Todos mis fantasmas (Del Olmo y Saavedra 3) VIENDO CóMO SE HUNDE EL HIERRO ENTRE LA ESPUMA
65%

VIENDO CóMO SE HUNDE EL HIERRO ENTRE LA ESPUMA

L os hierros se hunden entre la espuma de las olas.

Chillida los plantó aquí hace décadas y el mar lleva décadas intentando arrancarlos sin éxito.

Me pregunto si lo sabía. Si cuando diseñó estas garras de acero oxidado pensó en la resistencia como concepto o simplemente eligió un buen material.

Me inclino por lo segundo. Los artistas que teorizan demasiado sobre su propio trabajo suelen hacer el peor.

Jesús está a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y el pelo húmedo por la brisa.

El Cantábrico aquí es distinto al de los días anteriores.

Más encajonado, más furioso. Las olas rompen contra las rocas con una violencia que moja los zapatos si te acercas demasiado.

Jesús se ha acercado demasiado dos veces.

Las dos me ha mirado como si esperara que yo dijera algo.

No he dicho nada.

—Son más pequeñas de lo que pensaba —dice por fin.

—Las esculturas.

—Sí. Las había visto en fotos y parecían enormes.

—En las fotos no aparece el contexto. Son pequeñas porque el mar es grande.

Silencio. Una ola más grande que las anteriores rompe contra el hierro y el agua llega hasta nosotros en forma de niebla fría. Jesús se ríe. Una risa corta, de sorpresa, de alguien al que el mundo sigue pillando desprevenido. Me resulta, y esto es nuevo en mí, entrañable.

Llevo dos días sin matar a nadie. Ni siquiera planear el siguiente crimen.

Noto la ausencia de muerte de una forma que no esperaba: no como abstinencia, sino como claridad.

El ruido que suele haber en mi cabeza, esa partitura constante de planificación y observación y cálculo, se ha reducido a un murmullo de fondo.

Todavía está ahí. Siempre está. Pero hay espacio para otras cosas.

Para esto, por ejemplo. Para estar de pie frente al Peine del Viento con alguien que se ríe cuando le salpica el mar.

—¿En qué piensas? —pregunta.

—En Chillida.

—Mentira.

Le miro.

—¿Perdona?

—Que es mentira. Llevas diez minutos aquí y no has mirado las esculturas más de treinta segundos. Las estás mirando ahora porque yo las he mencionado.

Tiene razón. No lo admito.

—¿Y tú en qué piensas? —pregunto.

—En quedarme aquí.

—¿En San Sebastián?

—Contigo.

Lo dice sin dramatismo, sin la vulnerabilidad cargada de los primeros días. Lo dice como quien constata un hecho meteorológico. Y eso, precisamente eso, es lo que hace que sea difícil de ignorar.

—¿Tú sabes lo cara que es esta ciudad?

El ruido del mar no me permite escuchar su respuesta.

Empiezo a caminar por las rocas, despacio, con cuidado de no resbalar.

Jesús me sigue. A nuestras espaldas, la ciudad se extiende en una curva perfecta alrededor de la bahía, los edificios del casco viejo mezclados con la piedra clara del ensanche.

Donosti tiene esa rara habilidad de parecer razonable.

Ordenada. Como si la violencia del mar que la rodea hubiera enseñado a sus habitantes a construir las cosas para que duren.

—Tres días más —digo.

—¿Qué pasa en tres días?

—Que me voy.

Él camina en silencio durante un momento.

—¿A dónde?

—A donde haya que ir.

Otro silencio. Una gaviota pasa por encima de nosotros gritando algo que ninguno de los dos interpreta.

Llegamos a un punto desde el que se ven las tres piezas de hierro al mismo tiempo, hundidas en las rocas negras, con el agua rompiendo entre ellas.

Desde aquí sí son grandes. El contexto, otra vez.

—¿Puedo ir contigo? —pregunta Jesús.

La pregunta no me sorprende. Lo que me sorprende es el tiempo que tardo en responder.

—No.

—¿Por qué?

Porque en el mejor de los casos serías un testigo. En el peor, un problema que no me puedo permitir. Porque llevas tres días durmiendo a mi lado y eso ya es demasiado. Porque cuando te ríes porque el mar te salpica noto algo que no sé nombrar y las cosas que no sé nombrar me ponen nerviosa.

—Porque no —digo.

Él asiente. No protesta. Eso también me resulta, maldita sea, entrañable.

—Tres días —repite, como si fuera un trato.

—Tres

El hierro sigue hundiéndose entre la espuma. El mar sigue intentando arrancarlo. Y yo sigo aquí, de pie en las rocas de Donosti, con alguien al que no debería haberle permitido llegar tan cerca y al que, por alguna razón que Chillida probablemente entendería mejor que yo, no termino de alejar.