿por qué?
Olivia mueve la silla hacia atrás, ha entrado en pánico.
—Por lo que te hemos dicho antes: conoces a mucha gente y puede que dentro de esa gente esté la persona a la que buscamos.
—¿Me están diciendo que alguno de mis compañeros es el responsable de esos…? —Se queda callada.
—Te estoy diciendo que necesitamos investigar a fondo a todo el personal de esta empresa…
En ese momento, Jaime Delacroix entra en el despacho y pone los brazos en jarra. Lleva la corbata aflojada y la cara de quien viene de tener una mañana difícil y acaba de encontrar el motivo por el que va a ser peor.**
—¿Se puede saber qué está pasando aquí?
—Buenos días, señor Delacroix —Me acerco a él y le ofrezco mi mano.
No me la estrecha y entonces Olga le muestra también a él la foto.
—¿Nos puede decir quién es esta persona?
El tipo ni la mira y se dirige a mí.
—Inspector Del Olmo, haga usted el favor de salir de este despacho ahora mismo, si quiere, le recibiré en el mío en unos minutos.
El hombre me sortea y se dirige a su hija, ella le abraza con cierta timidez.
Olga me mira y con su mirada lo dice todo.
—No, señor Delacroix —digo, y Jaime me mira con rabia—. No nos vamos a ir de aquí hasta que nos den todo lo que le hemos pedido a su hija.
—Y hasta que no nos digan si la chica de la foto es ella —dice Olga.