LOS CURIOSOS SE ACUMULAN
La voz ha corrido como la espuma y me juego los trienios a que ha sido alguien de la nave el que se ha ido de la lengua.
Lo tenemos, dijo el cándido de Pleite.
Y es cierto que tenemos una imagen. Una persona que entra en el escenario del crimen junto con la víctima y que sale sola después. Pero esta imagen no da para reconocer la cara del sospechoso o, cada vez más posible, sospechosa.
—No llegará al metro setenta, delgada, y con ropa de mujer —insiste Olga, triunfante.
—Quiero un registro de todas las habitaciones de hotel que hayan alojado a mujeres solitarias en Bilbao y todos los alrededores. Lo quiero para ayer —exijo.
—No nos va a dar la vida, jefe, para tanto curro —protesta Toribio.
—Os tiene que dar para eso y para más. Mansilla, solucióname el tema del alojamiento, que nos quedamos por aquí un par de días al menos. Yo voy a hablar con la comisaría central de aquí para que nos dejen un lugar donde trabajar. Solo serán dos días, pero vamos a dormir poco.
—La captura de pantalla que hemos podido conseguir, Listín nos la va a filtrar para ver si puede mejorar algo, y se la vamos a mostrar a todo el personal del festival —dice Olga.
—Este sarao tampoco es de Delacroix, ¿verdad? —pregunta Mansilla.
—No, no lo es, así que descartamos la venganza personal de forma definitiva —digo.
—Yo no lo descartaría tan pronto, Del Olmo —dice Olga.
No le contesto y disperso al equipo con un gesto. Me quedo solo con Saavedra, que sigue mirando la captura en su teléfono con una expresión que no termino de descifrar. No es satisfacción exactamente. Es algo más parecido a la certeza.
—¿Por qué no lo descartas?
—Porque Delacroix tiene mano en casi todos los festivales, es decir, que su entorno tiene acceso a casi cualquier concierto o evento de este tipo.
—¿Qué quieres decir?
Olga me enseña el teléfono. Y mi cara de extrañeza la invita a hablar.
—Es la hija mayor de Delacroix. Y esta es su cuenta en su red social más activa.
—¿Y qué me quieres decir con esto?
—Joder, Del Olmo, pareces nuevo.
Sigo mirando el teléfono de la inspectora.
—A ver, a ver, son mujeres con fisionomías parecidas, pero no me estarás diciendo que…
—Solo digo que priorices los registros de las habitaciones de hotel con el apellido Delacroix, que cruces datos con aquí y con Comunidad Valenciana. Y puede que así tengamos a nuestra chica.
—¿Tú te das cuenta de lo que esto significa? —Pregunto, visiblemente alterado.
—Sí, que podemos resolver el caso antes de que cunda el pánico generalizado, aunque eso implique «manchar» el apellido de un promotor importante.
—No, alma de cántaro, no —digo—. Eso significa que ya estás pidiendo el traslado desde fugitivos. Aquí te necesitamos como el comer.
Se me queda mirando seria, le aguanto la mirada. Parece uno de nuestros duelos estilo western.
—Ya veremos.