EN EL BORDE DEL PUENTE
Menuda noche me ha dado. Para bien, claro. Hemos tenido sexo de todas las formas imaginables. No esperaba que un tipo tan escuchimizado pudiera tener tanto aguante, tanto para dar como para recibir.
Y no solo eso, es que entre polvo y polvo se ha puesto a tocar la guitarra y he conseguido componer gran parte de la canción.
¿Y por qué quiero tirarlo por el precipicio?
Porque no me gusta encariñarme de alguien y sé que si lo hago, luego me va a costar más desprenderme de él. Me pasó lo mismo con mis gatos, que los de los vecinos no me dio ninguna pena degollarlos o colgarlos de un pino, pero con los míos…
Jesús está a mi lado, apoyado en la barandilla del puente con la guitarra colgada a la espalda y una expresión de quien no sabe muy bien qué está contemplando pero le parece bonito de todas formas.
El río suena abajo, entre las rocas. El cielo del norte tiene esa luz blanca y fría que no termina de decidirse entre el sol y las nubes.
—Toca la primera estrofa —le pido.
Me mira.
—¿Aquí? ¿En el puente?
—¿Hay algún problema con el puente?
Se encoge de hombros con esa docilidad suya que a veces me resulta encantadora y a veces me da ganas de empujarlo. Descuelga la guitarra, busca el acorde. Lo encuentra. Empieza.
La melodía es sencilla, de esas que se clavan. Él tiene buen oído aunque no lo sepa del todo. Cierro los ojos y tarareo los versos que escribimos anoche, los que yo dicté y él fue tanteando con los dedos hasta que encontraron su sitio.
Dulce por fuera, oscuro de espaldas,
late en la niebla, un mundo de trampas
—Sigue —digo.
Tu mundo era un trono de papel y miedo,
lo que dabas por hecho te costó el aliento.
Hace una pausa.
—Esta segunda estrofa me sigue pareciendo más floja que la primera —protesto.
—A mí me parece bien —dice él.
—Es que la primera tiene más gancho. "Oscuro de espaldas" es una imagen muy buena. La segunda es más directa, menos poética.
Le miro. A veces olvido que tiene criterio.
—Toca la siguiente.
Buscabas puerto en mi marea
y anclaste el alma en la gargant a.
—Esta es la mejor —dice, sin dejar de tocar—. Aquí hay algo. Una contradicción, alguien que busca refugio y encuentra lo contrario. —Hace una transición de acordes—. ¿Y la cuarta?
Repartías miedo con tus manos grandes,
y aprendiste tarde que los muros caen.
Jesús para un momento. Toca los últimos dos acordes de la estrofa otra vez, solo, como si quisiera convencerse de algo.
—Esta también me gusta. Tiene rabia. —Me mira de reojo—. ¿Sobre quién estás escribiendo?
—Nadie en concreto.
—Todas las canciones son de alguien en concreto.*
—¿Yellow submarine también?
Sonríe y deja de insistir. Toca el puente instrumental que diseñamos de madrugada, cuando ya nos habíamos quedado sin palabras y la guitarra hablaba sola.
Este oasis es solo una mentira,
un espejismo antes de la función.
Sigue tocando pero yo me paro.
—Venga, no te desanimes, el estribillo te saldrá pronto.
Lo miro y su sonrisa estúpida, curiosamente, me calma.
Vuelvo a mirar el río. El estribillo es lo que cierra una canción, lo que le da sentido a todo lo anterior. Y yo todavía no sé cómo termina esto. Hay cosas que no se pueden escribir hasta que no han ocurrido.
—Es una canción rara —dice Jesús, apoyándose de nuevo en la barandilla a mi lado—. No hay amor. No hay esperanza. Hay como… una frialdad. Como si quien la escribiese observara a la gente desde fuera.
—Quizá es porque quien la escribe observa a la gente desde fuera.
Se produce un nuevo silencio. El río sigue sonando abajo, flanqueado por dos paredes de piedra a cada lado de más de veinte o treinta metros.
—¿Eso no es muy solitario? —pregunta.
La pregunta me resulta curiosa. No triste, no incómoda. Curiosa.
—No —respondo—. Es muy cómodo.
Él asiente despacio, como si lo estuviera procesando. Luego me mira y sonríe, y en esa sonrisa hay algo que no esperaba encontrar: comprensión. O algo que se le parece.
—Oye —dice—. ¿Puedo tocar en tu próximo concierto?
Conciertos dice el alma de cántaro.
—No doy conciertos.
—Pues deberías.
Me quedo mirándolo. El pelo revuelto por el viento, la guitarra española colgada a la espalda, los ojos sin la chispa optimista de la playa cuand lo conocí, pero con algo mejor: con profundidad. Con el peso de alguien que ha pasado una noche que no olvidará.
Decido no tirarlo por el barranco.
De momento.